jueves, 30 de abril de 2009

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - Acumulando errores – Revista Oiga 7/03/1995


Para ser jefe del Estado se requiere un mínimo de cualidades, como discre­ción, buenos modales, credibilidad, un nivel aceptable de cultura ge­neral, buen juicio, sere­nidad, etc. Claro está que, en un ex­tremo, estas condiciones no bastan para ser estadista -para llegar a ello se requiere, además, talento- y, en el otro extremo, es evidente que no faltan las excepciones a esta regla entre los presidentes que actúan a nuestro al­rededor. Sixto Durán-Bailén, por ejemplo, no es un modelo de sereni­dad. Sus rabietas ante las cámaras de la televisión peruana ridiculizaban la dignidad presidencial. Pero hay dos presidentes latinoamericanos -decía alguien en estos días- que sobrepa­san cualquier comparación por su fal­ta de compostura:

-Son Menem y Fujimori. Dos expre­siones chicha de la presidencia, tanto por sus modales extravagantes como por sus desmedidos afanes protagóni­cos. Y, en el caso de Fujimori, por su enfermiza tendencia a la mentira.

Puede ser que peque de elitista esta descripción del paisaje presidencial latinoamericano, pero no deja de aproxi­marse a la realidad. Aunque ésta, quién sabe, sea peor en -el caso de nuestro presidente. Sus errores de estos días son más graves, de mucha mayor tras­cendencia, que la visión folclórica del comentario arriba mencionado.

Cuando, por su sobrio comporta­miento en las recientes reuniones de Montevideo, se creyó que Fujimori había hecho olvidar el sainete de su paseo electoral por el ‘teatro de la guerra’, no pudo con su genio nues­tro presidente y lanzó el mayor exabrupto del mes:

-El Perú está mejor armado que cualquier país de la región. Tenemos más tanques, más aviones supersóni­cos... Un armamento que estuvo pre­parado para hacerle la guerra a Chile.

Esto no lo decía un historiador acucioso, un periodista aventurado, un intelectual enemigo de la guerra. No. Son las palabras grabadas, con imagen y con sonrisa, del señor Fuji­mori ¡presidente del Perú! El hom­bre que, según el general Nicolás Hermoza, dirige la estrategia peruana de la guerra ¡y de la diplomacia!

En Santiago de Chile, con amable indulgencia, el Ministerio de Relacio­nes Exteriores sonrió y disculpó al man­datario peruano; el presidente Frei se satisfizo con las explicaciones, que tuvo que darle el embajador de Fujimori; y algunos políticos chilenos se encrespa­ron y protestaron sin exageración. En Lima, el embajador de Chile visitó ofi­cialmente, Torre Tagle, y declaró que su gobierno tomó nota de las declaracio­nes -”las registró”-, pero que las rela­ciones entre los dos países continua­ban tan amistosas como antes. Toda una lección de refinamiento diplomá­tico. En Ecuador, las declaraciones de Fujimori sirvieron para señalar que el Perú autoconfesaba su militarismo.

Pocas veces se habrá visto mayor desatino diplomático. ¡Hacer, semejan­te confesión pública justo cuando Chi­le se había convertido en el garante más enérgico para lograr la paz en la Cordillera del Cóndor! No sólo por su interés de confirmar la sacralidad de los tratados, sino porque la ola de la, crisis económica latinoamericana pue­de alcanzar a Chile y el conflicto Perú-Ecuador es un ingrediente que agudiza esa crisis, generada en México. En lu­gar, pues, de agradecer el gesto -aunque éste se haya producido por conve­niencia-, Fujimori comete la torpeza de recordarle a Chile que está en la lis­ta de los enemigos de nuestro Ejérci­to. ¡Como si en Chile no lo supieran!

Una tontísima declaración que se unía a la deplorable imagen que aca­baba de exhibir el presidente Fujimori, apareciéndose con un grupo de perio­distas y un contingente militar entre los barrizales cercanos a la zona de con­flicto. Una actitud bélica que se inicia­ba justo, justo, a las pocas horas de haber firmado el Perú el acuerdo de paz de Itamaraty, en el que nuestro país se comprometía a retirar sus tropas al puesto de vigilancia Nº 1. Una grotes­ca payasada electoral que tuvo que ser calificada de provocación por los ga­rantes y que causó indisimulado enojo en Washington. ¡Mayores desaciertos diplomáticos, imposible! Todos de campeonato... Desaciertos, de los que nada bueno cosechará el Perú en sus relaciones exteriores, cometidos por el pre­sidente Fujimori por su falta de preparación para el cargo y por tener la mente puesta en su reelección y no en los intereses permanentes del país. Error grave qué un presidente no puede ni debe cometer, ni siquiera cuando se es candidato. Error en el que un estadista y hasta un jefe de Estado con cualida­des mínimas jamás caería.

Pero como los errores siempre atraen más errores no podía faltar un error por encono personal, por peque­ña venganza. Es así como nos damos ‘‘con la delirante denuncia por traición “a la patria contra Mario, y Álvaro Var­gas Llosa, por los juicios expresados en sus escritos sobre el conflicto. ¿Trai­ción a la patria por opinar, no importa si equivocada o -acertadamente? ¿En qué siglo vivimos?... Y ahora nos ha­llamos ante el resultado de tan torpe acusación: un gigantesco escándalo en la prensa internacional, el cual ningún bien hace al Perú, pues se pone en evi­dencia la escasa libertad de expresión que existe en el país.

Sí, es cierto que la semana pasada recibí una llamada telefónica de un ‘amigo’ -se hizo llamar Luis Rodríguez-para insinuarme amistosamente que me presentara a Seguridad del Estado a declarar en favor de los señores Ma­rio y Álvaro. Vargas Llosa:

-Eres el único que ha dado mues­tras de amistad con ellos y es bueno que alguien deponga a su favor en el expediente que se les está armando en Seguridad del Estado. Corren grave riesgo. Se les investiga...

-¿Qué se le puede investigar a gen­te tan conocida y que nada calla?...

Y siguió una charla que quienes es­tamos ya, viejos en este oficio sabe­mos interpretar rápidamente. Es la manera sibilina de amedrentar que emplean los servicios de inteligencia. Fue así como me he enterado que en el Perú de hoy está en funciones, como en los viejos tiempos dictato­riales, la Seguridad del Estado; y que ésta puede involucrarme en el expe­diente de los Vargas Llosa. ¿Es esto democracia?...

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Cosechando la siembra de engaños y mentiras – Revista Oiga 27/02/1995


En el siglo pasado y a comienzos de éste, una guerra significaba entregar tu capacidad de raciocinio a la patria y a convertir al adversario en el mal absoluto, de tal modo que la calumnia contra el enemigo, por ignominiosa que fuera, podía resultar una forma de servir a la nación. Hoy, es distinta la mentalidad de la gente en el mundo civilizado, que no es todo el mundo. Ningún ciudadano evolucionado, en nuestra época, hace un fetiche de su gobierno ni admite que se le suspenda su condición de ser humano pensante y, por lo tanto, crítico. Ni siquiera a la hora de la guerra. Eso de ir a la muerte con el cerebro vaciado es obsolescen­cia pura, oscurantismo del pasado. Tampoco hoy se sacrifica ante ningún altar, el de la religión ni el de la patria, la devoción a la verdad.

Valgan estas disquisiciones para esclarecer la posición de quienes nos negamos a someternos al chantaje patriotero que se está desatando en los medios de difusión del país próxi­mos al régimen —o sea casi todos—para lograr una unidad nacional de robotes. Un chantaje dirigido a lograr que se callen las críticas al desastroso desempeño del jefe de Estado en la conducción de la guerra y, antes, en las tratativas ‘diplomáticas’ con Ecua­dor.

Una crítica que parte por dejar es­tablecido que son delirantes las pre­tensiones amazónicas del Ecuador y que abundan los argumentos a favor del Perú para que la frontera todavía sin hitos quede demarcada por la Cor­dillera del Cóndor. Pero sin dejar de reconocer que la tesis ecuatoriana, aunque esquizofrénica, ha calado hon­do en la prensa internacional y en muchas cancillerías. Hecho que no varía porque nosotros nos repitamos que la realidad es al revés. Engañán­donos no servimos a la patria y no vamos a ganar la guerra. Mucho me­nos alcanzaremos una paz justa, que es la victoria verdadera.

Sobre estas bases claras, lúcidas, pasemos a analizar la actualidad. De inmediato nos damos con este cuadro: los soldados peruanos he hallan com­prometidos en una guerra en la que están derrochando valor e intrepidez descomunales sin pedir nada y sin pre­guntar demasiado. Una guerra, en la que, muchos jóvenes, por desgracia, van cayendo muertos y muchos más están -quedando sin brazos, sin pier­nas, sin ojos. Nos hallamos ya ante una legión de lisiados, algunos de ellos niños de 16 y hasta 14 años, que muy, pronto veremos por las calles pidiendo limosna, porque así es de cruel la gue­rra. Lo pueden asegurar los comba­tientes del 41, hasta hace pocos meses en mendicantes correrías para que la presidencia no siguiera vetando —lo hizo dos veces— una ley que les otorga­ba un mísero aumento en sus pensio­nes. No hay dinero en caja, era la razón inexpugnable para semejante conducta. Razón contra la que nadie protestaba, pues los lisiados de una guerra no son prioritarios en la fría economía de mercado. Y tampoco en las otras. A ninguna economía le pre­ocupa los desechos humanos de un conflicto bélico. Su reposición no cuesta, corre a cargo del patriotismo de los jóvenes.

Y viendo esta tragedia, de dolorosa inmensidad, es imposible callar. Sería un crimen no decir que esta guerra nunca debió iniciarse, tanto por razo­nes militares como por razones diplo­máticas. Ha sido un absurdo aceptar combate en las faldas dé la Cordillera del Cóndor. Lo dicen los militares; pues, pasados varios días, descubren que nos hemos lanzado a la guerra sin apreciación del teatro de operaciones, sin evaluación de la capacidad del ene­migo, sin estrategia ni planes tácticos. Descubren que hemos caído en un pantano, en una trampa. Mientras que los diplomáticos y el sentido común advierten que para llegar a mejor posi­ción que la lograda en el acuerdo de paz de Itamaraty –lleno de impre­cisiones desfavorables para el país– no hubiera sido necesario disparar un tiro ni que hubiera muertos y lisiados. Bastaba que el Perú, luego de apreciar las dificultades militares de la zona, se adelantara al Ecuador y denunciara ante los garantes la infiltración de su territorio. Hoy, muy otra sería nues­tra situación en el terreno diplomáti­co, porque se supone que, para tomar esa decisión, nuestra diplomacia hu­biera estado muy alerta, previendo los pasos a darse para consolidar posicio­nes. De ningún modo estaríamos peor que con el acuerdo de Itamaraty y nadie habría sido muerto ni sido herido.

