martes, 16 de junio de 2009

ABC de España (Madrid) (Sevilla)

Blanca Varela obtiene el XVI premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

Blanca Varela MADRID. 11-5-2007

Apenas pasaban quince minutos de la una de la tarde de ayer cuando un humildísimo gorrioncillo de buen agüero se coló hasta las escaleras de acceso al Salón de Mayordomía del Palacio Real de Madrid. Se cree -en los nidos cercanos nadie pudo confirmar la información- que fue él quien llevaba en el pico la buena, la magnífica nueva: la poeta peruana Blanca Varela acababa de ser galardonada con el XVI premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dotado con 42.100 euros y convocado a la par por la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional. El prestigioso galardón premia y reconoce una obra que se constituya en patrimonio y herencia común de España e Hispanoamérica.

La autora de «Ejercicios materiales» y «El libro de barro» -segunda mujer que obtiene el premio, tras la portuguesa Sophia de Mello, que lo consiguió en 2003- no figuraba en las primeras propuestas del jurado, que sí barajó en sus deliberaciones, en un clima bastante suave y distendido, nombres como los de Francisco Brines, el cubano Cintio Vitier, Carlos Edmundo de Ory y el mexicano José Emilio Pacheco. Brines y Pachecho fueron los que a la postre más resistirían el empuje de Blanca Varela.

Antonio Gamoneda, ganador de la edición del año pasado, hizo de maestro de ceremonias y presentó con verbo muy preciso los méritos de la autora que debutara en el planeta de la lírica en 1959, a los treinta y tres años, con el poemario «Ese puerto existe», título sugerido entonces por su gran amigo y mentor Octavio Paz. «No se puede leer a Varela -dijo el último premio Cervantes- queriendo buscar una palabra informativa, magníficamente hermoseada y ornamentada. Lo que encontramos en la poesía de Blanca Varela es un brote existencial que nos llega a través de un lenguaje impredecible. Lo que significa que su lírica es muy distinta a la que predomina y es hegemónica en España en estos momentos, la que usa un lenguaje realista y normalizado, lo que impide que la tradición avance. Su obra está impregnada de pensamiento poético, y no muestra ninguna intención testimonial, ideológica o filosófica».

Al otro lado del océano, allá lejos (donde «es fría la luz de la memoria / así cayeron en la mente / formas y colores / casualidades /azar que anuda sombras /vuelcos en la negra marmita / donde a borbotones /se cuecen gozo y espanto...»), allá lejos, al otro lado del Atlántico, en la capital peruna, Lima, la escritora recibía la emocionada llamada de su hijo Vicente de Szyszlo, que precisamente ayer se encontraba en España, concretamente, en Granada para recoger otro premio para la autora de «Donde todo termina abre las alas». Szyszlo se encargaba de darle la noticia, y luego relataba a la agencia Efe tan dulces y emotivos momentos. «Se siente inmensamente feliz con un premio que no se esperaba, ha sido una auténtica sorpresa para todos nosotros, para toda la familia. Aunque desgraciadamente no puede expresarse (Varela ha sufrido un ictus cerebral recientemente), los que estaban junto a ella en la casa me comentaron que le cambió por completo la cara».

Poesía y poeta que son, como escribió Octavio Paz, «a un tiempo, un cuchillo y una herida», poesía y poeta ayer premiadas por un jurado a cuya cabeza se encontraba el presidente de Patrimonio Nacional, Yago Pico de Coaña, y del que también formaron parte, entre otras personalidades, el rector de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso Peña; el ya mencionado Antonio Gamoneda, el premio Nobel José Saramago; y el también poeta y subdirector de ABC Santiago Castelo.

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La poetisa peruana Blanca Varela gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

La poetisa peruana Blanca Varela. /ARCHIVO EFE MADRID 10-5-2007


La poetisa peruana Blanca Varela ha obtenido la XVI edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dotado con 42.100 euros, y convocado conjuntamente por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca.

Este prestigioso galardón tiene como objetivo reconocer "el conjunto de la obra de un autor vivo que por su valor literario constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común iberoamericano y de España".

El jurado del premio ha estado formado por el presidente de Patrimonio Nacional, Yago Pico de Coaña, y el rector de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso; Antonio Gamoneda, ganador de la pasada edición del galardón; el Premio Nobel José Saramago; la directora de la Biblioteca Nacional, Rosa Regás, y el académico Luis María Anson, entre otras personalidades.

Segunda mujer galardonada
El fallo del premio otorgado a Blanca Varela (Lima, 1926) coincide con la entrega del galardón García Lorca, que la autora peruana logró el pasado mes de octubre, y que será recogido esta tarde en Granada por su hijo, Vicente de Szyszlo, ya que la poeta no ha podido viajar a España por problemas de salud.

Blanca Varela es la segunda mujer que gana este galardón, instituido en 1992 para reconocer la obra de un autor vivo de España y Latinoamérica, después de que la portuguesa Sophia de Mello Breyner lo lograra en 2003.

Este premio ha sido otorgado a otros seis poetas latinoamericanos: el chileno Gonzalo Rojas, en 1992; el brasileño Joao Cabrao de Melo Neto, en 1994; el colombiano Álvaro Mutis, en 1997; el uruguayo Mario Benedetti, en 1999; el chileno Nicanor Parra, en 2001, y el argentino Juan Gelman, en 2005.

Los españoles galardonados han sido Claudio Rodríguez, en 1993; José Hierro, en 1995; Ángel González, en 1996; José Ángel Valente, en 1998; Pere Gimferrer, en 2000; José Antonio Muñoz Rojas, en 2002; José Manuel Caballero Bonald, en 2004, y Antonio Gamoneda, en la pasada edición.

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La Residencia de Estudiantes le da voz a la poeta peruana Blanca Varela

6-12-2006

M. DE LA FUENTE


MADRID. Dentro de su colección de audiolibros «La voz de...», la Residencia de Estudiantes presentó ayer su volumen número diez, dedicado a la poeta peruana Blanca Varela. Como en ocasiones anteriores, el citado volumen recoge por escrito y en formato CD de audio el recital ofrecido por la autora en la propia Residencia el 9 de diciembre de 1997.

Este título viene a continuar la lista de grandes poetas que han pasado en los últimos años por esa ilustre casa y de cuya presencia han quedado grabados estos libros, de aquí a la eternidad. Una nómina impresionante, sin duda: Rafael Alberti, Octavio Paz, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Álvaro Mutis, Olga Orozco, Claudio Rodríguez, Gonzalo Rojas y Antonio Gamoneda.

El audiolibro de la autora limeña fue presentado por los también poetas Luis Muñoz, Esperanza López Parada y el colombiano Darío Jaramillo cuya figura vital y literaria ha ocupado durante el último mes el lugar de vate ilustrado en el ciclo «Poeta en Residencia».

Luis Muñoz resaltó el hecho de que un recital de poesía viene «a ser un ejemplo perfecto de selección, es una autoantología», de manera que los poemas escogidos pueden muy bien consituirse en «una poética subterránea de cada autor». Esperanza López Parada, profesora de literatura hispanoamericana de la Universidad Complutense, hizo un breve pero intenso repaso de la obra de Blanca Varela, de la que destacó que «refleja la sordidez áspera de la existencia, y lo hace trabajando con el rigor quirúrgico de una disección y una austeridad expresiva cercana al laconismo». Tambien recalcó el papel de Octavio Paz como padrino de Varela, y la definió, finalmente, como «una poeta de la gracia y la gravedad».

Por su parte, Darío Jaramillo hizo hincapié en la importancia de una edición de estas características que posibilita escuchar la propia voz del poeta recitándose a sí mismo. «El poema -dijo- debe resistir la prueba de su lectura en voz alta, porque el poema tiene que ser taumatúrgico. Ahora tenemos el privilegio de guardar la voz de los poetas, pero, ¿cómo sería la voz de Lope de Vega, de Garcilaso, de San Juan, leyendo sus propios versos? Bonita pregunta. Quizá la respuesta esté en el viento de nuestros sueños.

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La peruana Blanca Varela gana el III premio de Poesía García Lorca

12-10-2006


ABC GRANADA. La escritora peruana Blanca Varela, de 80 años, fue galardonada ayer con el III premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, el de mayor dotación económica de los premios de poesía de habla hispana (50.000 euros), al que optaban 35 candidaturas españolas e hispanoamericanas, informa Ep. El alcalde de Granada, José Torres Hurtado, quien dio a conocer el fallo del jurado, indicó que la elección fue por mayoría y destacó «la rigurosidad de la poética de Varela, su conexión con el surrealismo y su pertenencia a la Generación del 50».

El poeta ovetense Ángel González, ganador de la primera edición de este premio, valoró que, aunque Varela no es una desconocida en España, puesto que dos de sus libros se publicaron en este país, la concesión del galardón es una buena ocasión para acercar su voz poética, que consideró «importantísima», a todos los lectores españoles, si bien la escritora goza de «un gran prestigio tanto en Perú como en Hispanoamérica», especialmente tras obtener el premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en 2001.

Varela, primera mujer galardonada con este premio, fue propuesta por el Gobierno de Perú. Pero su condición de mujer, precisó Ángel González, no influyó en el fallo del jurado, que, según dijo, tuvo una «ardua labor» debido a que «prácticamente una quincena de las candidaturas presentadas corresponden a nombres de primerísimo nivel». Por ello, consideró que la elección fue «dolorosa».

La poetisa peruana es una de las voces más relevantes de la poesía iberoamericana contemporánea, que ha fraguado su selecta y meditada obra al margen de corrientes y tendencias, con firmes propósitos y largos periodos de silencio.

Nacida en Lima en 1926 en una familia de escritores y artistas, su obra poética, recogida en el volumen «Donde todo termina abre las alas» (Círculo de Lectores), se compone de media docena de libros, desde «Ese puerto existe» a «Luz del día», «Valses y otras confesiones» o «Canto Villano», entre otras.

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La peruana Blanca Varela se alza con el III Premio de Poesía García Lorca

ABC/GRANADA 12-10-2006


La escritora peruana Blanca Varela, de 80 años de edad, fue galardonada ayer con el III Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, el de mayor dotación económica de los premios de poesía de habla hispana, con 50. 000 euros, al que optaban 35 candidaturas españolas e hispanoamericanas.

El alcalde de Granada, José Torres Hurtado, dio a conocer el fallo del jurado, que estuvo representado por Angel González, ganador de la primera edición de este premio, que indicó que la elección fue por mayoría, destacó «la rigurosidad de la poética de Varela, su conexión con el surrealismo y su pertenencia a la Generación del 50».El poeta ovetense también valoró que, aunque Varela no es una desconocida en España, puesto que dos de sus libros se publicaron en este país, la concesión del galardón es una buena ocasión para acercar su voz poética, que consideró «importantísima» a todos los lectores españoles, si bien la escritora goza de «un gran prestigio tanto en Perú como en Hispanoamérica», especialmente tras obtener Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en el año 2001.El secretario del Premio García Lorca y concejal de Cultura en el Ayuntamiento de Granada, Juan García Montero, también abundó en la «reconocida» trayectoria de la autora, que fue propuesta al premio por el Gobierno de Perú, a la vez que expresó su satisfacción por el hecho de que el galardón haya recaído por primera vez en una mujer.

Pero esta cuestión, según precisó Ángel González, no influyó en el fallo del jurado que, según dijo, tuvo una «ardua labor» debido a que «prácticamente una quincena de las candidaturas presentadas corresponden a nombres de primerísimo nivel». Por ello, según consideró, la elección fue «dolorosa». Por último, el alcalde de Granada explicó que, debido a la diferencia horaria, no se pudo contactar, por el momento, con la galardonada, si bien la Embajada de Perú ya conoce la noticia.

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La peruana Blanca Varela gana el III Premio de Poesía García Lorca

GRANADA. Agencias 11-10-2006


La poetisa peruana Blanca Varela se convirtió hoy en la primera mujer que gana el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, dotado con 50.000 euros, y a cuya tercera edición concurrían 34 candidatos, informó hoy el presidente del jurado, José Torres Hurtado.

Entre los que optaban al galardón figuraban además algunos de los poetas de habla hispana más relevantes del momento como Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, José Manuel Caballero Bonald, Diana Bellesi, Francisco Brines y dos granadinos, Rafael Guillén y Antonio Carvajal.

Dotado con 50.000 euros, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca es el galardón de mayor dotación económica de entre los premios poéticos en lengua castellana.

En rueda de prensa, el alcalde de Granada, presidente del jurado, explicó que "después de una amplia deliberación y sucesivas votaciones, el premio ha recaído en Blanca Varela", un fallo adoptado "por amplia mayoría".
Torres Hurtado, que trasladó la enhorabuena de todo el jurado a la poetisa "y a todo el Perú", explicó que trató de felicitar personalmente a Varela por teléfono, sin éxito, "por la hora intempestiva que es ahora en Perú", donde hay una diferencia de siete horas, a pesar de lo cual sí informó del premio a la Embajada de Perú en España y confió en poder hablar con ella finalmente mañana.

