martes, 6 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA



Niños evacuados por el Gobierno Vasco al campamento de North Stoneham (Hampshire)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Francisco Igartua – “Siempre un extraño" - ¡Tú crees que con dos millones de dólares yo me iba a quedar aquí!


A la hora del aseo diario, en algún momento, sea en la ducha, frente al espejo o sentado en el wáter, a Francisco siempre le asaltan imágenes, ideas, recuerdos, saudales, proyectos en el aire. En su hora de divagar sin ataduras, a pesar, en los últimos meses, de la insistencia autoritaria de Gustavo:

“Tienes que escribir un libro que sea historia de los últimos cincuenta años vividos por ti”.

“No fuiste objetivo con Alan García. A él no lo trataste tan finamente como a Prado. No le distes el beneficio de la duda. Lo atacaste desde el comienzo. Antes de su primer mensaje al país. Antes de asumir la presidencia el 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco”.

Lo que pasa –replica en sus divagaciones Francisco – es que detrás de lo escrito, de todo lo documentado, de lo que se llama historia, hay una superficie más íntima, un otro lado escondido, muchas veces más esclarecedor que el documento escrito, algo que se quedo sin escribir.

No fue arbitraria la oposición que mantuvo Francisco –desde el arranque– contra el presidente Alan García. No fue producto de su pésima opinión sobre el APRA, que venía de años atrás. Fue por un hecho muy objetivo, mejor dicho por una expresión sumamente reveladora, que Francisco tomó partido, desde el inicio, contra Alan García. Lo hizo como director de Oiga, el semanario que refundó al dejar Caretas. Ocurrió en un desayuno, en casa del poderoso empresario pesquero Isaac Galsky, a pedido –según cree Francisco- de Alan García, en esos momentos presidente electo, o sea poco antes de asumir el mando, de cruzarse la banda presidencial en el pecho y recibir el titulo de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, cargo que daba la impresión de subyugarlo tanto como la presidencia. Fue un desayuno íntimo, al que asistió, además del esplendido y bondadoso anfitrión, el doctor Jorge Pastor, eficaz consejero legal de Galsky. Fue un desayuno con manjares tan especiales que sólo al acaudalado y solícito Isaac Galsky se le ocurre ofrecer. También fue largo ese desayuno. Se habló de todo y Francisco aprovechó la ocasión para insistir en dos puntos: en señalar que el problema número uno en el Perú era el terrorismo, principalmente el de Sendero y en la necesidad de licenciar a toda la policía para crear otra nueva, totalmente distinta, con asesoramiento extranjero y con una moral remozada. –Lo que no quiere decir que vayas a aprovechar la ocasión para hacerla aprista. Alan García era muy aficionado al tú—, por eso te insisto en que la nueva organización sea conducida por una misión extranjera, la que evaluaría al personal con limpia foja de servicios, los únicos que tendrían opción para reintegrarse a la nueva institución. La mayoría de la actual policía esta corrompida hasta el tuétano y no sirve para nada, ni siquiera para ser reformada. Y es la policía, con su servicio de inteligencia, la que debe combatir al terrorismo.

Alan García le dio la razón a Francisco, aunque le hizo un chiste sobre la apristización de la policía, por lo que Francisco interpreto que eso –aprovechar a la policía para su partido– era lo que pensaba hacer. Sobre el terrorismo García fue tajante y lanzó una frase tremenda: –Los voy a liquidar como sea. No voy a tener piedad. Francisco no se imagino las masacres en las cárceles que ocurrían no mucho después. Matanzas que alegraron las estrechas mentes de mucha gente de derecha, porque tontamente creyeron que con esos asesinatos quedarían aniquilados los comandos de Sendero. (Todavía no había caído el muro de Berlín y el marxismo estaba vivo en las universidades, canteras de nuevos cuadros senderistas).

No sólo se habló de política. Alan García es hombre ameno, de simpatía desbordante, conversador ágil, amigo de hacer bromas. Por ejemplo, de pronto se volteó y le dijo a Galsky: - Si te llaman, no contestes el teléfono. No quiero cadáveres en la mesa. Se refería a la tarea que cumple en la comunidad judía el audaz pesquero. Galsky estaba encargado de una misión nobilísima, aunque nada agradable: se ocupa de lavar a los muertos. Apenas muere un miembro de la comunidad judía, sea rico, pobre ó mendigo, Galsky sale como bombero al recibir el aviso. Abandona cualquier reunión, por importante que sea, y acude a la casa del fallecido para cumplir con el rito del lavado. Un gesto que muestra los afanes espirituales, el alma delicada, de un hombre que se apasiona haciendo negocios: -yo soy industrial por las circunstancias. Mi vocación es comprar y vender, es el comercio. Alega también no ser político. Su política, dice, es “ayudar a los gobiernos para que los peruanos podamos hacer buenos negocios”.