Ninguna de las consideraciones an­teriores tomó en cuenta el gobierno para aceptar la confrontación bélica. Y, peor aún, el conflicto se ha gestado, en buena parte, por el abandono de los puestos de vigilancia en la zona de la infiltración y por la torpeza y la impro­visación con las que las el jefe de Esta­do venía conduciendo, por su cuenta y riesgo, las tratativas diplomáticas con Ecuador. Comenzó a gestarse el con­flicto con errores tan graves como el pacto de caballeros, que quedó silen­ciado y no se castigó, porque el ex presidente Belaúnde, por ese mal en­tendido patriotismo de no mostrar fisuras ante el enemigo, se levantó en el Parlamento y con emotivo discurso patriótico evitó que fuera censurado el ministro Torres y Torres Lara e impi­dió que la ciudadanía se enterara de la manera lamentable cómo se condu­cían nuestras relaciones exteriores. Torres y Torres Lara se había visto obli­gado a reconocer ante el Senado que tuvo a la mano mapas equivocados en sus acuerdos con el hábil ministro ecua­toriano Diego Cordovez. Acuerdos que significaron nuestra aceptación a la pre­sencia militar ecuatoriana en territorio del Perú (los puestos Teniente Ortiz, Soldado Monge y Etza).

De haber conocido el país los entre­telones del escandaloso acuerdo de caballeros, no se habría confiado demasiado a las habilidades diplomáticas del presidente Fujimori y hubiera estado más sensible a los disparates cometidos por él en sus abrazos y conversaciones inconsultas con los presidentes ecuatorianos; en su público reconocimiento de que existía un problema territorial entre el Perú y Ecuador; en su pedido de peritaje papal para resolver la controversia fronteriza. O sea una política errática, incoherente con la posición inquebrantable de To­rre Tagle sobre el Protocolo de Río, ignorante de las tradiciones peruanas, desconocedora del valor de las pala­bras y de los gestos en las relaciones internacionales.

Pero, todavía peor. Todo esto lo hacía, según acaba de confesar en pú­blico, para engañar al enemigo, con lo que lo que podría haber sido una estra­tagema —demasiado inconsistente e in­fantil— se ha convertido en perfidia diplomática autoproclamada.

Y si esto es cierto, ¿por qué hemos de callarlo? ¿Qué se gana con el silen­cio? ¿Por qué el pueblo no debe estar consciente de los pasos que se le exige dar y del voto que tiene que emitir?...

Yo no veo razón para ocultarle al país, al pueblo, a todos los peruanos, estos hechos, estas realidades:

No es cierto que el Perú ha obligado a Ecuador a negociar en el marco del Protocolo de Río. Es Ecuador el que ha acudido al Protocolo para utilizarlo en su nueva estrategia para llegar al Ma­rañón.

Tampoco es verdad que el presiden­te Fujimori se ha aproximado al frente de guerra para impulsar el alto el fue­go. La desesperada presencia del pre­sidente Fujimori en las cercanías de las zonas de combate tiene intención elec­toral. Y los garantes no se chupan el dedo, no se dejan engañar. La embaja­dora norteamericana ante la OEA lo ha dicho claramente —y sus palabras no cambian porque las silencie la prensa amiga del régimen—; ha dicho la embajadora Harriet Babbit que la pre­sencia de políticos en el teatro de operaciones enturbia la situación.

Tendrían que ser demasiado tontos los garantes para no apreciar que sólo puede tener sentido electoral el que el presidente del Perú tome el camino a Tiwinza, junto a destacamentos de ‘chacales’ y ‘depredadores’, justo inmediatamente después de firmar un acuerdo de paz por el que se compromete a retirar las tropas peruanas de las zonas de combate hasta el PV 1. El propósito de izar el pabellón nacional en Tiwinza, una especie de síndrome de Tiwinza, de obsesión enfermiza que nada bueno presagia sobre la salud mental del presidente-candidato, no tiene ninguna explicación militar ni diplomática. ¿Para qué el izamiento si, de inmediato, tiene que replegarse con sus tropas, en cumplimiento del acuer­do de paz que ha firmado, al puesto de vigilancia Nº 1? ¿Añadir más muertos a la larga lista de muertos y acrecentar por docenas el número de lisiados sólo para proclamarse vencedor, con su foto izando la bandera en Tiwinza, ante los ojos de los votantes peruanos, porque a ojos de los garantes la situa­ción está ya vista? ¿Acaso, diplomáti­camente, no sería mejor para el Perú cumplir con el acuerdo de paz y denun­ciar la niñería de los ecuatorianos de quedarse en Tiwinza esperando a los observadores, en lugar de retirarse a Coangos, como lo establece el acuer­do de Itamaraty?

Pero no. Esto no ha podido ser así, porque el presidente Fujimori mintió al país anunciando una victo­ria imaginada en Tiwinza y no que­ría que su mentira quedara al descu­bierto, como ha quedado, a pesar de los tayos con las que se la está vis­tiendo. Una victoria imaginada que, según se dice, ya tiene desfile triun­fal organizado en Lima, para que el Jefe Supremo reciba el parte de guerra del general Hermoza, a quien, ese día, se le otorgaría el bastón de mariscal de la victoria.

Esta farsa, que sería un sainete sino fuera por la sangre de los muertos heridos inútiles con la que el coraje de nuestros soldados está regando los perdidos fangales de las selvas de la Cordillera del Cóndor, es el resultado trágico de una cadena de mentiras y engaños que comenzaron con un bacalao malogrado. Mentiras y engaños con los que el presidente Fujimori gobernó a sus anchas al país, gracias que la banca y los empresarios aplaudían-entusiastas sus mentiras y sus engaños —porque no les tocaban sus bolsillos— y gracias a que los medios de comunica­ción masiva se los ocultaba al pueblo. O se los doraba. Todo marchaba sobre carriles porque el Perú satisfecho esta­ba contento con el engaño y la menti­ra. Hoy el engaño y la mentira le han estallado en la cara al presidente Fuji­mori. La comunidad internacional no tiene razones para dejarse hipnotizar.

Valgan estas reflexiones un tanto duras, pero extraídas de hechos cier­tos que no tienen por qué ser oculta­dos al pueblo, para que el gobierno entienda que ha de rectificar rumbos para que este conflicto bélico no concluya en un desastre nacional con desfile de la victoria y un maris­cal con demasiados muertos inútiles a sus espaldas. La heroicidad de nuestros soldados no merece la ofensa de tan mentirosas pompas fúnebres. No transformemos la tra­gedia de los hogares enlutados en un sainete. Preocupémonos de ganar en las futuras negociaciones el te­rreno perdido en Itamaraty y ojalá se logre poner los hitos de la paz.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Un futuro muy incierto nos espera – Revista Oiga 20/02/1995


Antes de cualquier crítica o elogio a lo sucedido en Brasilia, hay que decir ¡bienvenida la paz! Siempre será mejor la paz que la guerra y todavía más cuando cada día hay ma­yor evidencia de que esta guerra ha sido un absurdo, iniciado en momento inoportuno, en lugar inapropiado y sin la unidad nacional indispensable pata arremeter contra el enemigo exterior. Porque no se discute quién pegó el primer tiro. Eso nadie lo sabe. Lo concreto es que los ecuatorianos estaban infiltra­dos en territorio que los peruanos con­sideramos propio, pero cuya vigilancia habíamos abandonado desde hace varios años cuando menos. ¿Quién; pues, arremetió contra el invasor y por qué ahora, en pleno proceso electoral? ¿Por qué unos tiros fronterizos -muy posible­mente ecuatorianos- se transformaron en movilización de guerra, en lugar de haber llevado el incidente a la mesa de los garantes, con lo que muy posible­mente el diferendo hubiera terminado de modo distinto al que ahora ha termi­nado: en desalojo de los peruanos de su propio territorio? Por lo menos, no hu­biéramos tenido que llorar a los muertos ni contemplar adolorados a los mutila­dos y a las viudas, a los huérfanos, a los horrores vividos por los soldados en el verde terrible de la jungla. También nos hubiéramos ahorrado las ocho naves aéreas derribadas por los ecuatorianos -contra ninguna de ellos- y los misiles, bombas y proyectiles arrojados en los interminables bosques de la Cordillera del Cóndor. No hubiéramos tenido que asumir los tremendos costos de la movi­lización de soldados y armamento -puesto al día según confesión del pro­pio presidente Fujimori-; costos que se quieren disimular afirmando, con gro­tesco lenguaje electoral, que la guerra nos ha costado poco más de 25 millo­nes de soles.

En este caso, quién sabe mejor que en ningún otro, habría cabido el viejo dicho aquel de que “lo que no ha de ser bien castigado, ha de ser bien callado”.
“Y el monte parió un ratón”, se dice, con reminiscencias bíblicas, cuando se quiere destacar alguna fanfarronada. Entre nosotros, en este país donde has­ta las enfermedades se acojudan, ha ocurrido al revés: un ratón nos ha meti­do en un mar de fango. Porque en eso ha concluido la conquista, jamás logra­da, de Tiwinsa. Estamos enfangados en unas negociaciones que comienzan po­niendo en entredicho la peruanidad de región donde nace el río Cenepa, o sea la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor, territorio reconocido como peruano en 1981 por la delegación mi­litar ecuatoriana presidida por el almi­rante Sorrosa, con comunicación a los garantes. Documento capital en el liti­gio, que el doctor Javier Pérez de Cuéllar hizo resaltar de inmediato, al iniciarse este conflicto, en carta entregada al embajador de Brasil en Lima. Pero do­cumento que el gobierno del presidente Fujimori no ha querido esgrimir, para no dar mérito a sus predecesores -en este caso al presidente Belaúnde-, por­que para Fujimori la República nace con él y con el golpe militar del 5 de abril de 1992. Por algo dijo ese año, en su mensaje a la Nación, que su presencia en Ecuador, y sus gestiones con la presi­dencia ecuatoriana tenían mayor signi­ficación que el Protocolo de Río y la guerra del 41.

Hoy estamos cosechando los resul­tados de esa política exterior aventure­ra, chicha, sin respeto por las tradicio­nes y sin conocimiento de nuestra histo­ria. Gracias a esa política llamada ‘prag­mática’, pero que ha resultado siendo pura y vana improvisación personal, estamos ahora metidos en un pantano, en negociaciones en las que el principal garante, Estados Unidos, parece haber cambiado de opinión, pues el embajador Alexander Watson acaba de declarar, en el Departamento de Estado, ofi­cialmente, que el fallo de Díaz de Aguiar fueron ‘opiniones de un cartógrafo bra­sileño’ y que esas ‘opiniones’ en 1945 fueron superadas el 47 por los trabajos norteamericanos de fotometría aérea, que ‘descubrieron el río Cenepa, ‘por nadie conocido antes’, abriéndose así nuevos planteamientos. En otras palabras, como ha quedado estampado en la declaratoria de paz de Brasilia, la región peruana del nacimiento del río Cenepa es ahora territorio en litigio, tierra de nadie. Los acuerdos firmados en 1981 se los ha llevado el viento!

Estos son los hechos. Hechos que la gran prensa no publica ni comenta, ayudando al gobierno a tener engañado al pueblo, haciendo del fracaso de Tiwinsa una victoria y del ‘conductor de la guerra un ‘héroe’, y prestándose, sin querer queriendo, a la campaña electoral del ‘héroe’ derrotado en el campo militar, en el terreno diplomático en la guerra de la información.