El portavoz del jurado, el poeta asturiano Angel González, confesó que la labor del jurado "ha sido ardua" porque en la relación de candidatos "había nombres tan importantes, al menos quince de ellos de primerísima línea, que elegir uno desdeñando a los demás era verdaderamente doloroso".

Describió a Blanca Varela como "una poeta muy rigurosa, emparentada en cierto modo con el surrealismo, en parte hermética, pero de una gran riqueza expresiva y verbal". Enmarcada, "si se la puede situar en alguna corriente", en la Generación de los 50, González explicó que en su "incesante" labor poética, Varela ha publicado muchos libros y "tiene un gran prestigio en su país y en Latinoamérica", aunque "en España, si bien no es desconocida, su obra no ha tenido tanta repercusión".

Precisamente, para el poeta asturiano, junto al "mérito intrínseco" de su obra, este galardón tiene también el valor de "poder descubrir" a Blanca Varela en España, donde tiene publicados tan sólo dos libros: la antología "Como Dios en la nada" y "Donde todo termina, abre las alas".

Preguntado por los medios de comunicación, González dijo que "en absoluto" ha pesado en la elección de Varela el hecho de que, en las dos pasadas ediciones del premio, éste haya recaído en dos hombres.

Ganadora del Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en el 2001, Blanca Varela (Lima, 1926) se inició en la poesía en la Universidad de San Marcos, donde ingresó en 1943 para estudiar Letras y Educación.

A partir de 1947 empezó a colaborar en la revista "Las Moradas" que dirigía Westphalen; En 1949 llegó a París, donde entraría en contacto con la vida artística y literaria del momento de la mano de Octavio Paz, una figura determinante en su carrera literaria, que la conectaría con el círculo de intelectuales latinoamericanos y españoles radicados en Francia.

De esta etapa data su amistad con Sartre, Simone de Beauvoir, Michaux, Giacometti, Léger, Tamayo y Martínez Rivas, entre otros. Después de su larga temporada en París, Varela vivió en Florencia y luego en Washington, ciudades donde se dedicó a hacer traducciones y eventuales trabajos periodísticos.

En 1959 publicó su primer libro "Este puerto existe", en 1963 "Luz de día" y en 1971 "Valses y otras confesiones"; Más tarde, en 1978, realizó su primera recopilación fundamental con su escritura "Canto villano". Finalmente apareció su antología de 1949 a 1998 con el título "Como Dios en la nada".

El jurado, presidido por el alcalde, José Torres Hurtado, lo componían el poeta asturiano Angel González -ganador de la pasada edición-, un representante de la Casa de América y otro de la Residencia de Estudiantes; Laura García Lorca, sobrina del poeta y directora de la Huerta de San Vicente; el presidente de la Fundación Generación del 27, el de la Academia de Bellas Letras de Granada y el catedrático de Literatura de la Universidad de Granada Alvaro Salvador.

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Carta a la vidente

Por José Méndez 11-5-2007


Blanca Varela de niña se hacía demasiadas preguntas y, lo que es más inquietante, se «inventaba» respuestas nada tranquilizadoras. De aquella infancia escrutadora del entorno y de los otros, de aquella casa de artistas muy populares, de aquella mirada que aprendió a ver sin los tapujos de la falsa inocencia, surgió -son palabras de José Ángel Valente- «la poeta, en español, más importante del siglo XX». El juicio, teniendo en cuenta la procedencia americana de esa voz poética y la existencia de un grupo de mujeres poetas de primerísimo orden en aquel continente, aumenta su valor y su riesgo. Aunque nada mejor que la poesía de Blanca Varela para destruir la improbable, y en cualquier caso estéril, frontera sexual en la poesía.

Blanca Varela nunca ha sabido de su importancia literaria. Su rango y dignidad artística no se confrontan con «el mundo de la literatura», sino con la vida. «Escribo para saber, para explicarme las cosas, los sentimientos, el miedo». Y es así que su palabra crea las imágenes como un bisturí abre una herida, o un ácido reduce la mugre a la inexistencia. Formada junto a poetas como Bondy, Eielson, Bendezú o Sologuren, y mujer del pintor Fernando Szyszlo, su aristocracia reside en la distancia, en la necesidad de soledad e independencia. Su estancia en París desde 1949, recién casada, le depararía entre otras importantes experiencias -todas ellas radicales, como marcaba la fe ideológica de la época- el contacto con Octavio Paz, y a través de él la publicación de su primer poemario, «Ese puerto existe», editado ya cuando residía en Washington. En el prólogo de aquel primer libro escribió Paz: «Con el instinto del verdadero poeta sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el tiempo y la soledad».

Cuando Blanca Varela llegó a Madrid en 1998 invitada por la Residencia de Estudiantes -una mujer menuda, de ojos vivos, pulquérrima- estaba mucho más pendiente de su hermana Nely o de sus amigos que de cualquier otra cuestión, fuera editorial o de relaciones públicas. Para saber de su mundo literario había que atreverse a traspasar su privacidad: hallarla -y ser admitido- en sus momentos de soledad, que tenían lugar de modo impredecible, en la mitad de un cóctel, por ejemplo. Y era entonces cuando te decía: «¿No crees que detrás de esas cortinas hay un montón de niños que se ríen de nosotros?» Después, leyendo su obra supe que detrás de las cortinas no había un montón de niños riéndose de los que tomábamos copas y componíamos gestos, sino que allí permanecía desde muchos años atrás una niña que se hacía preguntas inquietantes y peligrosas. Sobre nosotros y, mucho más a menudo, sobre ella misma.

Es una celebración que el premio Reina Sofía acoja entre sus galardonados el nombre de Blanca Varela, la obra irradiante de Blanca Varela. Una obra que el lector podrá hallar bellamente editada en «Donde todo termina abre las alas», título de su poesía reunida editado por Galaxia Gutenberg. Es una celebración y, seguramente, Emilio Adolfo Westphalen, allá donde se encuentre, con parsimonia y una sonrisa, se está preparando un whisky-sour. Salud.

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La verdad no abriga

POR JOSÉ MÉNDEZ MADRID.

AFP Blanca Varela 15-11-2007


MADRID. Nos queda la posibilidad, quizás prudente, de realizar un paseo por la ciudad poética de Blanca Varela y tratar de anotar las sensaciones, los gustos y disgustos del paseo. Ciudad que tuvo hasta la finalización de sus últimos barrios Concierto animal y El falso teclado el áspero nombre de Canto villano, trazo nominal que prometía esfuerzo, quizás sequedad y sin duda desarraigo al posible visitante. Hoy se nombra Donde todo termina abre las alas. Poesía reunida (1949-2000).

Al acercarnos nos recibe la gran plaza circular, Puerto Supe, el coso de agua en el que la poeta se contempla por primera vez a sí misma en un lecho ardiente donde lloro a solas. Antes de la imagen sencilla y sentimental que cierra el poema, Blanca Varela ha puesto cimientos, paredes y columnas, sobre las que dicha imagen no pueda mentir:

Allí destruyo con brillantes
[piedras
la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las
[aves pequeñas,
destapo las botellas y un hu-
[mo negro escapa
y tiñe tiernamente el aire y
[sus jardines.
Junto a la gran morada sin
[ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pá-
[jaro carnívoro.

Plaza, coso, ensenada, puerto. Un desolado lugar frente al Pacífico en cuyo centro una muchacha llora a solas. Si permanecemos en el poema, en la plaza, un tiempo, comenzaremos a notar la naturaleza pictórica del entorno. De Hopper al Bosco pasando por Chagall, una cadena de colores y pinceles acude a nosotros: Junto al turbio licor y al pájaro carnívoro (Chagall); destapo las botellas y un humo negro escapa /y tiñe tiernamente el aire y sus jardines (Chagall). Un lecho ardiente en donde lloro a solas (Hopper); o habito el interior de un fruto muerto (Bosco).

Aleatorias adjudicaciones, lo admito, pero cargadas de sentido, igual que para el viajero se cargan de sentido los crepúsculos de las distintas ciudades por las que pasa. Milagro de ubicuidad sólo permitido al arte. Esta muchacha llorando a solas, es la imagen que está en el origen de la poesía de Blanca Varela de la misma manera que un desierto y su soledad sin nombre fundamentan la poesía de Valente.

Para huir desde el principio de los símbolos preconcebidos, para no repetir las mentiras acuñadas por el tiempo, Blanca Varela subvierte la identidad de su yo poético: la muchacha se transforma, ni en hombre ni en mujer, sólo en sujeto de la vida, quizás para que en esa casa recién construida por ella, su casa, dejen de resonar los ecos de la casa familiar repleta de voces femeninas en el sentido real y cultural del término.

Sea este o no el motivo del cambio (ya anotado por Octavio Paz en el prólogo a Ese puerto existe), con él se produce en Varela un fenómeno común en las vanguardias que la precedieron. Sin embargo en ella, la subversión del sujeto poético no obedece a ningún género de delirio mesiánico, más bien al contrario, la distorsión de la voz femenina en textos sólo concebibles desde una experiencia de mujer, parece perseguir la extrema fiabilidad en la construcción y transmisión del poema.

El origen de las cosas nunca es único. En conversaciones que por fortuna he podido mantener con la autora, me comentó que siendo muy niña le ocurría recurrentemente el fenómeno de apreciar, de ver, el lado no oficial de las cosas: de un animal su sufrimiento o su ferocidad, de una relación entre personas el sometimiento o la envidia. Este talento infantil para «ver» lo que no debía ser visto, la acercó al mismo tiempo a la imposibilidad o la inconveniencia de expresarlo, y nos procura una pista sobre el posible origen de su yo poético. De aquella visión procede su implacable posición crítica, la contención tantas veces subrayada de su lenguaje y la mezcla de piélago y manglar sobre la que construye su ciudad. Si usted, aleatorio lector, desea proseguir el paseo por la ciudad poética construida por Blanca Varela (nada más aconsejable), no olvide que la verdad no abriga.

lunes, 1 de junio de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA


Componentes del primer Gobierno Vasco (7 de octubre de 1936). De izquierda a derecha: Arriba: José Antonio Aguirre (Presidencia y Defensa); Juan Astigarrabía (Obras Públicas); Telesforo Monzón (Gobernación); Juan de los Toyos (Trabajo, Previsión y Comunicaciones); Gonzalo Nardiz (Agricultura); Abajo: Ramón María de Aldasoro (Comercio y Abastecimientos); Santiago Aznar (Industria); Heliodoro de la Torre (Hacienda); Jesús María Leizaola (Justicia y Cultura); Juan (Asistencia Social). Falta en las fotos Alfredo Espinosa Oribe (Sanidad)

lunes, 4 de mayo de 2009

Hojas de vida - Hola Paco


Nunca pude saludar ni dirigirme a Francisco Igartua con esos términos, como todo el mundo lo hacía. Hasta los practicantes le decían "hola Paco", "sí Paco", "ok Paco" o "de ninguna manera Paco". Supongo que esto se debía a mi respeto reverencial por Don Paco, el Director del semanario Oiga, la revista donde me inicié en el apasionante mundo del periodismo.

Es curioso, pero igual me ocurre con Enrique Zileri, a quien tampoco pude decirle Enrique. Estoy seguro que si lo vuelvo a encontrar seguiría diciendole Don Enrique. Francisco Igartua y Enrique Zileri son los periodistas que más admiro y siento que cada trabajo que hago sigo haciéndolo para ellos.

Eduardo Rodriguez - Heduardo

viernes, 1 de mayo de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA



Noticia de la expulsión del Gobierno Vasco de su sede de 11 Avenue Marceau. Euzko Deya. 3 de julio de 1951

jueves, 30 de abril de 2009

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - Reflexiones en torno a la “Democracia Directa” – Revista Oiga 24/04/1995


A pesar de la extraña confusión que se está obser­vando en los cómputos electorales, nadie duda ni discute que la tendencia de la voluntad popular ha sido reelegir al presiden­te Fujimori y elegir un Parlamento que le sea dócil al líder ante el que se ha doblegado el país. Además, está a la vista, aunque no haya habido entusiasmo ni grandes celebraciones de masas, que la corriente ciudadana en este sentido ha sido abrumadora. Por lo que resultará llorar sobre leche derramada el recordar que el origen del fenómeno político que vive la República fue un golpe de Estado contra el sistema democrático y que su basamento legal es una Constitución reeleccionista elaborada por un Congre­so hechizo, de diminuta representativi­dad, prohijado por el ánimo bomberil de la OEA y las habilidades florentinas del delegado norteamericano ante esa orga­nización, Luigi Einaudi. Recordar la le­che derramada será adentramos en el terreno de los principios, de la escala de valores, en los vericuetos del orden moral y de la educación cívica, aspectos de la convivencia humana que, también sin duda alguna y para nuestra vergüenza histórica, han sido repudiados por el elec­torado, deseoso de recibir dádivas y ver resultados tangibles; dispuesto a dejarse encandilar, sin reflexión ni análisis, por la nueva ideología del pragmatismo y la globalización económica, por el funda­mentalismo liberal.