La conversación que era cordial y distendida, cambió de un momento a otro gracias a Alan. Bruscamente se enfrentó a Francisco: - Ustedes los periodistas están acostumbrados a calumniar y que no les pase nada. Ahora las cosas van a cambiar. Tú, por ejemplo, has dicho e insistido en Oiga que Corea del Norte me dio dos millones de dólares en una caja de zapatos. ¡Eso es una calumnia! Por lo pronto, allí no entran dos millones de dólares. ¿Sabes qué venia en esa caja? – ¿Sólo cien mil?– Alan García se puso más colérico: -Había una paloma de cerámica y se ve en las fotos que tomaron dentro de la embajada. (En esos momentos Corea del Norte no tenia embajada sino una delegación comercial, que se convirtió en embajada durante el gobierno aprista). –Bueno, seria paloma, pero los rumores hablaban de dólares y nosotros recogimos esos rumores… de fuentes muy confiables, que nos merece fe. Y aquí, alzando la voz, Alan García replico con una frase que dejo frío a Francisco y desconcertó a Galsky y a Pastor. – ¡Tú crees que con dos millones de dólares yo me iba a quedar aquí!

Era una confesión que lo desnudo. En aquellos momentos era presidente electo y se pronunciaba como el estudiante bohemio que había sido en Europa y nunca dejaría de serlo en sus entretelas íntimas. Francisco nada le contestó. Se quedó mudo unos minutos, anonadado por lo que acababa de escuchar. Fue Alan el que reanudó la charla en torno amable, sin tomar en cuenta ni sospechar lo que había dicho. Volvió la cordialidad en la misma forma exabrupta con la que inició sus violentas quejas por el rumor hecho público de la caja de zapatos, “con una paloma de cerámica dentro, no con dos millones de dólares”. Cuando acabo el desayuno y se despidió Alan, amigable y palomilla como le gustaba ser, Francisco le comentó a Galsky:

-¿Cómo se puede apoyar a un irresponsable, que ha dicho lo que ha dicho? ¡Que con dos millones de dólares no se queda en el Perú! Y ya Alan es nada menos que el presidente de este país. Galsky le rogó a Francisco que no fuera a escribir sobre el tema. El hecho había ocurrido en su casa y él había invitado al amigo a una reunión informal, no al periodista. Naturalmente que Francisco no reveló la frase de Alan García, pero su opinión sobre el flamante presidente ya la tenía formada. Con esas pocas palabras Alan García se había desnudado moralmente ante él.

Por ello el primer editorial sobre prado, aunque escéptico, no tenía la dureza con la que Francisco trató al presidente García desde el mismo 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco. Sin dejar de añadir excesivos elogios a su elocuencia indiscutible.

Había diferencia entre los dos presidentes, aunque en algo se parecían. En la frivolidades. También se parecían en la afición de los disfraces militares, pero en dirección inversa. Alan García, que venía de abajo, prefería el titulo y las insignias del jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, mientras que don Manuel Prado, que venía de arriba y le encantaban las condecoraciones en el frac, prefería el uniforme de teniente del ejército, sin una sola medalla. Teniente era el grado que se entregaba a los universitarios al acabar sus estudios. Y es seguro que a Prado le debió fascinar el apodo que la chispa limeña le coloco: el de “Teniente Seductor”.

Francisco Igartua Rovira – “Siempre Un Extraño” – Editorial Santillana S.A. – págs. 276 a 279.

jueves, 24 de septiembre de 2009

NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU

SANTUARIO DE ARANTZAZU

SANTUARIO DE ARANTZAZU

CONVENTO DE SAN FRANCISCO - LIMA - PERU


Esta diferenciación, que afirma la identidad vasca, da vida en 1612 a la primera Euskaletxea americana. El hecho ocurre en el convento de San Francisco, en Lima, Perú, y muy pronto es calcado en ciudad de México. A fines del siglo, esa reafirmación de identidad de los vascos afincados en América se había extendido por todo el continente; siempre como cofradías "de Nuestra Señora de Aranzazu".