Sin embargo, pese a las primeras páginas, con la foto de Fujimori victo­rioso y sonriente, en hombros de la tropa, la verdad se va abriendo paso en los comentarios de los columnistas, en el filo del lápiz de los caricaturistas y en algunos cables perdidos en las páginas interiores de los periódicos. (De la televisión no hablo para no emplear los robustos adjetivos de Cervantes, que, para algunos, sonarán a lisuras). La verdad se va abriendo paso y se va comprobando que Mario y Álvaro Vargas Liosa no estaban equivocados al apuntar donde apuntaban en sus co­mentarios. Cada día se hace más evi­dente lo repiten ya todos los colum­nistas de nota en la prensa peruana que el presidente Fujimori ha estado usando la guerra y a los muertos de la guerra, a los verdaderos héroes, como instrumentos de su campaña electoral, Y tamaña monstruosidad, de la que se ha hecho cómplice la mayoría de los medios de expresión, tiene nombre que prefiero callar. Como prefiero poner punto final a esta nota y así no tener que referirme a la autocensura de esos me­dios y a los consecuentes negocios que esos medios han convenido con el go­bierno.

El futuro del Perú se hace demasiado incierto, porque tanta, tan sucia y co­barde inmoralidad no puede hacerse eterna.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Otra vez: No a la guerra – Revista Oiga 13/02/1995


Al cierre de esta edición sigue la guerra y siguen - los muertos regando el fango en un rincón perdi­do e infernalmente caliente de la selva amazó­nica. Sigue la guerra, porque cuando hay muertos por docenas en un enfrentamiento armado es guerra y no ‘unas escaramuzas’ ni una ‘guerrita’, como, con sonrisa cachacienta, ha dicho alguien que tiene responsabilidad en la guerra. Los muertos, todos los muertos —nuestros héroes y los del adversario—, merecen cuando menos respeto.

Sigue con “riesgo de escalarse”, una guerra absurda, que debiera pararse ya, al momento. Se trata de una disputa fronteriza que no vale un muerto. Pero que se eterniza por la desin­formación que existe sobre el tema. Una desinformación organizada por el Ecua­dor y que, ni ayer ni hoy, ha sabido ser replicada por el Perú, a pesar de las enormes razones que nos asisten. Da lástima grande, por ejemplo, que en es­tos días el presidente de la República y la casi totalidad de la prensa peruana insis­tan en afirmar algo que no es cierto: que los garantes están de acuerdo con la tesis peruana. No, no es así, desgraciada­mente. Es verdad que no comulgan con los delirios amazónicos ecuatorianas —que es el meollo del conflicto—, pero tengo aquí a la vista las despistadas de­claraciones oficiales norteamericanas, expresadas el martes pasado —7 de fe­brero— nada menos que por Alexander Watson, subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos y ex embaja­dor de Lima. Y esto es lo que dijo Watson, según boletín oficial de USIS: En la déca­da del 40 “hubo una guerra y los ecuato­rianos perdieron mucho de su territo­rio”... “En 1945, un cartógrafo brasileño demarcó la frontera, menos una franja de 78 kilómetros en un área particular­mente difícil de llegar, en la que dio ALGUNAS OPINIONES sobre cómo debería demarcarse”... “Años después... la Fuerza Aérea de Estados Unidos des­cubrió un río cuya existencia nadie había conocido antes, cambiando, por lo tan­to, el conocimiento sobre esa área geográfica y, consecuentemente, de acuer­do a los ecuatorianos, afectando la manera exacta como esta línea debía mar­carse”. También tengo a la vista los semanarios norteamericanos, de difusión mundial, Time y Newsweek, de esta semana, en los que se llega a mayores despropósitos y aberraciones históricas, pero siempre dentro de los lineamientos del departamento de Estado hechos públicos por Watson.

Pero, así, falsas de toda falsedad, éstas son las versiones que circulan por el mundo y por los despachos de los países garantes. Esta es la realidad, que no se desvanece porque nosotros afirmemos que hubiera sido inconveniente replicar a la ofensiva informativa ecuatoriana, porque la ‘saturación’ no es buena. Y no cambia esa realidad porque se añada, con otra sonrisa cachacienta, que habría sido politizar la situación si se hubiera acudido al prestigio y la sapiencia de los señores Javier Pérez de Cuéllar y Fer­nando Belaúnde, para consultarlos y difundir en el exterior las poderosísimas razones que asisten al Perú en esta confrontación de opiniones. El voluntarismo no cambia la realidad. Como no pierde eficacia la diplomacia directa del presi­dente Durán porque el presidente del Perú se le adelante criollamente con un telefonazo a los jefes de Estado visitados por Durán. Ni es distinta la verdad por­que nosotros aseguremos que es una victoria peruana el que Ecuador haya acudido a la instancia de los garantes, cuando es Ecuador, con alguna inten­ción o información que no se conoce todavía, el que ha escogido ese camino.

Hacer periodismo en época de guerra —hoy por hoy— no es tomar como sacrosanta, como palabra de Dios, la versión oficial del gobierno. El periodismo en cualquier época, sea de paz o de conflic­to bélico, debe decir la verdad, lo que cada uno crea es la verdad. Lo que no significa revelar secretos militares ni dar opiniones que desmoralicen a los com­batientes. Aunque, en este segundo pun­to, también hay que tener en cuenta que el silencio, el engaño y la mentira tampo­co vigorizan la moral ciudadana. Mucho menos en un mundo globalizado en el que la información traspasa todas las fronteras.

Esta es, pues, la realidad del desgra­ciado enfrentamiento armado que se desarrolla en la Cordillera del Cóndor. Una guerra tan absurda que muchos en el exterior andan creyendo que nos esta­mos matando porque están en juego unos cerros de oro y un río de petróleo. A muy pocos les entra en la cabeza que el problema es la simple demarcación de 78 kilómetros de frontera entre dos paí­ses que no tienen nada que los distinga uno de otro. Los dos tienen el mismo pasado y la misma lengua aborigen, per­tenecieron al mismo imperio incaico y fueron parte de un mismo virreinato. ¿Por qué se están matando en inhóspitas y enmarañadas quebradas de la amazonía, entre culebras y mosquitos, aprisionados entre el sol, la lluvia y los pantanos, varios miles de jóvenes lati­noamericanos? ¿Acaso no existe la di­plomacia como arma eficaz y no mortí­fera para dirimir diferencias como las que discuten Lima y Quito? Exponga­mos ante el mundo nuestros argumen­tos, que son sólidos como rocas, haga­mos circular los documentos que pusie­ron fin a las hostilidades de 1981 y haga­mos callar a los cañones. No sigamos dando el espectáculo grotesco, tan deli­rante como los sueños amazónicos del Ecuador, de un presidente civil que, se­gún el comandante general de los ejérci­tos, no sólo dirige el frente diplomático sino que, a la vez, comanda directamen­te la guerra, con instrucciones precisas que los militares cumplen al pie de la letra. La guerra es un asunto demasiado serio, demasiado triste y sangriento, de­masiado costoso, para que se juegue con ella y se use para fabricar héroes que no pisan el frente. Digámosle no a la guerra, no les creamos a los que dicen que las guerras son baratas —que cuestan poco—y descubrámonos, transidos de dolor y de vergüenza, con respeto profundo, ante los caídos en esta absurda confron­tación bélica.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – A la guerra dile no – Revista Oiga 6/02/1995


Cuando leí, la semana pasada, la correlación del poderío militar entre el Perú y Ecuador me sentí no como un gato sino como un tigre acorralado por un ratón. Sentí la extraña sensación de seguridad y ridículo al mismo, tiempo. Es tan enorme la superioridad peruana en armamento, a pesar de que pudieran ser ciertos algu­nos comentarios sobre la inoperabili­dad de parte de esas armas, que. veo ,imposible una derrota nacional y, a la vez, se me hace incomprensible la fatigosa lucha en los pantanos de la Cordi­llera del Cóndor, no porque no comprenda que el enfrentamiento militar en semejantes condiciones iguala a los combatientes, sino porque no entiendo cómo es que tan poderosa fuerza arma­da no haya estado vigilante sobre una pequeñísima franja de frontera, por donde, desde años atrás, los ecuatoria­nos se vienen infiltrando en nuestro territorio. De allí la sensación de ridícu­lo que tengo, de tigre acorralado por un ratón. Sensación acrecentada cuando recuerdo el famoso ‘pacto de caballe­ros’ del año 91, entre el solemne Torres y Torres Lara y el mendaz Diego Cor­dovez. Acuerdo que consintió la pre­sencia ecuatoriana en suelo peruano y que anticipó los amistosos viajes del jefe de Estado al Ecuador, viajes que el señor Fujimori calificó, en su mensaje a la Na­ción del 28 de julio del 92, de más impor­tantes que el Protocolo de Río y las bata­llas del 41. Declaración que no extrañó en quien ha persistido en afirmar que él no admira a nadie en la historia.

Esa seguridad en el poderío militar peruano, es la que permite al general Luis Cisneros increpar al Servicio de Inteligencia —tanto al Nacional como a los específicamente operativos— y pre­guntarle ¿dónde estuvo cuando las infil­traciones ecuatorianas se fueron asen­tando en territorio del Perú? Y esa seguridad es la que impulsa al embaja­dor Javier Pérez de Cuéllar a demandar al gobierno para que explique desde cuándo están los ecuatorianos en nues­tro suelo y por qué, cuando ingresaron, no fueron desalojados de inmediato.

El Perú es, sin duda, muchísimo más poderoso militarmente que Ecuador y no corre el menor riesgo de una derrota militar. Pero esa situación de Goliat frente a David obligaba y obliga a una cuidadosa y constante vigilancia —mili­tar y diplomática— de su frontera. Más aún la de zonas conflictivas, como la Cordillera del Cóndor. Porque las emer­gencias bélicas, como la actual, signifi­can costos gigantes que arruinan las economías de cualquier país en desa­rrollo y lo desarticulan.

Oportuna vigilancia que el régimen no ejerció, a pesar de los reclamos que se hacían, como éste del doctor Guiller­mo Hoyos Osores, publicado el 28 de noviembre del 94 en El Comercio: “Es indispensable, por múltiples razones, que la política internacional del Perú sea reflexiva y previsora. Desdichada­mente la del actual gobierno ha sido hasta hoy ligera, improvisada y desco­nocedora, u olvidadiza, de cosas que debería tener muy en cuenta”.

Por fortuna, el conflicto bélico que afrontamos en estos días, ha tenido la virtud de despertamos y de colocamos frente a la realidad. La Cancillería ha retomado la brújula y estamos ahora en buen rumbo diplomático, mientras la acción militar se desarrolla dentro de las dificultades del terreno en que se desenvuelven y que ojalá concluya pronto con un alto el fuego y una pron­ta paz definitiva.

Al parecer, por la actuación de nues­tros diplomáticos en Río, el gobierno ha dado las espaldas a una política externa que el doctor Hoyos juzgaba así en noviembre pasado: “El supuesto de que nuestra política exterior debe ser un sistema de actividades ‘pragmáticas’ dirigidas con criterio ‘gerencial’, como han dicho altos funcionarios del gobier­no, es un error peligroso que trasluce poco conocimiento de algunas de las más importantes y delicadas funciones del Estado. Un concepto tan estrecha­mente simplista es por entero extraño a la compleja naturaleza de la realidad internacional, ahora ‘globalizada’, en la que estamos inmersos”...