A este estado de ánimo contribuyen hechos positivos como la eficacia de la construcción de infraestructura, el orde­namiento de la economía y la extinción del terrorismo. Cuyos frutos se han visto en varias privatizaciones -no en todas- del año pasado y hoy en la exitosa venta del Banco Continental. Celebrable no sólo por la importancia mundial del Banco Bilbao Vizcaya sino por la participación peruana en la operación. Los hermanos Brescia no son socios simbólicos del Bilbao Vizcaya, sino parte medular de la nueva y, se supone, modernísima y competitiva entidad bancaria que surgirá del viejo Continental.

Pero así como no es oro todo lo que brilla en la política económica del régimen, tampoco viene resultando tan aplastante la victoria electoral del presidente Fujimo­ri, empañada por un altísimo ausentismo, mientras que la elección parlamentaria se ha transformado en un embrollo gigantesco, previsto desde estas páginas hace me­ses, cuando OIGA denunciaba inútilmen­te, con pruebas documentales y gráficas, la irregularidad que significaba entregar el control de la computación electoral a la fantasmal empresa OTEPSA del señor Carlos Kahayagawa Sato.

Es tal el enredo de la votación parla­mentaria que el Jurado Nacional de Elecciones tendrá que usar artes mágicas para explicar cómo pueden haberse producido totales tan disparatados en las sumas de los votos para el Congreso y por qué no ha podido cumplir con los plazos que se trazó para dar resultados completos y veraces. Sólo la magia podría aclarar los errores matemáticos que se han produci­do en la elección.

Enredos aritméticos que, sin embargo, no cambian la convicción de que el electorado ha querido expresar su apoyo a la continuidad del régimen fujimorista. Un gobierno que él mismo, hasta hoy, se calificaba oficialmente de pragmático y técnico. Nada más. Y que, de victo­ria, oscurecida por graves fallas técnicas de computación, viene definiéndose como una nueva democracia, de alcances tan extravagantes que ha despertado suspica­cias aún dentro de los periodistas más obsecuentes al presidente Fujimori, como son los columnistas de Expreso. Hasta para estos curtidos aplaudidores del prag­matismo fujimorista, vienen resultando preocupantes las declaraciones post elec­torales del jefe de Estado a la prensa extranjera. Y en verdad que lo son. No por­que ahora sean dichas ante la opinión pública internacional, sino porque con­firman y ratifican un peligrosísimo criterio muchas veces expresado como gran des­cubrimiento filosofal propio por el presidente Fujimori ante auditorios populares del país: que para hacer eficaz a un gobier­no es preciso que el gobernante no tenga trabas, ni parlamentarias ni partidarias. El pueblo, según esta peregrina y nada nove­dosa tesis, debe comunicarse directamen­te con el líder, sin intermediaciones institu­cionales y menos de los partidos, de la despectivamente llamada partidocracia. Esta es la nueva democracia que el presi­dente Fujimori viene predicando al mun­do. Una nueva democracia que, el mundo entero lo sabe, no es democracia sino fascismo.

Democracia, hay que repetirlo y repe­tirlo una y mil veces, es equilibrio de poderes, es pluralismo partidario, es res­peto a las minorías, es el imperio a la ley sobre gobernantes y gobernados. Y en este punto no sólo andan despistados los habitantes de este territorio de descon­certadas gentes. También desbarran so­bre el tema algunos periodistas europeos que se extrañan por la resistencia a la reelección presidencial existente en Amé­rica Latina. Según ellos, desconocedores de nuestros presidencialismos, debería­mos admitir como algo normal la reelección de los gobernantes “porque así es en Europa y en los Estados Unidos”. Una conclusión, al parecer, correcta, pero ig­norante de que todas estas repúblicas, incluido Chile, que es el país más insti­tucionalizado de la región, son de un presidencialismo muy agudo y fuerte­mente consolidado, por lo que, en toda la región, el equilibrio de poderes es casi una ficción; más todavía cuando el Ejérci­to -otro de los poderes del Estado en nuestros países- se pone al servicio del Jefe Supremo, el presidente de la Repú­blica. En Europa, los jefes de Estado, cuando no son reyes hereditarios, son presidentes que no tienen la responsabi­lidad del gobierno, salvo el de Francia, que es reelegible y tiene ingerencia en la conducción de los asuntos estatales, pero que está severamente limitado por el Parlamento, al que le corresponde nomi­nar al primer ministro. De allí fue que surgió lo de la cohabitación francesa o sea presidente de un partido y gobierno de otro color. En Europa no son reelegi­dos a título personal los jefes o presi­dentes de gobierno, sino que resultan permaneciendo en el cargo como conse­cuencia de las elecciones parlamentarias. En España, por ejemplo, hace varios meses no fue reelegido Felipe González. Fue una coalición parlamentaria salida de las urnas la que lo ratificó en el cargo y la que lo sostiene en él. Está colgado de ese hilo, pues roto el pacto tiene que dejar el puesto. Afirmar, pues, que es comparable la reelección de los presi­dentes americanos -que son jefes de Es­tado- con los presidentes de gobiernos europeos -que no son jefes de Estado- es lo mismo que pretender hacer una suma de panes y cebollas. En aquellos países hay instituciones firmes, hay equilibrio de poderes y hay respeto a las minorías. Por eso, no porque sean ricos o pobres, es que son democracias. Y a ello han llegado cultivando su cultura, aprendiendo a amar la libertad, luchando por ella cuando los taumaturgos de las patrias milenarias han interrumpido ese incesante aprendizaje que es la democracia, para establecer los contactos directos del caudillo con las masas, los autoritarismos fascistas o co­munistas, los totalitarios que tan patéticas huellas han dejado en la historia universal.
Eso ocurre, aquí y en todas partes, cuando se acepta que cualquier medio es bueno para alcanzar los grandes fines de grandeza nacional que trazan las buenas intenciones. Porque, a la corta o a la larga, si esos medios son inescrupulosos, sin principios, sin va­lor moral, se transformarán en fines. Así, de este mismo modo, comenzaron todas las grandes tragedias del hombre sobre la tierra.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – ¡Viva la Democracia! – Revista Oiga 17/04/1995


Sigue dando que hablar la apabullante victoria electoral del presidente Alberto Fujimori. Y no es para menos. Pocas veces en los últimos 50 años se ha dado un resultado similar: tres cuartas partes de los electores le han dado su voto, legitimando el mandato presidencial, y ha sido borrada del mapa la totalidad de los partidos políticos tradicionales -en esta oportunidad bien empleado el término-. No es, pues, fácil interpretar el hecho. ¿Cómo explicar que un hombre solo, haciendo alarde de su soledad en el mando y empleando la arbitrariedad, el engaño y la mentira, sin escatimar las dosis, haya podido derrotar a todos los partidos y a la candidatura de uno de los peruanos más ilustres de este siglo?

Habrá que comenzar por advertir, si hacemos algo larga la memoria, que la novedad es más aparente que real. La aparición y desaparición de los partidos es un fenómeno bastante frecuente en el Perú y en algunos otros países latinoamericanos, todavía asidos al magnetismo de los caudillos. (Los tiempos históricos son mucho más dilatados que el recuerdo de las personas).

En nuestros días han muerto los partidos de turno -han muerto y bien harían los partidarios sobrevivientes en darles apacible sepultura para que no hiedan los cadáveres-, van dando el último suspiro de la misma manera como murieron los partidos Demócrata, Liberal y Constitucionalista cuando, al terminar la segunda década de este siglo, emergió la figura enérgica y solitaria de don Augusto B. Leguía, el nuevo y electrizante caudillo que ofrecía, con su mirada de ave de rapiña, una Patria Nueva esplendorosa, basada en el pragmatismo, la modernidad y la esperanza. Junto a aquellas organizaciones políticas, con las que por al­gún tiempo jugó Leguía como con eti­quetas de circo, también arrió bande­ras el Partido Civil, pero el civilismo no murió, quedó agazapado en las depen­dencias públicas y en los salones de los saraos leguiístas, mientras sus figuras históricas fueron languideciendo en el destierro. El espíritu de la vieja Lima virreynal, que eso es el civilismo, so­brevivió a esa catástrofe y fiel a ese espíritu, siempre acomodado a las cir­cunstancias y cambiando sin remilgos de personajes -no necesariamente limeños de nacimiento-, estuvo presen­te en los círculos próximos a Sánchez Cerro y Benavides; retornó al poder con Prado y Odría; merodeó Palacio con los “carlistas” en época de Belaún­de y con los “Doce Apóstoles” en el quinquenio de Alan García; y hoy aplaude al presidente Fujimori. Es el partido que, después de muerto, sigue reinando. Las demás tiendas políticas, igual las de hoy que las de ayer, dejaron en un momento de sincronizar con la sensibilidad de las mayorías y finiquita­ron.

El Partido Civil sobrevivió a su muer­te porque no representa las ideas, el ánimo, la imagen carismática de un hombre, sino el espíritu conservador. Los civilistas peruanos son los conservadores de otros países, que aquí han preferido la sibilina infiltración en todos los gobiernos a mantener viva la organización de un partido político, sujeto a los vaivenes del humor electo­ral.

El Apra ha muerto porque nunca llegó a ser la social-democracia con la que se etiquetó en los ambientes inter­nacionales. Fue el pensamiento un tan­to errático de Haya de la Torre. Un poco marxista, otro poco fascista y un tanto tahuantinsuyano. En resumen: el Apra fue la persona de Haya de la Torre con su inmenso magnetismo ver­bal, sus poses heroicas y el martirolo­gio de sus seguidores. Un gran caudal político, pero ligado a la personalidad del líder como la piel al cuerpo. Muerto Haya era difícil que sus ingeniosas y contradictorias ideas siguieran encan­dilando a las multitudes.

Alan García quiso reorientar a su partido por la senda de la social demo­cracia, pero su conducta lo perdió. No sus errores, porque los errores se corri­gen. Y no ha habido ni hay otro líder que pueda resucitar al difunto.

Ha muerto Acción Popular porque el peso de los años ha retirado de la actividad política a su jefe y fundador, el presidente Belaúnde; cuyas ideas, enraizadas en la emoción telúrica del país, se entremezclan con sentimien­tos socialdemócratas y socialcristianos y son indesligables de su liderazgo, más apegado a la construcción de infraes­tructura en el país desde el gobierno que a la prédica doctrinal desde el lla­no.

Las distintas izquierdas -incluido Sendero- han muerto con la caída del Muro de Berlín y con la debacle de la Unión Soviética y sus satélites de la Europa Oriental. Lo que no quiere de­cir que, con el tiempo, las ideas de solidaridad con los oprimidos y de re­beldía ante el abuso del poder y los poderosos no vuelvan, con otros pos­tulados, a conmover y a movilizar a las masas.

La muerte del Partido Popular Cris­tiano es particularmente triste, porque no es que se haya extinguido el pensa­miento socialcristiano y no es que Luis Bedoya Reyes no sea un alto, lúcido y muy embebido exponente de esta ten­dencia ideológica, sino que la praxis del partido, su irrefrenable afán pactis­ta, lo ha llevado al suicidio. También porque Luis Bedoya no halló reempla­zo a su liderazgo.

¿Explica, sin embargo, la defunción de los partidos la resonante victoria electoral del presidente Fujimori y su rutilante ascenso al estrellato de la po­pularidad en el Perú?

En parte sí. El declive de los partidos -que no se hacía demasiado evidente por los resultados de las elecciones municipales y por el éxito del NO en el referéndum- permitió, sin duda, que Fujimori se fuera afianzando en el lide­razgo nacional. Pero el mayor e inne­gable mérito del actual y ya legitimado presidente ha sido el saber captar el humor del país -aparte de estar iden­tificado, por su origen, con las necesi­dades populares- y el haber tenido ha­bilidad para ganarse el aliento civilista y el apoyo de los círculos financieros internacionales.

Los partidos políticos, base esencial de la democracia, nacen, se constitu­yen, cuando un grupo más o menos numeroso de ciudadanos concuerda con unas cuantas ideas básicas o en una serie de postulados; y, luego de discutir y de rumiar lo planteado, deci­de organizarse, nominando a un líder, sea por la confianza depositada en el elegido o por el carisma que éste haya irradiado. Estos son los partidos doctri­narios -basados en ideas universales y en postulados específicos locales-, son los partidos tradicionales de las nacio­nes civilizadas, adscritas a la cultura occidental.

En los países en formación -y de vez en cuando también en los desarrolla­dos- la muerte y resurrección de los partidos se produce conjuntamente o después de un acontecimiento que ha conmovido a la sociedad, que la ha desgarrado hasta los huesos y la ha hecho perder orientación y guía. De esos sucesos tremendos es que surgen las personalidades que se alzan sobre la tempestad. Y casi siempre, por la natu­raleza del pensamiento humano, son dos o tres esas figuras, representativas de las dos o tres interpretaciones que afloran del suceso conmovedor. Son las ideas surgidas en ese trance y quie­nes las han lanzado al aire los que dan forma a los partidos políticos que na­cen de esas emergencias.