Para demostrar la intención nacionalista de esas primeras Euskaletxeak, basta con leer uno de los muchos documentos de aquellas épocas, casi todos idénticos. En él, lo mismo que en los de México y Santiago, se dice: "Por cuanto en la Congregación y Hermandad que tienen fundada los caballeros hijos-dalgo que residen en esta ciudad de los Reyes de Perú (Lima), naturales del Señorío de Vizcaya y Provincia de Quipuzcoa y descendientes de ellos , y naturales de la Provincia de Alava, Reino de Navarra y de las cuatro villas de la costa de la Montaña (como se ve, queda claramente demarcado el territorio)... se requiere actualizar las ordenanzas de 1612, que fue cuando se dio principio a la Ilustre Hermandad Vasconzada de Nuestra Señora de Aranzazu, para unirse y confederarse todas las personas de los lugares arriba citados... a fin de ejercitar entre sí y con los de su nación obras de misericordia y caridad... y están a continuación los nombres y apellidos de todos los hermanos con el paraje de donde son (65 de guipuzcoa, 49 del Señorío, 9 de navarra, 7 de Alava y 5 de las Cuatro Villas)." FRANCISCO IGARTUA - America y las euskaletxeak

miércoles, 23 de septiembre de 2009

FRANCISCO IGARTUA - América y la identidad vasca - Euskadi Net


“Identidad, Afirmación de lo propio y no agresión a la otredad”
AMÉRICA Y LA IDENTIDAD VASCA

Paco Igartua jaunak Ameriketan euskaidu­nek izan duten historiaren zertzelada batzuk eskaintzen ditu bere idazkera azkar eta atse­ginez. Bere ikuspegi kritikoan ez dago gofa­tzarrerik, ez gaitzespenik; XVII. gizalditik hona, belaunaidiz benauldi, Perun eta baita Ameriketako beste lurralde batzutan ere­euskaldunek bere nortasuna zaintzeko egin dituzten ahaleginen berri ematen du bere idazianean.

Aunque haya muchísima gente en el mundo que igno­re la identidad vasca y no falten hasta vascos que estimen folklóricas las diferencias de este pueblo con otros, la identidad euskaldun es una realidad que viene de muy le­jos y ha persistido a través de los muchos siglos que nos separan de la época en que las tribus de Euskal Herria re­solvían sus problemas bajo un árbol y fueron constituyen­do el reino de Navarra.

Identidad que más tarde se consolidó en Fueros e hizo que los vascos establecidos en los puertos españoles de sa­lida a América fueran calificadas por Carlos V y Felipe II de gente con “talante y costumbres diferentes”. Y ya en América, son los “vizcaínos” los que siguen a Almagro para la conquista de Chile...

Esta diferenciación, que afirma la identidad vasca, da vida en 1612 a la primera Euskal Etxea americana. El he­cho ocurre en el convento de San Francisco, en Lima, Pe­rú, y muy pronto es calcado en ciudad de México. A fines del siglo, esa reafirmación de identidad de los vascos afin­cados en América se había extendido por todo el continen­te; siempre como cofradías de “Nuestra Señora de Aran­zazu”.

Identidad mantenida generación tras generación
Para demostrar la intención nacionalista de esas prime­ras Euskal Etxeak, basta con leer uno de los muchos docu­mentos de aquellas épocas, casi todos idénticos. En él, lo mismo que en los de México y Santiago, se dice: “Por cuanto en la Congregación y hermandad que tienen fun­dada los caballeros hijosdalgo que residen en esta ciudad de los Reyes de Perú (Lima), naturales del Señorío de Vizcaya y provincia de Guipúzcoa y descendientes de ellos, y naturales de la provincia de Alava, Reino de Navarra y de las cuatro villas de la costa de la Montaña (como se ve, queda claramente demarcado el territorio)... se requiere actualizar las ordenanzas de 1612, que fue cuando se dio principio a la Ilustre Hermandad Vasconzada de Nuestra Señora de Aranzazu, para unirse y confederarse todas las personas de los lugares arriba citados... a fin de ejercitar entre sí y con los de su nación obras de misericordia y ca­ridad... y están a continuación los nombres y apellidos de todos los hermanos con el paraje de donde son (65 de Guipúzcoa, 49 del Señorío, 9 de Navarra, 7 de Alava y 5 de las Cuatro Villas)”.

Se trata de ordenanzas que, en algunos asuntos, llegan a extremos tan severos que hoy producirían espanto por su racismo, pero que abonan la tesis de la diferenciación vas­ca y se pueden ver con indulgencia si nos situamos en la mentalidad de la época en que ellas fueron elaboradas.