Pero si se aprecia habilidad e inteli­gencia en el campo diplomático, no deja de haber yerros en esta batalla que también se desenvuelve en el terreno militar y en el de la información. Sobre los hechos castrenses no opino porque se desconocen y no soy experto en armas, tácticas y estrategias. Pero sí observo y no puedo callar que, en el terreno de la información, estamos siendo derrotados: se ha generalizado la idea de que, esta vez, es el Perú el que ha iniciado las acciones bélicas. Se cree a pie juntillas, en Europa y en América, que nuestro gobierno pensó capturar en 48 horas los asentamientos ecuato­rianos de la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor y de que, con esta rápida victoria militar, aseguraba la reelección de su caudillo civil y la continuidad del actual régimen de de­mocracia vigilada. También se ha gene­ralizado en el exterior la creencia de que esos asentamientos son de hace muchísimos años, con lo que se le con­cede a Ecuador derechos de posesión... A lo primero responde el gobierno pe­ruano, en escasísimos comunicados y más escasas declaraciones, que el ata­que partió del Ecuador, afirmando, sin prueba fotográfica alguna, que un heli­cóptero ecuatoriano bombardeó un puesto peruano de vigilancia. Y no ex­plica si esta acción se produjo en apoyo de un ataque de infantería. A lo segun­do nada dice, pudiendo explicar que al concluir el, conflicto de 1981, en la separación de fuerzas, el Ecuador reco­noció, ante los garantes o ‘países ami­gos’, que la vertiente oriental de la Cor­dillera del Cóndor, o sea la totalidad del río Cenepa, es territorio peruano y la vertiente occidental suelo ecuatoriano. Y que sólo desde hace unos cuatro años se han producido las actuales infiltra­ciones... No lo dice —preocupado ex­clusivamente por el frente interno—para no confesar su descuido y para que no se vuelva a hablar del disparata­do ‘pacto de caballeros’ del año 91.

Teniendo toda la razón y siendo clarí­simos sus argumentos, el Perú calla y se deja ganar la batalla informativa. No tie­ne voceros, no hace publicidad a su cau­sa, no divulga sus derechos... Y el jefe de Estado —el único vocero, junto al general Hermoza, quien dice ser sólo un soldado a órdenes del Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas— no asiste a la reunión de los presidentes de los países bolivarianos, dejando la tribuna de Cumaná a libre disposición del presidente ecuatoriano. Lo que significa otra derrota en el terreno informativo. Una derrota tan grave que no veo cómo pueda ser compensada por el éxito diplomático que algunos le con­ceden a ese desaire.

Se dirá, como ha dicho alguien, que de nada valen estas batallas; que lo importante es ganar la guerra. ¿Pero qué ganamos con ganar la guerra, si en las guerras todos pierden y más los países pobres como el Perú y Ecuador? Espero no caigamos en una escalada militar y en la guerra. Conformémonos con poner los hitos en la Cordillera del Cóndor y no a cañonazos sino conven­ciendo al mundo de lo que es cierto: de que la justicia y la razón nos asiste.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - No es momento de recordar, sino de unida nacional – Revista Oiga 30/01/1995


Los acontecimientos bé­licos de la frontera norte -muy graves según los in­formes oficiales- acapa­ran la atención ciudada­na. Y es hora, por lo tan­to, de unidad nacio­nal, de compacta reacción cívica en torno al gobierno en funciones y a los hombres que empuñan las armas de la nación. También seria la gran oportuni­dad paró para que el jefe de Estado convoque a los peruanos ilustres y a los candidatos de todas las tiendas para que colaboren con el Perú en las complicadas tareas diplomáticas que han de seguir a la confrontación armada. Por algo el doctor Javier Pérez de Cuéllar, el peruano más distinguido y cabeza de la diploma­cia mundial durante años, ha suspendi­do su comprometido viaje a Francia, quedándose en el país para observar el desarrollo de los incidentes fronterizos a la vez, exigiéndole al gobierno in­formación completa de lo sucedido para actuar en consecuencia.

El imperativo de la hora es la unidad nacional, es el deber que impone la realidad. Y, más bien, no es ocasión para recordar, por ejemplo, que cuando se toman decisiones económicas, no es sensato cerrar los ojos ante hechos rea­les como él que estamos afrontando en el norte. No es momento de pensar, aunque tengamos muchísima razón, en que son anacrónicas y absurdas las gue­rras y las fricciones fronterizas. Ahí es­tán, duras como piedra, a la vista del mundo entero; y son parte de la realidad de la vida. Tampoco es momento para llamar la atención sobre la ingenuidad de quienes, para privatizar, se guían por catecismos de moda, por la hechiza divinidad del mercado, sin atender las duras realidades del día y las enseñanzas de la historia. Aunque quién sabe no sea ocioso hacernos, ahora, la pregun­ta de si el petróleo es o no es una riqueza estratégica y si convendría o no vender nuestras refinerías a capitales ecuato­rianos o de cualquier otro país vecino. Quién sabe no deje de ser prudente que estemos haciéndonos permanentemen­te esta pregunta, mientras la realidad mundial no cambie, mientras no llegue el día en que, a plenitud, los capitales no tengan patria. Porque la verdad es que, hasta hoy, la realidad nos recuerda que no siempre los capitales pierden su nacionali­dad; y nos enseña que en la vida hay excepciones que es necesario tomar en cuenta.

Los incidentes de la frontera norte -muy graves según versión oficial- obli­gan a los peruanos a actuar unidos y a olvidar sus rencillas internas. En este tema, la peruanidad debe tener una sola voz, reclamando se establezca la paz estipulada en el Protocolo de Río, trata­do que arrebató al Perú grandes exten­siones -que resultaron siendo con el tiempo la zona petrolífera ecuatoriana­, pero que señalaron definitivamente la línea fronteriza, línea detalladamente reconocida por las partes, en mil nove­cientos ochenta y uno. Es hora, pues, de unión nacional en defensa de nuestra integridad nacional.

No es el momento de recordar las voces de alarma de esta revista cuando se dejó vacante ¡por dos años! la emba­jada peruana en Brasilia, sede principal de los garantes del Tratado de Río. Ni es hora de volver a reprochar la populista diplomacia personal del jefe de Estado, que alentó vanas esperanzas en el Ecuador y actuó con ignorancia plena del problema, tomándolo exclusivamente en sus manos. Tampoco viene al caso recordar el infeliz ‘acuerdo de caballe­ros’ suscrito por el canciller Torres y Torres Lara y Diego Cordovez, el men­daz ministro ecuatoriano. Acuerdo que no devolvió las bases ecuatorianas a su territorio y admitió, saliéndose del Pro­tocolo, una disparatada tierra de nadie. Es hora de acción, unidos, hacia el futu­ro. Ya habrá tiempo más adelante para ventilar errores que jamás debieron co­meterse y en los que no se hubiera caído si los técnicos de Torre Tagle hubieran sido consultados y no disueltos.

Roguemos porque el conflicto bélico sea corto y no nos arruine. Y espere­mos que, por segunda vez, nuestros derechos en la Cordillera del Cóndor queden esclarecidos a la luz del Proto­colo de Río y no de otro ‘acuerdo de caballeros’ que vuelva a dejar semillas de tensión en territorio nacional.

Mientras tanto, el curso de las activi­dades nacionales no debe detenerse -situación que sólo podría darse en el caso extremo e ineludible de que llegue­mos a la guerra- y, como es lógico, ha de insistir esta columna en la actualidad electoral, en los indicios de fraude que se van acumulando y que el enviado de la OEA, el medroso señor Murray, se ha obligado a admitir ante las evidencias, pero llamándolas ‘irregularidades’. Para el arcangelical señor Murray, quien dice haber venido para observar el proceso actual ¡y para hacer e seguimiento del destino que tuvieron las denuncias de la OEA sobre las ‘irregularidades’ de las elecciones para el Referéndum y el CCD!, no indica voluntad de fraude, de trampa, la carta que el alcalde de Cha­chapoyas le dirige al prefecto regional, la autoridad política de la zona. A pesar de que en su carta el alcalde da cuenta al prefecto que ha recibido “encargo de las Autoridades del nivel Central de organizar y trabajar en el ámbito del Dpto. de Amazonas los comités de Apoyo a la Reelección de nuestro señor Presidente” (sic). También para el arcangelical señor Murray es una sim­ple ‘irregularidad’ otra de las pruebas que le ha presentado la UPP: un oficio dirigido al presidente del Congreso y líder del gobierno, señor Jaime Yoshi­yama, en el que diferentes autoridades del ministerio del Interior y otras depen­dencias gubernamentales le dan cuenta de sus actividades en favor de la reelec­ción del jefe de Estado.

¡Buen observador nos ha enviado la OEA! Pueda que el señor Murray llegue a enterarse que las ‘irregularidades’ del Referéndum y de las elecciones parlamentarias, denunciadas en secreto por su predecesor, el inefable Gonzales, fue­ron a parar muy eficazmente a los basu­reros de ese armazón legal que él ha encontrado normal. Su descubrimien­to, si lo logra, a pesar de ser conocido por el Perú entero, nos servirá para informarnos que la OEA hará el segui­miento del fraude de 1995, con una eficiencia supersónica, a inicios del nue­vo siglo. Con lo que quedaremos encan­tados, sufriendo felices, igual que aho­ra, las consecuencias del fraude o tram­pa electoral.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Contra el fraude: lucha sin cuartel – Revista Oiga 23/01/1995


Varios, radios y televisoras han empleado espacios y tiempo ilimitados para informar, hasta con excesivo detalle, sobre la huelga de hambre de la señora Susana Higuchi de Fujimori y sobre las consecuencias que esta huelga le ha acarreado a su salud, ya muy quebrantada por culpa del pavoroso drama emocional que viene sufriendo, surgido de sus deberes conyugales puestos en confrontación con el descubrimiento de conductas palaciegas contrarias a su concepto cristiano de, la moral. Sin embargo, muy pocos de esos medios, quién sabe sólo algunas radios y canal 11, han consignado opiniones a favor de la tesis sostenida por ella, conde­nando, por prevaricador, el fallo del Jurado Nacional de Elecciones que anula la inscripción de su lista parla­mentaria por razones que el Jurado ha expuesto sin claridad y con contradic­ciones entre sus miembros opinantes. Y no es que no haya opiniones ilustra­das que le den la razón a doña Susana. Al contrario, abundan los constitucio­nalistas que coinciden con el doctor Javier Valle Riestra en la invalidez de ese fallo. No abundan más bien las otras. Por lo que todas las declaracio­nes publicadas, convalidando la con­ducta del JNE, y que son las que han sido destacadas en diarios y televiso­ras, pertenecen a la misma cantera. Se trata de elementos que, en la prác­tica, haciéndose pasar por opositores al golpe militar del 5 de abril de 1992, no han hecho otra cosa que avalarlo con su ‘oposición’ oficial al régimen militar que nos gobierna.

No se necesita tener doctorado en leyes para entender que es un dispa­rate afirmar —contrariando el texto legal— que pierde su derecho a en­mendar errores, dentro de los cinco días posteriores a la notificación de los mismos, quien cumple con inscri­birse en el plazo establecido por ley, sólo porque lo hizo ‘a último minuto’. Tamaño despropósito no está consig­nado en la norma legal y no cabe en una sesera racional que los plazos sean en un tramo con derecho a re­clamo y en otros no; salvo la vigencia de una estrambótica ley que así lo señale, que no es el caso. Lo normal es que los plazos sean plazos, que se cumplen o incumplen. Y quienes han cumplido con la presentación de sus candidaturas en la fecha señalada, tienen la opción de corregir errores dentro de un nuevo plazo, de cinco días, a partir de la notificación del Jurado. Eso es lo que dice la ley elec­toral y no otra cosa. Como tampoco señala como fundamental el que las listas estén compuestas por 120 ciudadanos, desde el momento que admite listas incompletas después de las tachas.