Pero como las ideas siempre son varias -si no fuese así el mundo sería un espantoso y monocorde funeral- el par­tido único viene a resultar una aberra­ción. De allí que no haya democracia sin pluralidad partidaria. Como tam­poco habrá democracia sin división de poderes -cuya antítesis es el fascista contacto directo del líder con la masa­, y sin instituciones sólidas, sin contro­les reales, sin Estado de derecho o sea sin que impere la ley sobre gobernan­tes y gobernados.

Esta concepción de la democracia, que es por la que ha levantado bande­ras en estos días Javier Pérez de Cué­llar y por la que lucharon a contraco­rriente en las últimas décadas Busta­mante y Rivero, Basadre, Belaúnde y otros, no se parece mucho al sistema escogido por el presidente Fujimori para dirigir al país. Por lo menos esto es lo que se desprende de sus declara­ciones, actitudes y disposiciones de gobierno –“si alguno de mis parlamentarios sufre alguna metamor­fosis, lo mocho”–; esto es lo que se deduce de la “democracia directa” pre­gonada por Fujimori, más cercana al modo de gobernar de las autocracias orientales que a los ideales democráti­cos de occidente. “Democracia direc­ta” también próxima al fascismo, siste­ma en el cual, como desea el pre­sidente Fujimori, el pueblo se comuni­ca con el líder sin intermediación de nadie.

Y aquí viene la gran pregunta: ¿Pue­de adaptarse al Perú la concepción autocrática de los gobiernos orienta­les, que es en el fondo fascismo puro, ya que nada hay absolutamente origi­nal bajo el sol? ¿Será cierto que alguna vez en este país se gritó ¡vivan las cadenas!? O, más bien, ¿no han sido frecuentes los alzamientos populares reclamando libertad? ¿Y no dicen las encuestas que las mayorías reclaman democracia?

Lo único que puedo decir es que esta revista, desde siempre, con algu­nos errores en el camino, luchó porque alguna vez esta patria que me duele tanto entrara en razón y comprendiera que el camino al desarrollo, a la estabi­lidad, a la justicia social está en la de­mocracia pluralista, con instituciones fuertes -no con hombres fuertes- en la que la ley impere sobre gobernantes y gobernados. Y OIGA no va a cambiar. No encuentra razón para dar marcha atrás en su posición crítica al régimen, salvo que éste se enmiende, ahora que ha logrado una votación legitimadora.

Con paciencia seguiré esperando que el presidente Fujimori comprenda que la democracia que él anhela no es democracia sino autoritarismo oriental o fascismo. Esperaré un nuevo amane­cer, aún cuando jamás en el Perú haya­mos podido gozar un solo día pleno de democracia. Sólo hemos tenido unos pocos amaneceres y muchas, muchas patrias nuevas, restauraciones, recons­trucciones y manos duras. Demasia­das. ¡Viva, pues, la democracia!, un sistema lleno de errores, pero, hasta ahora, el mejor de los ideados por el hombre.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Entre el ser y el querer – Revista Oiga 15/04/1995


Hubiera querido ocupar­me esta semana de las es­peranzas que estarían despertándose en el país con el pronto inicio de un nuevo período fujimoris­ta. No faltaban signos positivos muy concretos como la com­pra de la mayoría del Banco Continental y la privatización de la central eléctrica de Cahuas, en las que el capital peruano ha jugado un papel protagónico. La pri­mera operación hecha en sociedad con el más poderoso y tecnificado banco es­pañol -en partes iguales el grupo Brescia con el Bilbao-Vizcaya-; y, la segunda, cu­bierta en solitario por el grupo Galsky. Esto indica que el Perú comienza a mo­verse por cuenta propia, que empieza a reencontrar confianza en sí mismo y en las posibilidades del país. También son alentadoras las noticias sobre planes y proyectos -con apoyo exterior- para ir resolviendo con creación de puestos de trabajo, que es remedio estable y produc­tivo, el terrible problema de la miseria que crece y crece sin que las altas clases ni el gobierno se conmuevan debidamente con la desgarradora realidad. Nada con­creto, sin embargo, se ha propuesto has­ta ahora para el problema número uno, hoy, en el Perú: la indispensable activa­ción de la agricultura, cada día más languidieciente -ya casi un cadáver-, a pesar de unas cuantas y deslumbrantes excepciones que ni siquiera rozan el meo­llo del tema, que es el hombre de campo y su futuro. Olvidar que el ser humano es el centro de la creación es hacer de noso­tros máquinas, cosas, chimpancés des­humanizados, unos bien vestidos, bien comidos y con escusados a la medida y otros hambrientos, enfermos, sin ilusio­nes ni papel higiénico. Y un país así divi­dido no es país, no es nación, es una olla podrida de festines y frustraciones que un día ha de explosionar.

Pero estas ideas que ya iba ordenando para extenderme en ellas, de pronto se me borran, pierden mi atención. La actualidad, las noticias de hoy viernes -día que OIGA debe cerrar su edición del lu­nes-, me vuelven a una situación que me gustaría ver superada, que me retrotraen a cosas del pasado que estoy dispuesto a olvidar, siempre, claro está, que queden bien enterradas.

He aquí los hechos: la última semana, la señora Martha Chávez y el hermano del
Comandante General del Ejército pre­sentaron un proyecto de ley exigiendo firmas equivalentes al 5% de los electores inscritos para poder inscribir a un partido político. Un proyecto destinado eviden­temente a borrar del mapa, por ley, a los partidos políticos y a la posibilidad de que se formen otros nuevos. El proyecto era aberrante porque no se puede pedir mayores exigencias para una inscripción que para una descalificación; pues es el pueblo votante -que no son todos los electores- el que decide la eliminación de un partido negándole más del 5% de sus votos. Se trataba de un proyecto tan irracional -no hay un solo país en el mundo que haya legislado algo remota­mente parecido-, se trataba de tan deseo-mina’ disparate que hubo resistencia hasta en las filas oficialistas... Pero todo tiene solución pragmática en el estilo parlamentario creado por el presidente Alberto Fujimori -quien acaba de confiar en rueda de diplomáticos y periodistas extranjeros que “su” Parlamento será un modelo no sólo para América Latina sino para el mundo entero- y la solución fue simplísima: los autores del proyecto lo cambiaron de inmediato por otro, rebajando en un punto la exigencia de las firmas. Igual que en las pulperías, en lugar del 5% pusieron 4%. Y sin debate de siquiera un minuto se pasó a la vota­ción... Así quedaron presuntamente sepultados para siempre los partidos políticos en el Perú, pues esa misma noche el presidente Fujimori firmó la defunción y hoy viernes, o sea en menos de cuatro horas, estaba publicada y con­sagrada la ley.

De nada valió la protesta airada de la oposición y su retiro de la sala. El gesto, más que inútil parecía espectáculo de película cómica ya vista. Demasiadas ve­ces esa oposición, legitimadora del gol­pe del 5 de abril del 92, se había salido del hemiciclo para volver luego ¡a cobrar sus sueldos! Y no faltó quien recordara el tristísimo episodio de los tanques ron­cando por las calles, afirmando que ellos eran el poder... ¿No recuerdan los cece­distas de la oposición esa fecha y la conciencia no les dice que aquella fue una de las tantas oportunidades perdidas para vengar el golpe militar del 92?

Hoy el Perú tiene dos partidos políti­cos que no son partidos: “Cambio 90-Nueva Mayoría”, un conglomerado amorfo sin otra preocupación e inquie­tud que obedecer las órdenes del líder y presidente, y “Unión por el Perú”, otro conglomerado que podría tener un gran­de y hermoso futuro si el embajador Pérez de Cuéllar logra armonizar a todos los sectores de la oposición en un movi­miento popular que logre enraizarse en el sentir, en las preocupaciones y en las esperanzas de las mayorías abandona­das, pero no ofreciéndoles el cielo sino haciéndolas comprender cómo es posi­ble hacer patria con desarrollo para to­dos, armónicamente, dentro de una unión positiva para todos los peruanos.

Otro hecho, mucho más grave aún, ocurrió el mismo jueves: El general Carlos Mauricio, una de las más destacadas figu­ras del Ejército tuvo que hacer frente al interrogatorio de oficiales de rango infe­rior al suyo, hasta que le estalló la presión arterial. De la sala del Tribunal Militar pasó, en calidad de preso, al hospital militar. Su delito: opinar, de acuerdo a los derechos que les otorga la propia Consti­tución del CCD celos militares en retiro. Opinar sobre los errores cometidos por el alto mando en los enfrentamientos béli­cos en el alto Cenepa. Con lo que los responsables de que el Perú no hubiera estado preparado para el conflicto y los que no tuvieron la habilidad para tomar y recuperar los puestos de Tiwinza y Base Sur, los dos en territorio peruano y en manos ecuatorianas, quedaron como héroes, mientras que Mauricio y Ledes­ma han sido declarados delincuentes y condenados por gravísimos delitos cas­trenses que, en buen idioma civil, signifi­ca haber explicado al pueblo la verdad de los hechos.

Pero mejor no sigo porque en ese Tribunal Militar se habría escuchado en estos días algún alegato contra colegas nuestros, acusándolos de haber estado coludidos con el enemigo extranjero. Se trataría de argumentos delirantes de traición a la patria contra los que no quiero topar. Salvo que se pretenda obligarme a decir una mentira: que las tropas perua­nas recuperaron Tiwinza.

No me alegra tener que terminar así esta nota, que estaba iniciando por muy distintos derroteros.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - Repitiendo – Revista Oiga 3/04/1995


El próximo lunes, a la primera luz del amanecer ya se conocerá el resultado consolidado del tinglado electoral montado, como consecuencia del golpe militar del 5 de abril de mil novecientos noventa y dos, para pro­longar el período presidencial con vesti­menta o –mejor dicho– disfraz democrá­tico y legal. No adelantaré, sin embargo, pronósticos sobre unos resultados im­predecibles por el crecido voto escondi­do que es fácil auscultar, sobre todo en las barriadas y en provincias, donde la constante’ presencia militar intimida. a sus habitantes, quienes, además, no pue­den dejar de estar agradecidos por las carreteras y los trabajos de luz y sanea­miento que el Ejército ejecuta en sus zonas a nombre del ‘presidente Fujimo­ri’. Obra física que, para las familias allí asentadas, es maná del cielo; y, para las ciudades, un presente griego, pues les añadirá atractivos para que los peruanos abandonen el campo y prosigan inva­diendo las capitales, poblándolas de pe­digüeños, de gente que pronto advierte el poder de la oferta electoral que cae en sus manos...

Para OIGA ha concluido en esta edi­ción el proceso electoral y nada más puedo añadir sobre unos resultados que, por las características nada democráti­cas del proceso, obedecerán a estímu­los difíciles de descifrar con anteriori­dad a la voz de las urnas.

Por lo demás, la paradisíaca libertad en la que se desenvuelve la prensa en el Perú actual –ver nota en páginas 27 a la 30–, obligó a OIGA a cambiar de imprenta la semana pasada, de lo que resultó, por naturales imprevisiones de esa apurada situación, que la edición apareciera plagada de gruesos errores de corrección y el editorial resultara incomprensible en varios párrafos. Por ello y porque el tema es de singular Importancia en estos momentos en que se va poniendo al descubierto la incom­petencia con la que el jefe del Estado condujo y conduce nuestras acciones diplomáticas y militares en el conflicto con el Ecuador, el editorial de hoy es el mismo de la semana pasada y va a continuación:

Podría ocuparme hoy del vuelco que se viene produciendo en el electorado, cada vez menos dispuesto a seguir de­jándose engañar por las persistentes mentiras del presidente Fujimori y día a día, más proclive a confiar en la senci­llez, el modo afable, el agudo sentido de la ironía de un hombre serio y sólido que fue Secretario General de la ONU y no se mareó con el poder, no se dejó ven­cer por el envanecimiento, ni olvidó su Cordón umbilical con su patria, la de él y de los Pérez de Cuéllar que lo precedieron en estas tierras duras, de arenales inhóspitos, de selvas bravías y de alturas de vértigo y de piel arrugada y yerma. Territorios que guardan con avaricia, ocultas en su seno, riquezas sin fin y que poseen múltiples rincones de verde promisor. Territorio con historia an­tigua, que comenzaron a escribir las civilizaciones preincaicas con sus refi­nadísimas telas y ceramios leves, con los misteriosos pasajes subterráneos de Chavín y sus fieras cabezas clavas, y su lanzón esbelto y sus cóndores detenidos en la piedra. Porque eso es el Perú. Además de las enormes ciudades de barro con sus murales magistralmente policromados y sus oratorios solemnes, colocados frente al mar, que precedie­ron al imperio inmenso, sabiamente or­ganizado, con sus ciclópeas fortalezas de piedra y esas piedras precisas colo­cadas en los picos mágicos de monta­ñas encantadas. También es el Perú el coraje descomunal de los conquistado­res españoles que doblegaron ese Impe­rio, consustanciándose con la tierra, el paisaje y la gente que iban encontrando y los iba deslumbrando. Y sigue siendo Perú nuestra historia republicana. Una historia que no logra crecer, que no sale de su cuna cargada de tradiciones, que repite y repite gestos heroicos coronan­do una derrota. Historia que no ha lo­grado todavía alcanzar el uso de la pala­bra y la razón, y que no cesa de trope­zarse con infortunios sin cuento. ¡Pareciera que fuera otra mentira eso de que Dios es peruano y que lo cierto más bien fuera que los dioses andan enojados con nosotros!