En contraposición a esta tesis expuesta por el doctor Catacora, otro miembro del Jurado, Muñoz Arce, sostiene que no procede la inscripción de la señora Susana porque su lista no contiene errores formales sino sustanciales. Como el doctor Muñoz Arce no puede avalar la opinión de Catacora porque él ha firmado resoluciones en anteriores Jurados que son condenatorias de esa tesis, nos viene con que son sustanciales ¡los errores mecanográficos en el tipeo de una lista! Algo tan pueril que ni siquiera merece respuesta.

Y en este punto, en el Perú de hoy, hay que tomar en cuenta hechos que en una democracia normal sonarían a extravagancia. No deben extrañarse errores mecanográficos, datos equivocados, fechas cambiadas, en un país donde los espías del SIN están infiltra- dos en todos los lugares y ¡cómo no iban a estarlo en el entorno de la señora Susana Higuchi! Persona a la que el señor Fujimori, su esposo y jefe de Estado, quisiera ver borrada del mapa político. ¿No sería agente del SIN, de Fuji, la secretaria de confianza que se equivocó en el tipeo de la lista de Armonía...?

Hasta El Comercio, diario de extremada ecuanimidad, se escandalizaba el sábado pasado por la presencia de numerosos agentes del SIN en la clínica donde se recupera la señora Higuchi. Estos agentes, actuando desembozadamente —según versión de El Comercio—, trataban de hacer correr rumores como el de que la señora Susana estaba siendo dopada... ¿Esto, por más criollos que sean los modales, no se parece mucho a los métodos nazis, al modo de lanzar noticias que usaba la siniestra Gestapo?...

Se dirá, como siempre, que en estas páginas siempre se exagera. ¿Pero también exagera El Comercio?... A lo que algunos responderán que la pregunta es un sofisma y rogarán para que el decano olvide su revelación, para que el hecho pase pronto al olvido. Porque lo que molesta de OIGA no son sus acusaciones —que muchas veces otros comparten— sino la persistencia, la tenacidad del dedo en la llaga para que no se pase por alto la denuncia. Y lo que ha ocurrido con la lista parlamentaria de la señora Higu­chi es gravísimo y no debe ser volteada la página. Es un indicio más y muy grave de que el Jurado de Elecciones no es lo imparcial que debiera ser. Curiosamente, atentando contra todas las normas legales y abusando del carácter irrevocable de sus fallos, el JNE ha cumplido con el deseo más vehemente del jefe del Estado: no tener al frente, en una tribuna pública, a su corajuda cónyuge. Lo ha hecho, además, con premeditación y alevosía, pues el JNE se cuidó de que la resolución saliera conjuntamente con la que descalificaba –también sin razón legal– a la lista integrada por el ayer aplaudido Manrique y hoy acusado de estafa y denostado por la ciudadanía en pleno. Una maniobra diver­sionista que huele al SIN... Se confia­ba, al parecer, que la atención del público se dirigiera sobre Manrique y el presunto soborno pagado por él para ser incluido en la lista de Campos Arredondo. Era cuestión de echar pe­ces de menor cuantía en la bañera, pero con suficiente color folclórico para montar un tremendo carnaval político, al estilo de los delfines de Miami. ¿O no es así?

Después de tan grosero afán por satisfacer el deseo del jefe de Estado —hacer desaparecer a doña Susana de la escena política— y después de la también burda concesión del control del cómputo electoral a la empresa de un ciudadano nisei, en esta casa no se confía en la imparcialidad del Jurado. Lo que no quiere decir que no creamos en que una batalla sin cuartel, de la ciudadanía contra el fraude, no dé la victoria a la democracia.


Lo de nisei, en la actualidad peruana, tiene mayor connotación que francés, irlandés o palestino, ya que la Administración nacional ha sido copada en los años de Fujimori por los niseis. Niseis son varios ministros, nisei es el presidente del Congreso y no hay sector esta­tal que no esté vigilado por un funcionario con doble apellido Japonés. (El doctor Nugent, alto magistrado del velascato, no es peligroso por su abuelito irlandés).

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - EL SIN en acción – Revista Oiga 16/01/1995


INVADIÓ de pronto mi ofici­na. Se valió de un engaño: alegó ser reportera de un ca­nal de televisión y que estaba interesada en informar sobre el hasta ahora no esclarecido concurso para el manejo de los cómputos electorales, concedido sospechosamente por el Jurado Nacional de Elecciones a la firma Otepsa... Pero de este tema saltó sorpresivamente a otro. Abrió una copia de la última edición de OIGA y preguntó mostrando la foto de la espía del SIN, retratada en el hemiciclo del CCD:

-¿Con qué pruebas acusa usted de espía a esta persona?...

-¡Ay…usted es la de la foto! - respondí de inmediato al identificarla. Y me dispuse a hacer frente a la situación. Es­taba enfocado por la cámara, era prisio­nero de ella, había caído en una embos­cada periodística, y cualquier actitud vio­lenta que yo tuviera sería registrada con fatales consecuencias para mi…. Eso sí, no me callaría.

Y vino aquí una explosión de dimes y diretes que no es de extrañar aparezca, editada convenientemen­te, en alguna de las muchas pantallas de televisión amigas del gobierno. Pueda que ya haya sido pasada la cinta o, más tarde, empleada en mi contra ante alguno de los tribunales adictos al régimen.

Cuando los dimes y diretes habían llegado al punto máximo y ella, la señorita Jenny Zúñiga, alegó ser empleada del programa Opinión Libre del doctor Torres y Torres Lara", yo le respondí que trabajar para el cecedista de las dos to­rres no la libraba de ser espía del SIN:

-Porque éste es un gobierno mili­tar, manipulado por el SIN, con civi­les de biombo. Esta es mi opinión y OIGA ha mostrado pruebas que na­die ha refutado.

La señorita Zúñiga estaba, sin duda, muy bien adiestrada y de improviso cam­bió el ataque por otro flanco, descubrien­do, sin quererlo, a los inspiradores de los discursos del señor Fujimori. La señorita Zúñiga replicó con las mismas palabras con las que Fujimori ataca a la prensa opositora:

-Con todo respeto ¿por qué no creer que ustedes reciben apoyo del narcotrá­fico? Ustedes no tienen avisaje ¿con qué se sostienen?

La grosería de la acusación, estrena­da tiempo atrás por el propio Fujimori, me dejó atónito y tartamudee, pero me repuse y respondí:

-Con avisos del gobierno, porque también OIGA ha firmado ese acuerdo aberrante, por medio del cual el gobier­no ha comprado canales y periódicos. (No agregué, por irrelevante, que las cuentas de OIGA están en manos de los funcionarios del fisco, que no se cansan de revisar nuestros paupérrimos libros de contabilidad).

Y ahí, con voces alzadas de mi parte, acabó la intromisión de una despierta periodista en mi despacho;

No es el momento, sin embargo, de discutir las apreciables habilidades reporteriles de la señorita Zúñiga, ni es­catimar méritos a su audacia -condición básica tanto para espías como para re­porteros-, sino de meditar en cómo es que la intromisión del SIN en la actividad de las gentes de este país se va agudizando y en cómo va creciendo el acoso a la prensa opositora por parte del régimen militar que nos gobierna.

Si escribiera que vamos ingresando a un sistema neofascista con banderas liberales, se dirá que soy un exagerado monotemático. No escribiré, pues, tal cosa. Pero sí me remitiré a una nota sobre la actuación de los militares en el Perú de estos días, que publicamos unas páginas más adelante. También insistiré en destacar los indicios que señalan a la señorita Zúñiga como es­pía del SIN, indicios que fueron resalta­dos en el CCD por varios parlamenta­rios. Tanto Cuaresma como García Mundaca y Moreyra la acusaron de espía, por su presencia irregular en el hemiciclo y por su fisgoneo en el Cole­gio de Abogados. A lo que Torres y Torres Lara respondió que era él y no el SIN quien contrataba a la “distinguida periodista, para que haga la constata­ción objetiva de los hechos”. Con lo que no aclaró si los rollos de su reportera llegaban o no al Servicio de Inteligencia para ser “evaluados políticamente” por la cúpula militar. Un político meti­do a periodista, como Torres y Torres Lara, antiguo amigo de la milicia, no es de fiar.

En lo que sí no callaré, aunque el resto de la prensa calle y a pesar de que se burlen de mí llamándome disco rayado y otras sandeces, es en destacar el acoso del gobierno contra la prensa de oposi­ción. No me cansaré de repetir, aunque callen todos mis colegas, de que la pren­sa en el Perú es más castigada tributariamente que en cualquier otra parte del mundo, a pesar del acuerdo de la pren­sa, en Berlín, señalando que el moder­no método de censura son los impuestos. Si a esto se agrega el sabotaje publicitario, como lo confiesa la reportera de Torres y Torres Lara, el acoso al periodismo de oposición se hace tan evidente como la actividad periodís­tica del de las dos torres. ¿Y qué decir de la acusación de agentes del narco­tráfico empleada ayer por Fujimori y hoy por la reportera de Torres y To­rres Lara?... Que los enemigos de OIGA estarán rabiando y rabiando, al ver pasar los meses y los años sin que las puertas de esta revista se cierren, a pesar del sabotaje publici­tario sin un solo aviso muchas ve­ces, hemos seguido y seguiremos adelante. Con el público como único soporte. Aunque esto signifique un precio alto, que aleja a los peruanos de la lectura y, a la vez, no permite el desarrollo de la empresa... Pero en este luchar y luchar sin descanso, con un rayo de luz muy lejos, al fondo del túnel, no nos falta experiencia, ya somos baqueanos.


P.S. Al terminar esta nota me infor­mo que el doctor Torres y Torres Lara pasó por el canal 13 su rollo, lo que no hace a la señorita Zúñiga reportera del canal sino de quien cubre ese día el espa­cio llamado Opinión Libre o sea el cecedista de las dos torres. También me dicen que el doctor Torres y Torres Lara insistió en reconocer el sabotaje económico a OIGA y en diferenciar libertad de empresa de libertad de prensa, de lo que él llama libertad de los periodistas”. La misma precisión que me llamó la aten­ción en boca de la señorita Zúñiga, ya que por ese distingo se llegó en el gobier­no militar a la confiscación de los medios de expresión. ¿Será el pasado que vuel­ve?

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Sigue en marcha la farsa electoral – Revista Oiga 9/01/1995


Años atrás, en tiempos de Leguía y otros dicta­dores, los guardias y so­plones ingresaban a una imprenta, volteaban los chivaletes, deshacían las formas... Y la publi­cación que molestaba al régimen que­daba paralizada por un buen tiempo. Ordenar tipos y cajas significaba un largo y tedioso trabajo improductivo que desanimaba a muchos y a los más decididos los silenciaba por un buen tiempo. Eso se llamaba amansar a la prensa. Sólo más tarde se llegaba a la clausura, la cárcel y la deportación, Con otros rebeldes se usaba la dádiva para callarlos.