Sólo a un país sumido en el infortu­nio le ocurre lo que me cuenta una persona de mi absoluta confianza: que él ha visto, en manos de un general de nuestro Ejército, el acta de entendimien­to entre el jefe peruano del Cenepa y el coronel ecuatoriano que comandaba las patrullas infiltradas en la zona, para que no hubiera disparos de muerte entre los soldados a las órdenes de uno y otro. El acta está firmada con fecha 13 ó 14 de enero y lleva las rúbricas del coronel ecuatoriano, el general López Trigoso y un testigo. El acuerdo al que se llegó, siguiendo las normas que los militares de ambos países aprobaron en las conversaciones que pusieron fin al conflic­to de 1981, fue sellado en el PV1 bebiendo pisco peruano por la paz. Esas normas de seguridad, para evitar rozamientos bélicos en una región suma­mente intrincada, se habían venido cumpliendo desde el año 81, cuando los almirantes Sorrosa por Ecuador y Du­bois por el Perú, acordaron los térmi­nos del punto final a la infiltración en el falso Paquisha.

¿Por qué el 26 de enero se rompió esa acta de entendimiento firmada para poner fin a unos razonamientos a bala­zos ocurridos días antes entre patrullas de uno y otro bando?... Y aquí comien­zan a encresparse las voces de muchos oficiales peruanos de las tres armas, porque no entienden cómo es que se da la orden de atacar un puesto práctica­mente inexpugnable como Tiwinza, co­locado en un punto inaccesible para la infantería y que sólo kamikazes pueden bombardear desde el aire, tanto por la ubicación del blanco, -por completo fa­vorable a los defensores- como por el moderno armamento de los ecuatoria­nos, adecuadamente preparados para enfrentarse a aviones y helicópteros anticuados y al pesado armamento de nuestros soldados.

De aquí el 9 a 0 en el aire y la mentira presidencial, con Mensaje a la Nación, de la toma y victoria de Tiwinza. De aquí el que la indignación de los milita­res, de los profesionales de la guerra, vaya in crescendo, pues no entienden por qué no se escogió un teatro de operaciones -favorable a nuestras fuerzas, en lugar de situarnos, como nos situamos, en el punto más adverso -para el Perú- de toda la frontera... ¿Que esa era la zona invadida?... Para los militares no es válido este argumento.

Para ellos no hay disculpa al tremen­do yerro de meterse en un fangal con el objetivo en las alturas, en posición por completo desfavorable para los ataques aéreos. Y mucho menos cuando esas infiltraciones no eran recientes ni eran ésas las únicas zonas invadidas. Amén de que el Perú no estaba al día en su armamento -menos para enfrentamien­tos en esa región- y el Ecuador sí y, justamente, con tropa bien entrenada para la zona. ¿Nada de esto sabía el Servicio de Inteligencia y, si lo sabía, cómo y quién hizo la evaluación de la situación y dio la orden de atacar Tiwin­za y no un punto sensible de la geografía ecuatoriana, más apropiada para nues­tro armamento?... La indignación mili­tar tiene razones para crecer y crecer.
No faltarán quienes, con corazón pa­triota al viejo estilo, consideren que este tema no debe ser tocado ahora, que esa es tarea para los historiadores del ma­ñana, y no faltará quien me endilgue el título de traidor a la patria. Y yo respon­do preguntando: si el acta existe y son reales las firmas allí estampadas, ¿por qué va a ser útil ocultarlas hoy -que estamos a tiempo de corregir errores- y por qué ha de ser mejor que las polillas las descubran en el futuro? Actuar a favor de las polillas es hacer de avestru­ces, es esconder la cabeza frente a la realidad, es comportarse como, anti­guamente, se nos enseñaba a no com­portarnos, para no dejar de ser auténti­cos, verdaderos.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Acta de acusa – Revista Oiga 27/03/1995


Podría ocuparme hoy del vuelco que se viene produciendo en el electorado, cada vez menos dispuesto a seguir dejándose - engañar por las per­sistentes mentiras del presidente Fuji­mori y día a día más proclive a confir­mar en la sencillez, el modo afable, el agudo sentido de la ironía de un hom­bre serio y sólido que fue Secretario General de la ONU y no se mareó con el poder, no se dejó vencer por el enva­necimiento, ni olvidó su cordón umbi­lical, su patria, la de él y de los Pérez de Cuellar que lo precedieron en estas tierras duras, de arenales inhóspitos, de selvas bravías y de alturas de vértigo y piel arrugada y yerma. Territorios que guardan con avaricia, ocultas en su seno, riquezas sin fin y que posee múl­tiples rincones de verde promisor. Te­rritorio con historia antigua, que co­menzaron a escribir las civilizaciones pre incas con sus refinadísimas telas y ceramios leves, con los misteriosos pa­sajes subterráneos de Chavín y sus fie­ras cabezas clavas y su lanzón esbelto y sus cóndores detenidos en la piedra. Porque eso es el Perú. Además de las enormes ciudades de barro con sus mu­rales magistralmente policromados y sus oratorios solemnes, colocados fren­te al mar, que precedieron al imperio inmenso, sabiamente organizado, con sus ciclópeas fortalezas de piedra y esas piedras colocadas en los picos mágicos de montañas encantadas. También es el Perú el coraje descomu­nal de los conquistadores españoles que doblegaron ese Imperio, consus­tanciándose con la tierra, el paisaje y la gente que iban encontrando y los iban deslumbrando. Y sigue siendo Perú nuestra historia republicana. Una his­toria que no logra crecer, que no sale de su cuna cargada de tradiciones, que repite y repite gestos heroicos coro­nando una derrota. Historia que no ha logrado todavía alcanzar el uso de la palabra y la razón y que no cesa de tropezarse con infortunios sin cuento. ¡Pareciera que fuera otra mentira eso de que Dios es peruano y que lo cierto más bien fuera que los dioses andan enojados con nosotros!

Sólo así es de creer lo que me ha contado una persona de absoluta con-fiabilidad: que él ha visto, en manos de un general de nuestro Ejército, el acta de entendimiento, entre el jefe perua­no del Cenepa y el coronel ecuatoria­no que comandaba las patrullas infil­tradas en la zona, para que no hubiera disparos de muerte entre los soldados a las órdenes de uno y otro. El acta está firmada con fecha 13 ó 14 de enero y lleva las rúbricas del coronel ecuatoria­no, el general López Trigoso y un tes­tigo: El acuerdo al que se llegó, si­guiendo las normas que los militares de ambos países aprobaron en las con­versaciones que pusieron fin al conflic­to de 1981, fue sellado bebiendo pisco peruano por la paz. Esas normas para evitar rozamientos bélicos en una re­gión sumamente intrincada, se habían venido cumpliendo desde el año 81, cuando los almirantes Sorrosa por Ecuador y Dubois por el Perú, acorda­ron los términos del punto final a la infiltración en el falso Paquisha.

¿Por qué el 26 de enero se rompió esa acta de entendimiento, firmada para poner fin a unos razonamientos a balazos ocurridos días antes entre pa­trullas de uno y otro bando?... Y aquí comienzan a encresparse las voces de muchos oficiales peruanos de las tres armas, porque no entienden cómo es que se da la orden de atacar un puesto prácticamente inexpugnable como Tiwinza, colocando en un punto inac­cesible para la infantería y que sólo kamicases podían bombardear desde el aire, tanto por la ubicación del blan­co -por completo favorable a los defensores- como por el moderno arma­mento de los ecuatorianos, adecuadamente preparados para enfrentarse a aviones y helicópteros anticuados y al pesado armamento de nuestros solda­dos.

De aquí el 9 a 0 en el aire y la mentira presidencial, con Mensaje a la Nación, de la toma y victoria de Tiwinza. La indignación de los militares, de los profesionales de la guerra, va in crescendo. No entienden, si hubo que atacar para presionar a Ecuador por razones de alta política que ellos no juzgan, aunque les moleste el que la firma de un general no haya sido hon­rada, por qué no se escogió un teatro de operaciones favorable al Perú y no, como se hizo, situándose en el punto más adverso de toda la frontera... ¿Que ésa era la zona invadida?... Para los militares no es válido este argumento.

Para ellos no hay disculpa al tre­mendo yerro de meterse en un fangal con el blanco en las alturas, en posi­ción por completo desfavorable para los ataques aéreos. Y mucho menos cuando esas infiltraciones no eran re­cientes ni eran esas las únicas zonas invadidas. Amén de que el Perú no estaba al día en su armamento –menos para enfrentamiento en esa región– y el Ecuador sí y, justamente, bien entre­nado para la zona. ¿Nada de esto sabía el Servicio de Inteligencia y, si lo sabía, cómo y quién hizo la evaluación de la situación para dar la orden de ataque?...La indignación militar tiene razones para crecer y crecer.

No faltará quiénes, con buen cora­zón patriota al viejo estilo, consideren que este tema no debe ser tocado aho­ra, que esa es tarea para los historiado­res del mañana, y no faltará quién me endilgue el título de traidor a la patria. Y yo pregunto: si el acta existe y son reales las firmas allí estampadas ¿por qué va a ser útil o cultivarlas hoy –que estamos a tiempo de corregir errores– y por qué ha de ser mejor que las polillas las descubran en el futuro? Ac­tuar a favor de las polillas es hacer de avestruces, es esconder la cabeza fren­te a la realidad, es comportarse como, antiguamente, se nos enseñaba no de­bíamos comportarnos, para no dejar de ser auténticos, verdaderos.


FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Consecuencias del fracaso de Tiwisa – Revista Oiga 20/03/1995


Montando gigantes potros de mentiras y engaños; abriendo apetitos y esperanzas en una sociedad de mendigos; y repartiendo colegios como caramelos -¡cuando son otras las urgencias de nuestra educación!- el presidente Fujimori ha reanudado su campaña electoral. El reparto de mendrugos sigue a lo grande, no en los pueblos abandonados de provincias sino en las sobrepobladas barriadas de la capital, donde se cosechan votos a costa de despertar ilusiones que seguirán engrosando la corte de los mila­gros que rodea Lima. Todo esto hecho con autos oficiales y helicópteros, con financiación del Estado-o sea de todos los peruanos- o con la ayuda económica de Japón, nación amiga que, seguramente, está enterada de que sus obsequios, por ley y por ética, no pueden ir dirigidos al señor Fujimori Fujimori, sino al presiden­te de la República. Mientras que allá, lejos, en los rincones olvidados del Perú, la campaña electoral de Fujimori la están haciendo persistentemente, por órdenes superiores y vigilancia militar, los prefec­tos, subprefectos y gobernadores. Todo el aparato del Estado, que debiera estar al servicio de los peruanos, de sus necesida­des, ha sido activado desde hace más de un año para servir a los intereses electora­les del candidato presidente. Y esto no es una frase puesta a capricho sobre el pa­pel. Sobran los documentos probatorios del fraude meticulosamente montado por el actual régimen; régimen surgido del golpe militar dado el 5 de abril del 92 para establecer un gobierno de ‘reconstrucción nacional’, que deberá durar veinte años. Sobran y están en manos del periodismo - tanto de los poquísimos medios de difusión que alzan la voz como de los muchos que callan- las instrucciones escritas que, en cadena de mando, salen de Lima y llegan hasta la última gobernación, ordenando el apoyo a la-reelección presidencial. Sobran las pruebas gráficas que ponen al desnudo la ingenua obediencia a algunos pobres gober­nadores: ¡Haber caído en la infeliz idea de convertir el local de su gobernación en sede del partido del gobierno!

Esta es la visible realidad electoral que las empresas encuestadoras tratan de maquillar y de consolidar, elaborando cifras y extravagantes interpretaciones técnico-filosóficas, con el propósito de influir en el ánimo de los electores, por lo general proclives a seguir la corriente ganadora. Los encuestadores peruanos ya están curtidos en estas triquiñuelas del criollismo. Para mantener su credibilidad les basta con acertar 48 horas antes de la elección. Esos resultados calientes -que para lograrlos no hace falta tener montada una encuestadora- son los que exhibi­rán en sus folletos de propaganda como prueba de su eficiencia. Les quedan libres semanas y meses para servir al amo de turno, equivocándose a fondo en por­centajes de vergüenza. Allí están prue­ba los cinco últimos comicios. (Todos ellos, por extraña coincidencia, siempre comenzaron favoreciendo a la candidatura mejor situada en el mercado de valores económicos).