Con el correr del tiempo los métodos represivos fueron cambiando, se hicieron más sofisticados y la compra de conciencias más comercial, más abier­ta. Habíamos llegado a la era de la publi­cidad... Hasta llegar hoy, a los felices días un gobierno militar que ha tenido la habilidad de colocar en la presidencia a un civil de ojos rasgados, complaciente con el Fondo Monetario y el Banco Mun­dial. Los ojos presidenciales y sus com­placencias con el mundo financiero son su gran escudo frente a la comunidad internacional y su licencia para hacer, en la política interna, lo mismo que ha­cían los viejos despotismos, aunque con las modernas sofisticaciones de la hora.

Por ejemplo, en estos días ha sido silenciado el Canal 11, la única señal televisiva de abierta oposición al régi­men. Esta vez no hay chivaletes voltea­dos con la tipografía por los suelos. La señal de Canal 11 ha sido volada. No con una bomba contra la rotativa como antaño, sino con una descarga eléctrica que ha destrozado el monitor. Al mo­mento de escribir estas líneas son ya cuatro los días sin imagen ni voz en la pantalla de Canal 11... Mientras las otras televisoras callan. Y callan también los órganos de prensa. Hasta aquellos que, por tradición, saben que cuando se abu­sa de un órgano de expresión se está abusando de la prensa toda. Pero, ¿qué se puede esperar de empresas –expre­samente no digo periódicos– que en lugar de exigir ser exonerados de los impuestos acogotantes establecidos por este gobierno militar presidido por Fuji­mori, han preferido suscribir un contra­to de publicidad que ata a los periódicos y televisoras con el Tesoro Público? Esos impuestos, que la prensa no exige sean derogados, son los más altos, de lejos, de todo el continente americano y del mundo. Y, si es necesario precisar, pre­ciso: “Mientras en EEUU y en muchos otros países no se cobra impuesto algu­no por la compra de papel periódico, en el Perú esos impuestos llegan al 35.7%, seguido por Chile con 18% (El dato es de la SIP). ¿Para qué ha servido en el Perú el acuerdo de la prensa internacional, suscrito en Berlín hace tres años, conde­nando a la tributación con el moderno método de censura contra los medios de difusión?

Sin embargo, el Canal 11 no sólo sufre la presión o acogote tributario, además de sabotaje en publicidad –como OIGA y otras publicaciones de la oposi­ción–, sino que ha sido silenciado volán­dole la señal con una sobrecarga eléctri­ca. Ha sido clausurado el Canal 11 –al momento en que Luis Cisneros, presti­gioso general en retiro, denunciaba la corrupción de la cúpula militar–, por medio de la alta tecnología del Servicio de Inteligencia, los modernos soplones del régimen.

Por tamaño despropósito contra la libertad de expresión alza su voz de pro­testa esta revista. Y no se diga que será una voz en el desierto. Esas voces que van a parar ahí, como los rezos, se juntan a todas las voces de protesta que ha habido en el mundo e irán creciendo hasta derrotar a la dictadura. Siempre, a la larga o a la corta, vencerá la libertad. Siempre habrá un nuevo amanecer para los hombres libres. Así como siempre habrá un día de oprobio para los tiranos.

Ésta ha sido, sin duda, la noticia más lamentable de la semana. Aunque no la única que entristece el panorama electo­ral. También ha habido un cambio de juego en las reglas para las reelecciones, tomando entre gallos y medianoche, por un grupo diminuto de parlamenta­rios del CCD. Con 34 votos sobre 80, se pretende cambiar las normas electora­les establecidas por una ley orgánica o sea sólo modificable con un mínimo de 41 votos. En la nueva disposición, apro­bada a la carrera y promulgada a la velocidad del rayo por el presidente del gobierno militar, se limitan a dos los personeros especializados, cuando son 47 los centros de cómputo esparcidos por todo el territorio nacional, y se crea un nuevo formato de cédula electoral que estaba prohibido en la legislación anterior: la colocación de la fotografía de los candidatos en los votos. Una cos­tumbre colombiana y de algunos otros países que, sin embargo, se presta a suspicacias en el Perú –donde estaba prohibida por ley– porque justamente la larga campaña electoral del presidente y candidato se inició hace más de un año con el reparto constante de almana­ques, con su foto, por todo el territorio peruano, y a lo que ahora se sumará la distribución, en víspera del acto electo­ral, al iniciarse el año escolar, de varios millones de cuadernos con el escudo nacional y ¡la foto de Fujimori a todo color! Este gasto lo cubrirá naturalmen­te el Tesoro y nadie sabe hasta ahora quién paga los calendarios con la ima­gen de Fujimori en todas las poses y vestimentas del folclor peruano. Lo úni­co que se sabe con certeza de estos calendarios es que no llevan pie de im­prenta, lo que es obligatorio, por ley, en el Perú. Mientras que, por lo bajo, se dice que los almanaques son impresos en Sanmarti, una imprenta, privatizada a precio de ganga, dirigida por un nisei que sería hombre de paja de Yoshiyama, el Nº 2 del régimen.

Serán, pues, muy poco transparen­tes las próximas elecciones peruanas. Y a lo anterior había que añadir, entre otras muchas irregularidades, que más de la mitad del electorado habita en las zonas declaradas en emergencia por causa del terrorismo que, al parecer, ha sido ya vencido. Ese control militar -en muchos lugares ya innecesario- ha pro­ducido la muerte de un dirigente aprista, asesinado por una patrulla policial en el norte, y el abaleamiento por soldados del Ejército a una comitiva de Acción Popular, integrada por la fórmula presi­dencial completa del partido del ex pre­sidente Belaúnde.

También el Jurado Nacional de Elec­ciones, que da la impresión de estar prestándose a una pantomima teatral, haciendo de enemigo de Fujimori en la ficción –propone leyes y disposiciones que el CCD cambia a su gusto–, ha puesto un grano de arena muy grande en el entrabamiento del proceso: el con­trol de los servicios de computación del recuento de votos ha sido otorgado por el JNE a una empresa que fue represen­tante de ‘Wang’, pero que hoy no tiene más respaldo que un capital de 80 mil soles y una casita medio desocupada por sede. A esa diminuta sociedad, propie­dad de un nisei, se le dio calificación mayor que a la IBM ¡en capacidad técni­ca y en solvencia económica!... Más tarde el CCD añadió el límite de dos personeros, técnicos en electrónica –cuando son 47 los centros de cómpu­to– por cada fórmula presidencial. Eso se llama torear al alimón.

Y como debe ser infinita la caja de sorpresas electorales que nos tiene reservadas el gobierno militar que preside Fujimori, en días pasados una subpre­fecta –Ruth Benavente– puso en evidencia que no eran perla aislada los oficios del prefecto de Huánuco instando a sus funcionarios a hacer campaña por la reelección de Fujimori. La subprefecta da cuenta detallada a sus superiores – uno de ellos ministro de Estado– sobre las actividades que ha desarrollado en favor de la reelección de Fujimori. ¿Cuántas indiscreciones se seguirán des­cubriendo en estos meses? ¡Los secretos por revelar parece que serán intermina­bles!

viernes, 10 de abril de 2009

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - ¿Quién manda en el Perú? – Revista Oiga 19/12/1994


En el Perú, hoy, el consumo per cápita de alimentos apenas llega a la mitad de lo que se consumía hace veinte años y los peruanos de hoy, que antes tampoco se distinguían por ser buenos lectores –leían apenas un libro y medio al año–, han bajado su lectura a un cuarto de libro al año. Dos datos estadísticos que, pese a todas las limitaciones y distorsiones de esta ‘ciencia’, debiera hacernos dudar del ‘milagro’ peruano pregonado por un régimen que, sin duda, ha hecho mucho más ricos a los ricos –aunque no los haya hecho más lectores– y mucho más pobres y desnutridos a los pobres de siem­pre, añadiendo a la clase media a las legiones de marginados de la lectura y la alimentación. Estamos en un país curiosísimo, en el que crece la riqueza de algunos y donde se prohíbe leer y comer. Y también curarse, porque los enfermos están obligados a pagar 18% de impuesto a la compra de medicinas. Impuesto (IGV) criminal del que tampo­co se libran los libros, los periódicos y los alimentos básicos. Como si matar de hambre y embrutecer a los pobres y á los enfermos –a la mayoría de este país– fuera meta económica racional.

No faltará quien se pregunte ¿por qué no volvemos a los métodos, mucho más eficaces, de los espartanos y, sin más trámites, no eliminamos a los po­bres y a los enfermos, a todo el peso muerto de la sociedad? Eso sí sería récord de eficiencia y sería ésta una nación sólo de ricos.

En lo que la estadística peruana de hoy falla, por falta de datos, es en el terreno de la moralidad. No puede tra­zar sus líneas de alzas y bajas porque, sencillamente, en este régimen no ha sido descubierto oficialmente un solo caso de corrupción, ni ha habido, por lo tanto, un solo castigado. Lo que no quiere decir que la inmoralidad no cam­pee. Ahí están las denuncias de la seño­ra Higuchi que nadie ha querido inves­tigar en serio. Ahí está la termoeléctri­ca de Ventanilla sobre la que los seño­res Okama y Yoshiyama guardan se­pulcral silencio; porque, al decir de los técnicos, no tienen cómo explicar la compra de las dos turbinas de esa plan­ta. Dos turbinas que han costado, al fisco peruano, su peso en oro. Por ahí andan paseándose, alegremente, los picaronazos Susano y Ross, sin que la Fiscalía ni la Contraloría hayan movido un dedo para investigar las puntuales acusaciones que se les hicieron. Ahí está la documentada investigación so­bre las picaronadas del ministro Vittor...y no pasó nada. Sólo se persi­gue –judicialmente– a la socia de Vittor, la señora Kcomt de Figueroa, que no ha sido funcionaria pública y no puede haber cometido, como es lógico, el delito de concusión, del que es acusada por el eficiente gobierno de Fujimori. Ahí está el señor Carlos Suboyama, sembrador de redes eléctricas mal instaladas en los llamados ‘pueblos jóvenes’ y hombre de confianza de un régimen que reparte electricidad, en condiciones que deben ser investigadas y que no ha iniciado una sola obra hidroeléctrica en sus cinco años de gestión. Ahí están de ministros personajes cuyas empresas – ahora en manos de sus hijos o sobrinos– han seguido contratando con el Estado. Ahí está, en cárcel perpetua y en perpetuo silencio el nar­cotraficante Vaticano’, convertido en terrorista por arte de magia, para evitar que en un juicio civil y público denuncie’ a sus cómplices de uniforme en el tráfi­co de drogas. ¿Que no es así la figura? Bueno, que se me demuestre lo contra­rio, porque de los hechos conocidos por la prensa, se deduce lo que arriba está escrito.

Tampoco la estadística nos puede revelar qué tipo de régimen gobierna al Perú de hoy, gobierno responsable de los aciertos de que tanto se vanagloria como de los despropósitos y desver­güenzas apenas esbozados en esta nota. Esto del tipo de régimen que go­bierna el país es tema que se adentra en la oscuridad del secreto militar. Y sobre el que sólo caben especulaciones con base en algunos hechos concretos visi­bles y a la interpretación del lenguaje castrense, tan misterioso como los qui­pus, aunque sea muy ruidoso algunas veces. A ese lenguaje pertenece el paseo de helicópteros del otro día, reali­zado para confirmar al señor general Nicola di Bari en el cargo de comandan­te general del Ejército y jefe del Coman­do Conjunto. Un roncar, desde el aire, igual al que produjeron los tanques en las calles de Lima cuando hubo que ordenar al Congreso que echara tierra al crimen de La Cantuta y, luego, que se viera en el fuero militar y no en el civil y menos en juicio abierto.