Pero la realidad no es una sola. Frente a lo visible y a lo que nos dicen las encuestadoras, se viene advirtiendo otra realidad. Una realidad escondida, no por oculta menos real, que se advierte en las conversaciones diarias, en la voz de los taxistas, en la de las placeras y en los hombres de la calle comunes y corrien­tes. Es la voz que los canillitas no prego­nan, pero que se pasan entre ellos. Una realidad que comenzó a formarse hace tiempo: cuando la continuidad de las mentiras presidenciales hizo recordar al bacalao malogrado y al no-shock. Una nueva realidad que ha ido creciendo al ritmo de las mentiras y los engaños de un presidente que confunde la estratagema militar con el arte de gobernar.

Otro es el sentir del electorado des­pués de haber comprobado que no sólo no se tomó Tiwinza –como afirmó el presidente Fujimori– sino que se perdió –y quién sabe sea para siempre–; que por haber caído en la trampa de Tiwinza fueron abatidos por los misiles ecuatoria­nos nueve naves aéreas; que por ese mismo error han muerto más de cincuen­ta jóvenes peruanos que hubieran preferido vivir a ser declarados héroes. Otro es el sentir del electorado al enterarse de que la más elemental evaluación del te­rreno y del enemigo obligaba -si la deci­sión era militar- a no plantear la opera­ción en esa zona y -si se actuaba como estadista- a reaccionar como lo hubiera hecho el embajador Pérez de Cuéllar: denunciando la invasión y viajando de inmediato a entrevistarse con los presi­dentes de los cuatro países garantes. De este modo no hubieran tenido que regar con su sangre en esos perdidos y fango­sos parajes de la selva medio centenar de peruanos, pues Fujimori no hubiera dado la disparatada orden dé bombardear Tiwinza con helicópteros y aviones y menos de avanzar sobre ese puesto con la infantería. Esto último no lo digo yo; de ello -de esas órdenes militares- se autoconfesó el propio presidente ante un redactor del New York Times, quien, sorprendido por el fluido lenguaje cas­trense de Fujimori, lo calificó de ‘el Patton peruano’. Eran días en que la victoria parecía estar al alcance de la mano. De este modo pacífico, diplomático, se hu­biera llegado a Itamaraty sin un fracaso militar a cuestas y con las armas del Protocolo intactas. Y no como ahora: derrotados y sin poder probar que Ecua­dor atacó de sorpresa al Perú, ya que la presencia ecuatoriana en territorio pe­ruano no es de hoy sino de años atrás.

Se ha puesto en claro que la batalla, escaramuzas, enfrentamientos o como se quiera llamar al trágico y atroz inter­cambio de muertos -que en paz descan­san- y heridos -muchos de los cuales deambularán más tarde por las calles pidiendo limosna-, fue aceptado por el alto mando peruano en un terreno que nos es por completo desfavorable y que de esa batalla o escaramuza hemos sali­do perdedores. Esto es lo cierto. Esta es la verdad y no lo que dijo y dice el presidente Fujimori. Y esto ya lo sabe la gente. Como pronto sabrá que la firma de la paz de Itamaraty fue otra derrota, consecuencia de la anterior. Es una firma que se nos impuso y que el señor Luigi Einaudi -por fortuna amigo del Perú-será el encargado diplomático de hacerla cumplir “con concesiones de las dos partes” Desgraciadamente, la pregunta que fluye es fatal para el Perú; ¿Están los peruanos dentro del territorio ecuatoria­no? ¿Es el Perú el país que reclama, siquiera una piedra, del otro? ¿Cuál de los dos países será, pues, el sacrificado con las concesiones?

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – ¡Pobre Perú! – Revista Oiga 13/03/1995


Por los diarios del sábado me entero que el general López Trigoso, el encargado de las operaciones militares en el Cenepa, estaba orgulloso y feliz por­que el presidente Fujimori le había dado, públicamente, su respal­do. Nada le importaba al general López Trigoso que días antes el periodismo áulico hubiera maltratado su honor, arrastrado por los suelos su reputación de hombre y de soldado y lo hubiera culpado hasta de las deficiencias del armamento de la tropa -como si los jefes en las trincheras fueran responsables de las compras-- tampoco estaba ofendido el general López Trigoso por las injurias recibidas, basadas en infor­mes de inteligencia militar que jamás podrían haber llegado a manos del pe­riodismo si no es por conducto y auto­rización del alto mando, o sea el Jefe Supremo de la Fuerza Armada. Ningu­na de las innobles ofensas recibidas habían alterado el ánimo del general López Trigoso. No se sintió traicionado por sus jefes cuando la televisión más obsecuente al gobierno, los más servi­les locutores del presidente Fujimori, lo señalaron como culpable del hambre de los soldados que no pudieron llegar a Tiwinza, del desabastecimiento militar y de las ineficientes comunicaciones con la tropa bajo su mando en el Cenepa. Más aún: ha bastado que el presidente Fujimori le dé su respaldo para sentirse no sólo liberado de culpas sino satisfe­cho y feliz. Su bienestar anímico no dependía de su conciencia sino de las taumatúrgicas palabras del ‘Patton pe-mano, del supremo estratega de la di­plomacia y la guerra cuyas órdenes obedecían los militares -según declaración pública del general Hermoza- como simples soldaditos. Sólo unas palabras del ‘Patton’ peruano han bastado para que el general López Trigoso se sienta liberado de las ominosas vejaciones re­cibidas del periodismo genuflexo que rodea a Fujimori. ¡Contentadizo, con poco, nuestro general!

Ni siguiera se ha preocupado el ge­neral López Trigoso en meditar que no cabe explicación racional a la creación de la Sexta Región, justo al momento en que han cesado las hostilidades. No se le ha ocurrido pensar que el aparato administrativo de una región hubiera sido plausible r hace tres años, como paso preventivo, como respuesta a las noticias dejas primeras infiltraciones ecuatorianas; y no ahora, después del fracaso en el desalojo del invasor, cuan­do ya están presentes los garantes en la zona y se está cumpliendo el acuerdo de paz de Itamaraty. No se ofende el gene­ral López Trigoso porque “lo hayan pa­sado de jefe operativo a jefe de administración. Le han bastado las palabras consoladoras del ‘Patton’ peruano. Pa­labras dichas -y esto tampoco lo ha advertido el general López Trigoso- no como rectificación a la infamia, sino porque el presidente Fujimori y su en­torno se dieron cuenta de que la opera­ción de embarre a López Trigoso, sin duda ordenada por ellos, iba a terminar embarrando al ‘Patton’ peruano, al estratega supremo de la guerra y la diplomacia, ya que estaban demasiado frescas las declaraciones del propio Fu­jimori de que él y nadie más que él ordenaba los bombardeos aéreos -por algo perdimos nueve naves aéreas- y trazaba en los mapas los avances de las tropas (ver crónica ‘Fujimori, el padre del desastre’ en páginas 24 a la 28).

La táctica del engaño y la mentira se ha ido desgastando con las evidencias de la guerra -demistificadoras de las victorias de Fujimori-y las descomuna­les metidas de pata diplomáticas, coro­nadas con la revelación de que el Perú se armó en 1975 para atacar a Chile ¡Un presidente del Perú acusando al Perú de haberse preparado para agredir a su vecino! Algo inaudito que, en cual­quier país del mundo, inhabilitaría para ejercer cargo público a quien haya caído en semejante torpeza. ¡Difícil hallar una muestra mayor de ineptitud para aspi­rar a ser estadista!
Sin embargo, no faltan, sobran los peruanos que se quedan desconcerta­dos frente a alguien que les dice que va a votar por Pérez de Cuéllar.

-¿Acaso el Perú no está ahora mu­cho mejor que antes? -es la simplista y abobada respuesta de estos fujimoristas de hueso colorado.

Como _si la mejoró económica del país y la erradicación del terrorismo -hechos ciertos aunque sujetos a análi­sis- fueran suficiente razón para perpe­tuar en la presidencia a una persona que ha dado muestras de ser superactivo, autoritario y, a la vez, obediente a las directivas de la cúpula militar -que es como, lo prueban los cuadernos de “Pajarillo Verde” publicados por OIGA, la que decidió acabar con el terrorismo y la que ordena que sea la derecha la que lleve el timón en cuestiones económi­cas-; pero persona que también ha pro­bado no estar en capacidad de manejar diplomáticamente las tratativas de paz que se inician con Ecuador, ser inepto para conducir las negociaciones que se avecinan sobre la deuda externa y no tener voluntad ni competencia para corregir las distorsiones del programa económico. Programa con buena brúju­la, pero incapaz, hasta hoy, de generar empleos productivos. Programa sin ima­ginación, sin sentido social, sin cerebro propio. Simple ejecutor autómata de las recetas que nos impone el no necesaria­mente infalible Fondo Monetario y, peor todavía, programa que toma en cuenta las normas generales del mercado, pero rindiéndose ante la beatería que hace del mercado -tan imperfecto como toda obra humana- el nuevo e intocable Dios del Universo.

¿De dónde sacará el país la entereza necesaria para no caer en el abismo de la reelección de un ciudadano que ha dado prueba plena del pobre límite de su capacidad? ¿Dónde estarán las reser­vas morales que impidan tamaño error?

¡Pobre Perú!

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL - Acumulando errores – Revista Oiga 7/03/1995


Para ser jefe del Estado se requiere un mínimo de cualidades, como discre­ción, buenos modales, credibilidad, un nivel aceptable de cultura ge­neral, buen juicio, sere­nidad, etc. Claro está que, en un ex­tremo, estas condiciones no bastan para ser estadista -para llegar a ello se requiere, además, talento- y, en el otro extremo, es evidente que no faltan las excepciones a esta regla entre los presidentes que actúan a nuestro al­rededor. Sixto Durán-Bailén, por ejemplo, no es un modelo de sereni­dad. Sus rabietas ante las cámaras de la televisión peruana ridiculizaban la dignidad presidencial. Pero hay dos presidentes latinoamericanos -decía alguien en estos días- que sobrepa­san cualquier comparación por su fal­ta de compostura:

-Son Menem y Fujimori. Dos expre­siones chicha de la presidencia, tanto por sus modales extravagantes como por sus desmedidos afanes protagóni­cos. Y, en el caso de Fujimori, por su enfermiza tendencia a la mentira.

Puede ser que peque de elitista esta descripción del paisaje presidencial latinoamericano, pero no deja de aproxi­marse a la realidad. Aunque ésta, quién sabe, sea peor en -el caso de nuestro presidente. Sus errores de estos días son más graves, de mucha mayor tras­cendencia, que la visión folclórica del comentario arriba mencionado.

Cuando, por su sobrio comporta­miento en las recientes reuniones de Montevideo, se creyó que Fujimori había hecho olvidar el sainete de su paseo electoral por el ‘teatro de la guerra’, no pudo con su genio nues­tro presidente y lanzó el mayor exabrupto del mes:

-El Perú está mejor armado que cualquier país de la región. Tenemos más tanques, más aviones supersóni­cos... Un armamento que estuvo pre­parado para hacerle la guerra a Chile.

Esto no lo decía un historiador acucioso, un periodista aventurado, un intelectual enemigo de la guerra. No. Son las palabras grabadas, con imagen y con sonrisa, del señor Fuji­mori ¡presidente del Perú! El hom­bre que, según el general Nicolás Hermoza, dirige la estrategia peruana de la guerra ¡y de la diplomacia!

En Santiago de Chile, con amable indulgencia, el Ministerio de Relacio­nes Exteriores sonrió y disculpó al man­datario peruano; el presidente Frei se satisfizo con las explicaciones, que tuvo que darle el embajador de Fujimori; y algunos políticos chilenos se encrespa­ron y protestaron sin exageración. En Lima, el embajador de Chile visitó ofi­cialmente, Torre Tagle, y declaró que su gobierno tomó nota de las declaracio­nes -”las registró”-, pero que las rela­ciones entre los dos países continua­ban tan amistosas como antes. Toda una lección de refinamiento diplomá­tico. En Ecuador, las declaraciones de Fujimori sirvieron para señalar que el Perú autoconfesaba su militarismo.

Pocas veces se habrá visto mayor desatino diplomático. ¡Hacer, semejan­te confesión pública justo cuando Chi­le se había convertido en el garante más enérgico para lograr la paz en la Cordillera del Cóndor! No sólo por su interés de confirmar la sacralidad de los tratados, sino porque la ola de la, crisis económica latinoamericana pue­de alcanzar a Chile y el conflicto Perú-Ecuador es un ingrediente que agudiza esa crisis, generada en México. En lu­gar, pues, de agradecer el gesto -aunque éste se haya producido por conve­niencia-, Fujimori comete la torpeza de recordarle a Chile que está en la lis­ta de los enemigos de nuestro Ejérci­to. ¡Como si en Chile no lo supieran!