Pero; ¿qué es lo que ha quedado probado con estas órdenes dictadas con el ruido de los helicópteros o los tan­ques?... Por lo pronto, demasiado in­fantil es creer que estos movimientos se deban a pugnas internas del régimen. Porque, si las hay, apenas tocan su epidermis. El desfile de helicópteros ha sido más bien otra llamada de atención, esta vez dirigida al ‘presidente’ Fujimo­ri, para que nadie olvide la naturaleza castrense del sistema que gobierna el Perú. La Fuerza Armada, como institución, no dio un golpe de Estado, no rompió la Constitución, para entregar el poder al señor Fujimori y marginarse ella en sus cuarteles. Detrás de ese golpe militar hubo y h ay una logia y un proyecto de veinte años –revelado por OIGA hace mucho tiempo atrás–; una logia en funciones y un plan que está en pleno desarrollo. Parte de ese proyecto es mantener como mascarón de proa del Ejecutivo al señor Fujimori y al ge­neral Nicola di Bari cómo cabecilla de la Fuerza Armada. Ese es el, equilibrio -decidido por el Consejo Estratégico del Estado, que es la logia gobernante, in­tegrada por militares y algunos civiles, obligados a mantener el más absoluto anonimato. El día que el general José Valdivia Dueñas –que, según parece, era uno de sus integrantes– comenzó a dar muestras de querer sacar la cara en conversaciones privadas, selló su salida de la logia. El abortado pronunciamien­to constitucionalista de noviembre del 92 fue el pretexto para poner a Valdivia fuera de los cuadros de mando.

El desfile de helicópteros ha sido otra advertencia al país, incluido Fuji­mori, para que no haya dudas sobre quién manda en el país. Y a ese mons­truo de mil desconocidas cabezas es al que tienen que enfrentarse los candida­tos que compiten en este proceso elec­toral, iniciado desde la partida con car­tas marcadas y jueces ad hoc: Fiscalía, Corte Suprema, Jurado Nacional de Elecciones, Contraloría, comandancias militares y el SIN, que es el sistema que todo lo controla.

¿Cómo enfrentar al monstruo y vencerlo? Sólo será posible levantando el espíritu cívico de las multitudes. Y eso no se logrará con políticos desplaza­dos, ni sin energía en la acción a favor de los pobres, de las clases medias, de los marginados por este gobierno. Tam­poco sin la colaboración de los partidos y las organizaciones populares de todo el país, sobre todo de provincias, del Perú olvidado por Lima.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – ‘Expreso’ tiene razón – Revista Oiga 12/12/1994


Por ahí se dice, y lo dicen muchos, que el país no necesita discursos sino orden, disciplina. Y algunos se animan a añadir: mano dura, o sea, dicho más claro, dictadura. Con lo que, sin duda, apuntan al meollo de los problemas del Perú, que son varios y complejos, pero entre los que destaca el desorden, la informalidad, la disciplina, la falta de respeto a la ley.

¿Tienen, pues, razón lo que esto afirman con convicción que les sale de dentro, del alma, del pecho?... En lo central sí. Es evidente la falta de orden y disciplina entre los peruanos. Pero los muchos que piensan así ponen más pecho que cerebro, al desdeñar el dis­curso, la palabra, el verbo, el principio de todas las cosas. Y de allí se explica que caigan con pasión en el error de confundir dictadura con orden y disci­plina. Si pusieran más atención en el discurso, en la palabra, advertirían pronto que las disposiciones efectivas no son las que parten de la arbitrarie­dad o capricho del hombre en el poder, con don de mando, sino las que ema­nan de la ley, del respeto al orden legal. Y que, por lo tanto, lo que en el país se requiere es que alguien, con don de mando —que es uno de los requisitos indispensables para ser gobernante—, haga respetar la ley, el orden jurídico, que es lo que iguala a gobernantes y gobernados y los obliga a vivir civilizadamente. Así es como se consti­tuye la estabilidad cierta, real, qué es base para el desarrollo. No hay la me­nor duda de que el Perú requiere orden y disciplina. Pero orden y disciplina que partan del respeto ala ley —que ella es la dura— y no de les cambiantes disposiciones dictadas al capricho de un gobernante con don de mando. Qué es lo que, desgraciadamente, está ocu­rriendo en el Perú ahora. Todo en el país, hasta el parchado de las pistas y el recojo de basura, depende de la volun­tad de una persona, que está en el gobierno por mandato no del pueblo ni de un orden legal preestablecido, sino por la voluntad de los militares que impusieron, con los tanques, el 5 de abril del 92, un arbitrario régimen de Reconstrucción Nacional. O sea si lo que en el Perú falta es orden y discipli­na, respeto a la ley, nada hay más contrario a ello que el régimen actual, sujeto a disposiciones legales dictadas por un Congreso hechizo que actúa en función de los caprichos y arbitrarieda­des del o los mandos surgidos del golpe militar del 5 de abril de 1992.

Esta es la verdad monda y lironda. Y así, burlándose del orden legal, no se construye un país estable, ni se educa en el orden y la disciplina a un pueblo que ha hecho de la informalidad su ley.

Pero esta es mi palabra, bastante devaluada entre, los muchos amantes de la mano dura, que no se sabe por qué están tan felices cuando el Perú ha llegado, ahora, a consumir la mitad de los alimentos que consumía hace vein­te años. Y cuando la clase media ha desaparecido o se halla recluida en su casa, a media luz, con el polvo de los muebles y alguna vieja revista de regalo en las manos.

Acudiré esta vez en mi ayuda a ‘Expre­so’, el diario fujimorista por excelencia, en el cual los Ricketts, Rey de Castros y D’Ornellas desahogan sus odios y renco­res de diplomáticos frustrados contra el doctor Javier Pérez de Cuéllar, porque, sin haberles él hecho ningún daño a ellos —quién sabe sí algún favor o alguna atención—, los humilló al llegar él a Secretario General de las Naciones Unidos durante diez años, con una pensión mensual mayor a la de todos sus sueldos juntos en una década.

‘Expreso’ del lunes pasado, en su edi­torial, cerca de uno de los vomitivos de Ricketts contra Pérez de Cuéllar, se que­dó atónito ante la informalidad chicha del discurso de Fujimori en CADE, con maullidos y gruñidos que hubieran sido pifiados en un circo —por malos—, pero que recibieron los aplausos de siempre de los siempre palaciegos hombres de negocios. Y descubre ‘Expresó que el más neoalanista de los expositores del conclave empresarial ha sido el señor Fujimori, que ya adquirió mil camiones para que el Estado compre a los agricul­tores sus productos y los distribuya y venda a los consumidores. Con razón, dice ‘Expreso’ que esto es una locura; que es comenzar a reconstruir el aparato estatal ineficiente; que es resucitar ENCI y ECASA. No revela, sin embargo, el fondo del problema: no dice que son los militares de la revolución del 68, sus herederos, los que están detrás de estas disposiciones estatistas. Tampoco dice que esos militares, los tenientes y capita­nes de la revolución del 68, que son los generales del 5 de abril del 92, han pues­to también sus picas en la compra por el Estado de maquinaria para que el Ejército sea el gran constructor, en competencia desleal y sin vigilancia con los empresa­rios de este ramo, quienes, Igual que en el 68 y en el 85 con Alan García; callan y aplauden a quien los va a ahorcar.

Sin embargo, ha dicho bastante ‘Expreso’ al señalar que Fujimori ha visto la paja alanista en los ojos de los otros y no la viga en los suyos. Pareciera que Expreso ha descubierto, en esos mil camiones ya oficializados en ‘El Perua­no’, cuáles serán las modificaciones al programa económico que hará el go­bierno de la Fuerza Armada y Fujimori, si se queda en el poder.

En lo que también ‘Expreso’ quiere ver un retorno al alanismo es la referencia de Fujimori —un tanto confusa— a que habrá que exonerar del IGV a los alimentos básicos. Y aquí sí está equivocado el diario de Orejuelas de arriba a abajo. Por puro ayatolismo liberal, llega al extremo de afirmar esta barbaridad: que los productores de pollo, huevos y leche no son precisamente pobres y que, por lo tanto, deben pagar el 18% del IGV. ¡No, seño­res de ‘Expreso’ ¡Así no son las cosas! Si esos productores son ricos, que paguen impuestos a la renta, como también de­bieran pagarlos los que se hacen ricos con la enseñanza. Lo que no se debe pagar es el IGV, que es impuesto que recae directamente en los consumidores, que son, en conjunto, los miserables de la cadena. Claro está que sólo cuando se trate, como en todos los países civili­zados y verdaderamente desarrollados, de medicinas, alimentos básicos, educa­ción y cultura (o sea libros, revistas, pe­riódicos y espectáculos artísticos). Nada más, pero también nada menos. No hay una sola actividad en la vida en la que no haya excepciones, que son las que hacen la regla. Negarlas es una especie de paranoia de la modernidad.

Al día siguiente, el martes, más curio­samente todavía, el editorial de ‘Expreso’ se ocupó de la exposición de Javier Pérez de Cuéllar y, también con razón, la llenó de elogios. ¿Le replicarán a ‘Expreso’ los mastines de Fujimori de ‘Expreso’?

Comienza a hacerse muy confuso el trasfondo del panorama electoral.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – “Velasco expropió los medios de comunicación y Fujimori los ha comprado” – Revista Oiga 5/12/1994


Ha dicho la doctora Bozo en Canal 11, y ha dicho bien, que “Velasco expropió los medios de comunicación y Fujimori los ha comprado”. Añadió, para reforzar la frase, la información exacta —por nadie desmentirla— sobre los muchos millones que el Estado ha distribuido entre las distintas televisoras, radios y periódicos, para que éstos cubran sus deudas tributarias; y a los que estaban al día en sus impuestos, el obsequio les servirá como resarcimiento por la injusticia que significaba no haberles considerado desde el comienzo en la operación de salvataje a los medios de comunicación. Se trata de una escanda­losa lotería otorgada a dedo por el gobier­no, con el dinero de los contribuyentes, y que, según racional afirmación de Canal 11, significa que Fujimori, en lugar de expropiar, imitando a Velasco, ha com­prado el favor de los medios de comunica­ción, otorgándoles un desmesurado rega­lo sonante y contante. Por ejemplo —lo puso en pantalla la doctora Bozo—, el Canal 2, que nunca había pagado im­puestos, recibió una bonificación de 8 millones para poner al día sus deudas; y como el Canal 5 protestó con otros por la injusticia, pues alegaba estar al día en sus obligaciones tributarias, el gobierno del señor Fujimori decidió compensarlo obsequiándole 8 millones —igual que al 2— como adelanto de publicidad. Así acabó la guerra de los canales que tal injusticia había generado: Cebándose todos con el dinero no del Estado ni del señor Fujimo­ri, sino de los contribuyentes; que hoy, como en la Edad Media, son los hombres del pueblo los consumidores. Ya que día a día van creciendo los impuestos indirec­tos y disminuyendo los de la renta. Paga impuestos —es sólo otro ejemplo— el que compra un pan, una medicina, un libro, un periódico. Y no pagan tributo alguno las operaciones bursátiles. Y esta injusti­cia verdadera, real, dura como una roca, no llama la atención a nadie. Nadie la corrige y nadie protesta por ella, porque goza de la bendición del Fondo Moneta­rio y de la sacrosanta nueva Biblia: el liberalismo del embudo al revés.