Una tontísima declaración que se unía a la deplorable imagen que aca­baba de exhibir el presidente Fujimori, apareciéndose con un grupo de perio­distas y un contingente militar entre los barrizales cercanos a la zona de con­flicto. Una actitud bélica que se inicia­ba justo, justo, a las pocas horas de haber firmado el Perú el acuerdo de paz de Itamaraty, en el que nuestro país se comprometía a retirar sus tropas al puesto de vigilancia Nº 1. Una grotes­ca payasada electoral que tuvo que ser calificada de provocación por los ga­rantes y que causó indisimulado enojo en Washington. ¡Mayores desaciertos diplomáticos, imposible! Todos de campeonato... Desaciertos, de los que nada bueno cosechará el Perú en sus relaciones exteriores, cometidos por el pre­sidente Fujimori por su falta de preparación para el cargo y por tener la mente puesta en su reelección y no en los intereses permanentes del país. Error grave qué un presidente no puede ni debe cometer, ni siquiera cuando se es candidato. Error en el que un estadista y hasta un jefe de Estado con cualida­des mínimas jamás caería.

Pero como los errores siempre atraen más errores no podía faltar un error por encono personal, por peque­ña venganza. Es así como nos damos ‘‘con la delirante denuncia por traición “a la patria contra Mario, y Álvaro Var­gas Llosa, por los juicios expresados en sus escritos sobre el conflicto. ¿Trai­ción a la patria por opinar, no importa si equivocada o -acertadamente? ¿En qué siglo vivimos?... Y ahora nos ha­llamos ante el resultado de tan torpe acusación: un gigantesco escándalo en la prensa internacional, el cual ningún bien hace al Perú, pues se pone en evi­dencia la escasa libertad de expresión que existe en el país.

Sí, es cierto que la semana pasada recibí una llamada telefónica de un ‘amigo’ -se hizo llamar Luis Rodríguez-para insinuarme amistosamente que me presentara a Seguridad del Estado a declarar en favor de los señores Ma­rio y Álvaro. Vargas Llosa:

-Eres el único que ha dado mues­tras de amistad con ellos y es bueno que alguien deponga a su favor en el expediente que se les está armando en Seguridad del Estado. Corren grave riesgo. Se les investiga...

-¿Qué se le puede investigar a gen­te tan conocida y que nada calla?...

Y siguió una charla que quienes es­tamos ya, viejos en este oficio sabe­mos interpretar rápidamente. Es la manera sibilina de amedrentar que emplean los servicios de inteligencia. Fue así como me he enterado que en el Perú de hoy está en funciones, como en los viejos tiempos dictato­riales, la Seguridad del Estado; y que ésta puede involucrarme en el expe­diente de los Vargas Llosa. ¿Es esto democracia?...

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Cosechando la siembra de engaños y mentiras – Revista Oiga 27/02/1995


En el siglo pasado y a comienzos de éste, una guerra significaba entregar tu capacidad de raciocinio a la patria y a convertir al adversario en el mal absoluto, de tal modo que la calumnia contra el enemigo, por ignominiosa que fuera, podía resultar una forma de servir a la nación. Hoy, es distinta la mentalidad de la gente en el mundo civilizado, que no es todo el mundo. Ningún ciudadano evolucionado, en nuestra época, hace un fetiche de su gobierno ni admite que se le suspenda su condición de ser humano pensante y, por lo tanto, crítico. Ni siquiera a la hora de la guerra. Eso de ir a la muerte con el cerebro vaciado es obsolescen­cia pura, oscurantismo del pasado. Tampoco hoy se sacrifica ante ningún altar, el de la religión ni el de la patria, la devoción a la verdad.

Valgan estas disquisiciones para esclarecer la posición de quienes nos negamos a someternos al chantaje patriotero que se está desatando en los medios de difusión del país próxi­mos al régimen —o sea casi todos—para lograr una unidad nacional de robotes. Un chantaje dirigido a lograr que se callen las críticas al desastroso desempeño del jefe de Estado en la conducción de la guerra y, antes, en las tratativas ‘diplomáticas’ con Ecua­dor.

Una crítica que parte por dejar es­tablecido que son delirantes las pre­tensiones amazónicas del Ecuador y que abundan los argumentos a favor del Perú para que la frontera todavía sin hitos quede demarcada por la Cor­dillera del Cóndor. Pero sin dejar de reconocer que la tesis ecuatoriana, aunque esquizofrénica, ha calado hon­do en la prensa internacional y en muchas cancillerías. Hecho que no varía porque nosotros nos repitamos que la realidad es al revés. Engañán­donos no servimos a la patria y no vamos a ganar la guerra. Mucho me­nos alcanzaremos una paz justa, que es la victoria verdadera.

Sobre estas bases claras, lúcidas, pasemos a analizar la actualidad. De inmediato nos damos con este cuadro: los soldados peruanos he hallan com­prometidos en una guerra en la que están derrochando valor e intrepidez descomunales sin pedir nada y sin pre­guntar demasiado. Una guerra, en la que, muchos jóvenes, por desgracia, van cayendo muertos y muchos más están -quedando sin brazos, sin pier­nas, sin ojos. Nos hallamos ya ante una legión de lisiados, algunos de ellos niños de 16 y hasta 14 años, que muy, pronto veremos por las calles pidiendo limosna, porque así es de cruel la gue­rra. Lo pueden asegurar los comba­tientes del 41, hasta hace pocos meses en mendicantes correrías para que la presidencia no siguiera vetando —lo hizo dos veces— una ley que les otorga­ba un mísero aumento en sus pensio­nes. No hay dinero en caja, era la razón inexpugnable para semejante conducta. Razón contra la que nadie protestaba, pues los lisiados de una guerra no son prioritarios en la fría economía de mercado. Y tampoco en las otras. A ninguna economía le pre­ocupa los desechos humanos de un conflicto bélico. Su reposición no cuesta, corre a cargo del patriotismo de los jóvenes.

Y viendo esta tragedia, de dolorosa inmensidad, es imposible callar. Sería un crimen no decir que esta guerra nunca debió iniciarse, tanto por razo­nes militares como por razones diplo­máticas. Ha sido un absurdo aceptar combate en las faldas dé la Cordillera del Cóndor. Lo dicen los militares; pues, pasados varios días, descubren que nos hemos lanzado a la guerra sin apreciación del teatro de operaciones, sin evaluación de la capacidad del ene­migo, sin estrategia ni planes tácticos. Descubren que hemos caído en un pantano, en una trampa. Mientras que los diplomáticos y el sentido común advierten que para llegar a mejor posi­ción que la lograda en el acuerdo de paz de Itamaraty –lleno de impre­cisiones desfavorables para el país– no hubiera sido necesario disparar un tiro ni que hubiera muertos y lisiados. Bastaba que el Perú, luego de apreciar las dificultades militares de la zona, se adelantara al Ecuador y denunciara ante los garantes la infiltración de su territorio. Hoy, muy otra sería nues­tra situación en el terreno diplomáti­co, porque se supone que, para tomar esa decisión, nuestra diplomacia hu­biera estado muy alerta, previendo los pasos a darse para consolidar posicio­nes. De ningún modo estaríamos peor que con el acuerdo de Itamaraty y nadie habría sido muerto ni sido herido.

Ninguna de las consideraciones an­teriores tomó en cuenta el gobierno para aceptar la confrontación bélica. Y, peor aún, el conflicto se ha gestado, en buena parte, por el abandono de los puestos de vigilancia en la zona de la infiltración y por la torpeza y la impro­visación con las que las el jefe de Esta­do venía conduciendo, por su cuenta y riesgo, las tratativas diplomáticas con Ecuador. Comenzó a gestarse el con­flicto con errores tan graves como el pacto de caballeros, que quedó silen­ciado y no se castigó, porque el ex presidente Belaúnde, por ese mal en­tendido patriotismo de no mostrar fisuras ante el enemigo, se levantó en el Parlamento y con emotivo discurso patriótico evitó que fuera censurado el ministro Torres y Torres Lara e impi­dió que la ciudadanía se enterara de la manera lamentable cómo se condu­cían nuestras relaciones exteriores. Torres y Torres Lara se había visto obli­gado a reconocer ante el Senado que tuvo a la mano mapas equivocados en sus acuerdos con el hábil ministro ecua­toriano Diego Cordovez. Acuerdos que significaron nuestra aceptación a la pre­sencia militar ecuatoriana en territorio del Perú (los puestos Teniente Ortiz, Soldado Monge y Etza).

De haber conocido el país los entre­telones del escandaloso acuerdo de caballeros, no se habría confiado demasiado a las habilidades diplomáticas del presidente Fujimori y hubiera estado más sensible a los disparates cometidos por él en sus abrazos y conversaciones inconsultas con los presidentes ecuatorianos; en su público reconocimiento de que existía un problema territorial entre el Perú y Ecuador; en su pedido de peritaje papal para resolver la controversia fronteriza. O sea una política errática, incoherente con la posición inquebrantable de To­rre Tagle sobre el Protocolo de Río, ignorante de las tradiciones peruanas, desconocedora del valor de las pala­bras y de los gestos en las relaciones internacionales.

Pero, todavía peor. Todo esto lo hacía, según acaba de confesar en pú­blico, para engañar al enemigo, con lo que lo que podría haber sido una estra­tagema —demasiado inconsistente e in­fantil— se ha convertido en perfidia diplomática autoproclamada.

Y si esto es cierto, ¿por qué hemos de callarlo? ¿Qué se gana con el silen­cio? ¿Por qué el pueblo no debe estar consciente de los pasos que se le exige dar y del voto que tiene que emitir?...

Yo no veo razón para ocultarle al país, al pueblo, a todos los peruanos, estos hechos, estas realidades:

No es cierto que el Perú ha obligado a Ecuador a negociar en el marco del Protocolo de Río. Es Ecuador el que ha acudido al Protocolo para utilizarlo en su nueva estrategia para llegar al Ma­rañón.

Tampoco es verdad que el presiden­te Fujimori se ha aproximado al frente de guerra para impulsar el alto el fue­go. La desesperada presencia del pre­sidente Fujimori en las cercanías de las zonas de combate tiene intención elec­toral. Y los garantes no se chupan el dedo, no se dejan engañar. La embaja­dora norteamericana ante la OEA lo ha dicho claramente —y sus palabras no cambian porque las silencie la prensa amiga del régimen—; ha dicho la embajadora Harriet Babbit que la pre­sencia de políticos en el teatro de operaciones enturbia la situación.

Tendrían que ser demasiado tontos los garantes para no apreciar que sólo puede tener sentido electoral el que el presidente del Perú tome el camino a Tiwinza, junto a destacamentos de ‘chacales’ y ‘depredadores’, justo inmediatamente después de firmar un acuerdo de paz por el que se compromete a retirar las tropas peruanas de las zonas de combate hasta el PV 1. El propósito de izar el pabellón nacional en Tiwinza, una especie de síndrome de Tiwinza, de obsesión enfermiza que nada bueno presagia sobre la salud mental del presidente-candidato, no tiene ninguna explicación militar ni diplomática. ¿Para qué el izamiento si, de inmediato, tiene que replegarse con sus tropas, en cumplimiento del acuer­do de paz que ha firmado, al puesto de vigilancia Nº 1? ¿Añadir más muertos a la larga lista de muertos y acrecentar por docenas el número de lisiados sólo para proclamarse vencedor, con su foto izando la bandera en Tiwinza, ante los ojos de los votantes peruanos, porque a ojos de los garantes la situa­ción está ya vista? ¿Acaso, diplomáti­camente, no sería mejor para el Perú cumplir con el acuerdo de paz y denun­ciar la niñería de los ecuatorianos de quedarse en Tiwinza esperando a los observadores, en lugar de retirarse a Coangos, como lo establece el acuer­do de Itamaraty?

Pero no. Esto no ha podido ser así, porque el presidente Fujimori mintió al país anunciando una victo­ria imaginada en Tiwinza y no que­ría que su mentira quedara al descu­bierto, como ha quedado, a pesar de los tayos con las que se la está vis­tiendo. Una victoria imaginada que, según se dice, ya tiene desfile triun­fal organizado en Lima, para que el Jefe Supremo reciba el parte de guerra del general Hermoza, a quien, ese día, se le otorgaría el bastón de mariscal de la victoria.

Esta farsa, que sería un sainete sino fuera por la sangre de los muertos heridos inútiles con la que el coraje de nuestros soldados está regando los perdidos fangales de las selvas de la Cordillera del Cóndor, es el resultado trágico de una cadena de mentiras y engaños que comenzaron con un bacalao malogrado. Mentiras y engaños con los que el presidente Fujimori gobernó a sus anchas al país, gracias que la banca y los empresarios aplaudían-entusiastas sus mentiras y sus engaños —porque no les tocaban sus bolsillos— y gracias a que los medios de comunica­ción masiva se los ocultaba al pueblo. O se los doraba. Todo marchaba sobre carriles porque el Perú satisfecho esta­ba contento con el engaño y la menti­ra. Hoy el engaño y la mentira le han estallado en la cara al presidente Fuji­mori. La comunidad internacional no tiene razones para dejarse hipnotizar.

Valgan estas reflexiones un tanto duras, pero extraídas de hechos cier­tos que no tienen por qué ser oculta­dos al pueblo, para que el gobierno entienda que ha de rectificar rumbos para que este conflicto bélico no concluya en un desastre nacional con desfile de la victoria y un maris­cal con demasiados muertos inútiles a sus espaldas. La heroicidad de nuestros soldados no merece la ofensa de tan mentirosas pompas fúnebres. No transformemos la tra­gedia de los hogares enlutados en un sainete. Preocupémonos de ganar en las futuras negociaciones el te­rreno perdido en Itamaraty y ojalá se logre poner los hitos de la paz.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Un futuro muy incierto nos espera – Revista Oiga 20/02/1995


Antes de cualquier crítica o elogio a lo sucedido en Brasilia, hay que decir ¡bienvenida la paz! Siempre será mejor la paz que la guerra y todavía más cuando cada día hay ma­yor evidencia de que esta guerra ha sido un absurdo, iniciado en momento inoportuno, en lugar inapropiado y sin la unidad nacional indispensable pata arremeter contra el enemigo exterior. Porque no se discute quién pegó el primer tiro. Eso nadie lo sabe. Lo concreto es que los ecuatorianos estaban infiltra­dos en territorio que los peruanos con­sideramos propio, pero cuya vigilancia habíamos abandonado desde hace varios años cuando menos. ¿Quién; pues, arremetió contra el invasor y por qué ahora, en pleno proceso electoral? ¿Por qué unos tiros fronterizos -muy posible­mente ecuatorianos- se transformaron en movilización de guerra, en lugar de haber llevado el incidente a la mesa de los garantes, con lo que muy posible­mente el diferendo hubiera terminado de modo distinto al que ahora ha termi­nado: en desalojo de los peruanos de su propio territorio? Por lo menos, no hu­biéramos tenido que llorar a los muertos ni contemplar adolorados a los mutila­dos y a las viudas, a los huérfanos, a los horrores vividos por los soldados en el verde terrible de la jungla. También nos hubiéramos ahorrado las ocho naves aéreas derribadas por los ecuatorianos -contra ninguna de ellos- y los misiles, bombas y proyectiles arrojados en los interminables bosques de la Cordillera del Cóndor. No hubiéramos tenido que asumir los tremendos costos de la movi­lización de soldados y armamento -puesto al día según confesión del pro­pio presidente Fujimori-; costos que se quieren disimular afirmando, con gro­tesco lenguaje electoral, que la guerra nos ha costado poco más de 25 millo­nes de soles.

En este caso, quién sabe mejor que en ningún otro, habría cabido el viejo dicho aquel de que “lo que no ha de ser bien castigado, ha de ser bien callado”.
“Y el monte parió un ratón”, se dice, con reminiscencias bíblicas, cuando se quiere destacar alguna fanfarronada. Entre nosotros, en este país donde has­ta las enfermedades se acojudan, ha ocurrido al revés: un ratón nos ha meti­do en un mar de fango. Porque en eso ha concluido la conquista, jamás logra­da, de Tiwinsa. Estamos enfangados en unas negociaciones que comienzan po­niendo en entredicho la peruanidad de región donde nace el río Cenepa, o sea la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor, territorio reconocido como peruano en 1981 por la delegación mi­litar ecuatoriana presidida por el almi­rante Sorrosa, con comunicación a los garantes. Documento capital en el liti­gio, que el doctor Javier Pérez de Cuéllar hizo resaltar de inmediato, al iniciarse este conflicto, en carta entregada al embajador de Brasil en Lima. Pero do­cumento que el gobierno del presidente Fujimori no ha querido esgrimir, para no dar mérito a sus predecesores -en este caso al presidente Belaúnde-, por­que para Fujimori la República nace con él y con el golpe militar del 5 de abril de 1992. Por algo dijo ese año, en su mensaje a la Nación, que su presencia en Ecuador, y sus gestiones con la presi­dencia ecuatoriana tenían mayor signi­ficación que el Protocolo de Río y la guerra del 41.

Hoy estamos cosechando los resul­tados de esa política exterior aventure­ra, chicha, sin respeto por las tradicio­nes y sin conocimiento de nuestra histo­ria. Gracias a esa política llamada ‘prag­mática’, pero que ha resultado siendo pura y vana improvisación personal, estamos ahora metidos en un pantano, en negociaciones en las que el principal garante, Estados Unidos, parece haber cambiado de opinión, pues el embajador Alexander Watson acaba de declarar, en el Departamento de Estado, ofi­cialmente, que el fallo de Díaz de Aguiar fueron ‘opiniones de un cartógrafo bra­sileño’ y que esas ‘opiniones’ en 1945 fueron superadas el 47 por los trabajos norteamericanos de fotometría aérea, que ‘descubrieron el río Cenepa, ‘por nadie conocido antes’, abriéndose así nuevos planteamientos. En otras palabras, como ha quedado estampado en la declaratoria de paz de Brasilia, la región peruana del nacimiento del río Cenepa es ahora territorio en litigio, tierra de nadie. Los acuerdos firmados en 1981 se los ha llevado el viento!

Estos son los hechos. Hechos que la gran prensa no publica ni comenta, ayudando al gobierno a tener engañado al pueblo, haciendo del fracaso de Tiwinsa una victoria y del ‘conductor de la guerra un ‘héroe’, y prestándose, sin querer queriendo, a la campaña electoral del ‘héroe’ derrotado en el campo militar, en el terreno diplomático en la guerra de la información.

Sin embargo, pese a las primeras páginas, con la foto de Fujimori victo­rioso y sonriente, en hombros de la tropa, la verdad se va abriendo paso en los comentarios de los columnistas, en el filo del lápiz de los caricaturistas y en algunos cables perdidos en las páginas interiores de los periódicos. (De la televisión no hablo para no emplear los robustos adjetivos de Cervantes, que, para algunos, sonarán a lisuras). La verdad se va abriendo paso y se va comprobando que Mario y Álvaro Vargas Liosa no estaban equivocados al apuntar donde apuntaban en sus co­mentarios. Cada día se hace más evi­dente lo repiten ya todos los colum­nistas de nota en la prensa peruana que el presidente Fujimori ha estado usando la guerra y a los muertos de la guerra, a los verdaderos héroes, como instrumentos de su campaña electoral, Y tamaña monstruosidad, de la que se ha hecho cómplice la mayoría de los medios de expresión, tiene nombre que prefiero callar. Como prefiero poner punto final a esta nota y así no tener que referirme a la autocensura de esos me­dios y a los consecuentes negocios que esos medios han convenido con el go­bierno.

El futuro del Perú se hace demasiado incierto, porque tanta, tan sucia y co­barde inmoralidad no puede hacerse eterna.

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Otra vez: No a la guerra – Revista Oiga 13/02/1995


Al cierre de esta edición sigue la guerra y siguen - los muertos regando el fango en un rincón perdi­do e infernalmente caliente de la selva amazó­nica. Sigue la guerra, porque cuando hay muertos por docenas en un enfrentamiento armado es guerra y no ‘unas escaramuzas’ ni una ‘guerrita’, como, con sonrisa cachacienta, ha dicho alguien que tiene responsabilidad en la guerra. Los muertos, todos los muertos —nuestros héroes y los del adversario—, merecen cuando menos respeto.

Sigue con “riesgo de escalarse”, una guerra absurda, que debiera pararse ya, al momento. Se trata de una disputa fronteriza que no vale un muerto. Pero que se eterniza por la desin­formación que existe sobre el tema. Una desinformación organizada por el Ecua­dor y que, ni ayer ni hoy, ha sabido ser replicada por el Perú, a pesar de las enormes razones que nos asisten. Da lástima grande, por ejemplo, que en es­tos días el presidente de la República y la casi totalidad de la prensa peruana insis­tan en afirmar algo que no es cierto: que los garantes están de acuerdo con la tesis peruana. No, no es así, desgraciada­mente. Es verdad que no comulgan con los delirios amazónicos ecuatorianas —que es el meollo del conflicto—, pero tengo aquí a la vista las despistadas de­claraciones oficiales norteamericanas, expresadas el martes pasado —7 de fe­brero— nada menos que por Alexander Watson, subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos y ex embaja­dor de Lima. Y esto es lo que dijo Watson, según boletín oficial de USIS: En la déca­da del 40 “hubo una guerra y los ecuato­rianos perdieron mucho de su territo­rio”... “En 1945, un cartógrafo brasileño demarcó la frontera, menos una franja de 78 kilómetros en un área particular­mente difícil de llegar, en la que dio ALGUNAS OPINIONES sobre cómo debería demarcarse”... “Años después... la Fuerza Aérea de Estados Unidos des­cubrió un río cuya existencia nadie había conocido antes, cambiando, por lo tan­to, el conocimiento sobre esa área geográfica y, consecuentemente, de acuer­do a los ecuatorianos, afectando la manera exacta como esta línea debía mar­carse”. También tengo a la vista los semanarios norteamericanos, de difusión mundial, Time y Newsweek, de esta semana, en los que se llega a mayores despropósitos y aberraciones históricas, pero siempre dentro de los lineamientos del departamento de Estado hechos públicos por Watson.

Pero, así, falsas de toda falsedad, éstas son las versiones que circulan por el mundo y por los despachos de los países garantes. Esta es la realidad, que no se desvanece porque nosotros afirmemos que hubiera sido inconveniente replicar a la ofensiva informativa ecuatoriana, porque la ‘saturación’ no es buena. Y no cambia esa realidad porque se añada, con otra sonrisa cachacienta, que habría sido politizar la situación si se hubiera acudido al prestigio y la sapiencia de los señores Javier Pérez de Cuéllar y Fer­nando Belaúnde, para consultarlos y difundir en el exterior las poderosísimas razones que asisten al Perú en esta confrontación de opiniones. El voluntarismo no cambia la realidad. Como no pierde eficacia la diplomacia directa del presi­dente Durán porque el presidente del Perú se le adelante criollamente con un telefonazo a los jefes de Estado visitados por Durán. Ni es distinta la verdad por­que nosotros aseguremos que es una victoria peruana el que Ecuador haya acudido a la instancia de los garantes, cuando es Ecuador, con alguna inten­ción o información que no se conoce todavía, el que ha escogido ese camino.

Hacer periodismo en época de guerra —hoy por hoy— no es tomar como sacrosanta, como palabra de Dios, la versión oficial del gobierno. El periodismo en cualquier época, sea de paz o de conflic­to bélico, debe decir la verdad, lo que cada uno crea es la verdad. Lo que no significa revelar secretos militares ni dar opiniones que desmoralicen a los com­batientes. Aunque, en este segundo pun­to, también hay que tener en cuenta que el silencio, el engaño y la mentira tampo­co vigorizan la moral ciudadana. Mucho menos en un mundo globalizado en el que la información traspasa todas las fronteras.

Esta es, pues, la realidad del desgra­ciado enfrentamiento armado que se desarrolla en la Cordillera del Cóndor. Una guerra tan absurda que muchos en el exterior andan creyendo que nos esta­mos matando porque están en juego unos cerros de oro y un río de petróleo. A muy pocos les entra en la cabeza que el problema es la simple demarcación de 78 kilómetros de frontera entre dos paí­ses que no tienen nada que los distinga uno de otro. Los dos tienen el mismo pasado y la misma lengua aborigen, per­tenecieron al mismo imperio incaico y fueron parte de un mismo virreinato. ¿Por qué se están matando en inhóspitas y enmarañadas quebradas de la amazonía, entre culebras y mosquitos, aprisionados entre el sol, la lluvia y los pantanos, varios miles de jóvenes lati­noamericanos? ¿Acaso no existe la di­plomacia como arma eficaz y no mortí­fera para dirimir diferencias como las que discuten Lima y Quito? Exponga­mos ante el mundo nuestros argumen­tos, que son sólidos como rocas, haga­mos circular los documentos que pusie­ron fin a las hostilidades de 1981 y haga­mos callar a los cañones. No sigamos dando el espectáculo grotesco, tan deli­rante como los sueños amazónicos del Ecuador, de un presidente civil que, se­gún el comandante general de los ejérci­tos, no sólo dirige el frente diplomático sino que, a la vez, comanda directamen­te la guerra, con instrucciones precisas que los militares cumplen al pie de la letra. La guerra es un asunto demasiado serio, demasiado triste y sangriento, de­masiado costoso, para que se juegue con ella y se use para fabricar héroes que no pisan el frente. Digámosle no a la guerra, no les creamos a los que dicen que las guerras son baratas —que cuestan poco—y descubrámonos, transidos de dolor y de vergüenza, con respeto profundo, ante los caídos en esta absurda confron­tación bélica.