Sin embargo, con ser impactante y cierta, la denuncia de la doctora Bozo en Canal 11, no abarca con amplitud el atentado que contra la libertad de prensa está cometiendo ahora, en el Perú, siste­máticamente, el gobierno del señor Fuji­mori y de la Fuerza Armada.

Primero, discriminando y chantajeando a los medios de comunicación que no le son afectos, poniéndolos al margen en el reparto de la publicidad. Tarea en la que el gobierno de Fujimori y de la Fuer­za Armada recibe el apoyo entusiasta de la derecha empresarial. Canal 11 no tiene un solo aviso del Estado y sufre igual o parecido sabotaje de la empresa privada. Tampoco hay publicidad alguna para OIGA ni parra otros periódicos de la oposición que desagradan a un gobierno que se irrita porque se le recuerda que es producto de un golpe militar y que los tanques tienen tanta influencia como él frente a un hechizo Congreso Constituyente Democrático.

En este punto la coincidencia entre Canal 11 y OIGA es total. Lo que Canal 11 y la doctora Bozo no tocan, quien sabe porque este segundo aspecto del problema no le alcanza a la televisión y carecen de información al respecto, es el impuesto de 18% (IGV) a los insumos y a la venta de los ejemplares de revistas y periódicos. Un impuesto que no existe en la mayoría de los países civilizados del mundo y en- ninguno en ese volumen. Porque no existe libertad de prensa —y aquí el término es preciso­, no hay libertad de prensa cuando se interponen barreras entre lo impreso y los lectores. Y esas barreras pueden ser el cierre o la censura—la famosa mordaza de ayer— o los impuestos aberrantes, que es la mordaza moderna. Con sabotaje publicitario y con 18% de IGV a los insumos y a la venta de los ejemplares —que debe ser cubierto por el productor, ya que los intermediarios (canillitas) son aire, son luz, son viento—, la existencia de las revistas en el Perú es imposible. Subsisten, sobreviven, gracias a precios de tapa delirantes, como es 7 soles por una revista en blanco y negro y con el papel que el impresor tenga a bien utilizar.

Esta es la realidad de la libertad de prensa en el Perú. Por un lado, medios de comunicación comprados con favo­res del gobierno y, por otro, el Canal 11 y uno que otro periódico sostenido por la tradición, el avisaje y la media voz, junto a muy pocos periódicos y revistas de oposición abierta, que apenas sobrevi­ven al sabotaje publicitario y al aberrante 18% de IGV a las ventas y a los insumos. IGV del que también deberían estar li­bres —como en todo país sensato— los alimentos básicos, las medicinas y los libros. ¿Por qué la educación está exceptuada hasta del impuesto a la renta?... Simplemente, porque con recibos del colegio con el 18% de IGV, ahí sí que los votos de Fujimori se los llevaría el aire, sin que nada pudieran hacer los tanques militares para impedirlo.

Pero, al leer estas líneas, el lector se habrá formado la falsa idea de que en el acuerdo del gobierno con los medios de comunicación para cancelar deuda tributaria con avisaje sólo se ha considerado el aberrante IGV, que el productor no puede trasladar al público por estar sometido a la intermediación del inubicable canillita. No. En el acuerdo, en el regalo del Estado a las televisoras y periódicos, han entrado todos los impuestos incluido el de la renta —un impuesto del que, en justicia, nadie debe estar exonerado—, y los de las más insólitas compras en el caso de las televisoras, que sí no pagan, igual que las radios, IGV por los insumos —son las ondas— ni por las ventas de información y comentarios, pues sus programas no tie­nen precio de venta al público.

Desgraciadamente, el ayatolismo li­beral y las deformaciones profesionales de los economistas se han adentrado tan hondamente en nuestra sociedad y, lógicamente, hasta en los periódicos, que muy pocos son los que quieren advertir cómo se atenta hoy contra la libertad de expresión en el Perú: saboteando y chantajeando con el avisaje a Canal 11 y a las revistas y periódicos de oposición, a los que, además, se les agrede con el abe­rrante IGV a los insumos y a la venta de ejemplares. Caso típico, este último, de la moderna inquisición contra la prensa, como lo señaló el Congreso Mundial de Periodistas, en Berlín, hace dos años.

Es una lástima que, cada vez que se pasa lista, haya menos periodistas en el comando de los periódicos y que las anteojeras de ayer —los tabúes ideológicos— hayan sido reemplazados por el tabú económico. ¡Como si la economía fuera ciencia exacta y tuviera Biblia!

(F. IGARTUA)

P. S. Curiosamente, los más fervorosos fujimoristas están muy preocupados por los “errores que está cometiendo la can­didatura de Pérez de Cuéllar”. Se duelen muchísimo “porque el embajador está quedando mal”... ¿No será más bien que, al revés, a pesar de los errores -que existen y habrá que corregir abriendo puertas, apuntando con más energía a las culpas del adversario en la pauperiza­ción del pueblo y no hiriendo a los posi­bles aliados de mañana-, no será que esos fanáticos fujimoristas estén temien­do el triunfo de Pérez de Cuéllar y buscan acercarse a él mostrando su ‘preocupa­ción’ por sus errores?

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – ¿Una dictadura informal? – Revista Oiga 21/11/1994


Tras la caída del Muro de Berlín, la política de exclusión, propia de los dictadores, pareció sucumbir definitivamente. En su lugar, los acuerdos políticos, los pactos y las concilia­ciones a nivel institucional exponen una nueva exitosa metodología política, digna de toda sociedad civilizada. Sudáfrica, tras el acuerdo entre Leclerc y Mandela, logra así -pacíficamente- consagrar un Parlamento de veras representativo. En América Latina, Paraguay clausura su casi secular dictadura y Chile inicia con furor cívico el segundo gobierno no de la concertación. México se “aggiorna” y celebra sus primeras elecciones cristalinas. En El Salvador, un pacto po­lítico garantiza el proceso electoral y neutraliza las pasiones de una sociedad que vivía en encarnizada guerra civil. Argentina y Bolivia emprenden exitosos pactos políticos para realizar reformas constitucionales sin alterar en orden constitucional ni la continuidad política. En Colombia, el M-19 depone las armas y accede a la legalidad por la vía de una Asamblea Constituyente. Brasil y Venezuela deponen a sus respectivos manda­tarios (Collor y C.A. Pérez), mediante métodos constitucionales y amplio deba­te público. Antiguos dictadores, como el boliviano García Meza, tienen abiertos procesos de extradición. Otros, como Videla o Noriega, purgan sus responsa­bilidades en las mazmorras. En Guate­mala, aborta un insólito golpe de Estado comandado por el presidente Constitu­cional, quien hoy es objeto de persecu­ción. América Latina exhibe, así, una etapa de veras inédita para un continen­te considerado inferior, incapaz de afir­mar un orden democrático.

En ese extenso panorama de conti­nuidad institucional y de acuerdos políti­cos permanentes, hubo dos excepciones que enlutaron la democracia latinoamericana: Haití -cuyo golpe fue condenado por nuestra diplomacia- y el Perú. Pero, tras el pacífico derrocamiento de Cedras y el feliz retorno de Aristide, Haití puede incorporarse en este dominó democráti­co. El lunar negro queda monopolizado por el Perú de Fujimori.

-Pero Fujimori no es un dictador....

-No lo es. Claro que no. Fujimori es un hombre respetuoso de la Constitución y de las leyes. Es un hombre dialo­gante y predispuesto a los pactos políti­cos y a los entendimientos. Es incapaz de ofender a los adversarios políticos ni de injuriar a ciudadanos indefensos. Nunca usurpa las funciones de un juez o de un fiscal. Es respetuoso de la autonomía municipal e incapaz de secuestrarle las rentas al Concejo Provincial de Lima. Seria impensable que vuelva a disolver el Congreso o que acepte –calladamente las arbitrariedades de los militares. Es incapaz de abusar del poder para reele­girse...

-Bueno, pero todos esos son asuntos muy ‘formales’...

Tras la caída del Muro de Berlín, los moldes ideológicos que impedían forta­lecer los consensos democráticos fueron sumariamente ejecutados, en un gran triturador de papeles. La reflexión de­mocrática amplía a sus interlocutores. Atrás, muy atrás quedó aquella lastimosa monserga marxista, que denigraba a los regímenes democráticos, como mera­mente ‘formales. Esta nueva tendencia tiene epígonos importantes en el Perú. Caso interesante es el del novísimo So­cialismo Democrático, que conforma la denominada ‘izquierda arrepentida (Ta­pia, Lynch, A. Delgado, Adrianzén, etc.). Renovando su lenguaje, asumen la de­mocracia como lo que siempre fue: un conjunto de métodos, procedimientos e instituciones. Y combaten resueltamen­te todo pretendido cuestionamiento en nombre de ese antiguo handicap a los dictadores: ofrecer una ‘democracia real’.

De pronto, contrariando esta tenden­cia universal (que no permite confirmar cierta globalización de la democracia), en el Perú, alguien está interesado en repetir esas viejas monsergas. Acusa a la democracia de ‘formal’. Y lo hace una y otra y otra vez más. Lo peor es que tal anacronismo no proviene de un ideólo­go de izquierda, ni de un militante del marxismo supérstite. No es tampoco un senderista de la rama ‘Feliciano’ ni es una clandestina proclama que anuncia la aparición de un nuevo movimiento guerrillero. Ese personaje que denosta las ‘formalidades’ de la democracia es el mismísimo señor Fujimori. Sí. El del 5 de abril. El de la convivencia en el Pentagonito. El de las cartas para Abimael y la prisión: para Salinas Sedó. Y sus dicterios antidemocráticos los lanza impunemente, desde las altas cumbres del poder, apoyándose en las televisoras y radios que son sus tan inútiles megáfonos.

Hay quienes han protestado ante la gentileza hacia la señora democracia que pregona este caballero tan autoritario. Hay quienes han emprendido ya -aguerridamente- la crítica de la crítica. Otros, han demostrado justificada alarma ante los arrebatos que estas palabras puedan vaticinar. Hasta la víspera elec­toral, que en el Perú tiene hoy mucho más de víspera que de electoral se ha puesto a temblar, preocupada por su destino. Vamos: que no es para tanto. ¿En verdad alguien se sorprende por esta invectiva contra los regímenes democráticos? No. No es para tanto. En el Perú necesitamos claridad, mayor trans­parencia entre deseos e intenciones y nada mejor para la pedagogía ciudadana y para el porvenir de nuestras costum­bres políticas, que este carné de identi­dad. El tiburón también muere por la boca.

Su árbol genealógico tiene ramas co­nocidas. Y algunas verdes, muy verdes: color uniforme. Déjenlo, pues, hablar. Y que se sienta como en la familia, esfor­zándose por recoger aquellos mismos pretextos que blandieron con perverso éxito dictadores como. Leguía, Odría o Velasco. Todavía no ha bautizado su ‘fujicracia’. Lamentablemente, no podrá llamarla ‘Patria Nueva’, ni podrá exhibir­la como una ‘democracia social de parti­cipación plena’, aunque así lo proclame el servil CCD. Esos cuentos, lamentable­mente, ya están patentado INDE­COPI.

¡Ay! Y tampoco diga que la democracia no se come. Porque, en verdad, hubo, quien –hace dos años– se la ingirió de un bocado.