Después de establecer “ante todas cosas” que la noble­za y limpieza de sangre ayuda mucho a la virtud y que las buenas obras son producto del ser hijos y descendientes de buenos, “se ordena para mayor decoro de esta Congrega­ción que todos los que hubieren de ser recibidos en ella sean originarios de las partes y lugares referidos o sus des­cendientes” para lo cual se advierte que no se admitan, ni entierren en su capilla persona alguna que esté mancha­da de judío, moro, penitenciado para el Santo Oficio, ni casado con mulata, india o negra, o que tenga algún oficio infame”... Termina esta segunda ordenanza señalando cómo deben hacerse “el examen y las averiguaciones” con sumo secreto, verbalmente y no por escrito. Sólo cuando la diligencia hubiese terminado es que será escrita y consignada en el libro de la Hermandad.

Pero no solo de racismo están teñidas estas ordenanzas, también lo están de la igualdad que desde los tiempos ha caracterizado a los vascos. Luego, pues, de ordenar que en la capilla y bóvedas de ella tengan entierro los hermanos y las viudas de ellos –“siempre que no se hubieren casado con personas ajenas a la hermandad”– se extiende ese derecho a todos los hi­jos, legítimos o naturales, de los caballeros que son o hu­bieran sido de la Cofradía, aunque “advirtiendo que los hijos naturales no tengan raza indigna”... Más todavía.

La quinta ordenanza quiere que haya igualdad en todos los hermanos “porque ésta es madre de la paz”, y dispo­ne: “a ningún hermano ni hermana de cualquier condi­ción, oficio o calidad que sea se le dé ni se le pueda dar asiento, ni entierro particular en dicha capilla, y esto ha de ser de tal manera indispensable que los mayordomos y diputados ni los Cabildos y juntas generales no puedan dis­pensar en esto”. O sea, dentro del más ortodoxo igualitarismo, esas primitivas Euskal Etxeak no admitían privile­gio alguno fuere cual fuere el caso. Alzaban con toda cla­ridad un lema que nunca debiera ser olvidado: todos los vascos somos iguales.

Ejemplos del particularismo vasco
Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un re­clamo cara al futuro.

Identidad significa afirmación de lo propio y no agre­sión a la otredad, afirmación actualizada -repito actualiza­da- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la plura­lidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio –porque lo es– el pensamiento de las grandes personalida­des vascas, incluido el de los que han sido reacios al Biz­caitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maez­tu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando “y yo lo soy puro, por los dieciséis costados”. Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reu­nirse en Euskal Etxeak aquí en América.

Euskaldun nortasuna aspaldikoa da eta bizirik dirau gizaldietan.


Francisco Igartua
Nación en Huarochirí, Lima en 1923. Ha trabajado en el diario Jornada y en La Prensa de Lima. Fundador del periódico Oiga. Fundador de la revista Caretas. Ha estado exiliado en México, donde trabaja en el suplemento Cultural de la cadena El Sol. Periodista político comprometido, agudo y excepcional, es uno de los grandes exponentes de la prensa peruana, comprometido con la defensa de la legalidad, las libertades ciudadanas y los valores democráticos en el Perú. Prendado de la figura y el pensamiento de Miguel de Unamuno. Ha publicado varios libros, entre ellos Siempre un extraño, desde el que invita a participar en las meditaciones sobre la historia reciente y el futuro de Perú.

FRANCISCO IGARTUA - Euskadi Net

El periodista Francisco Igartua en la presentación de uno de sus libros en Euskadi con Nieves Martinez de Antoñana y Josu Legarreta - Euskadi Net

“Identidad, Afirmación de lo propio y no agresión a la otredad”
AMÉRICA Y LA IDENTIDAD VASCA

Paco Igartua jaunak Ameriketan euskaidu­nek izan duten historiaren zertzelada batzuk eskaintzen ditu bere idazkera azkar eta atse­ginez. Bere ikuspegi kritikoan ez dago gofa­tzarrerik, ez gaitzespenik; XVII. gizalditik hona, belaunaidiz benauldi, Perun eta baita Ameriketako beste lurralde batzutan ere­euskaldunek bere nortasuna zaintzeko egin dituzten ahaleginen berri ematen du bere idazianean.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Francisco Igartua - "Siempre un extraño" - Así nació el primer periódico personal de Francisco: Oiga.


Fue un andar a la deriva que no debía continuar. Y no continuó. El golpe de Odría y su sigiloso ingreso a Lima lo conmovieron profun­damente y lo apartaron de las juergas. Ese mismo 28 de octubre, "día infausto para la República", como él escribió, igual que escriben infi­nitos periodistas en el mundo frente a hechos semejantes, ese mismo día se comprometió a hacer algo... ¿Pero qué hacer?... La impotencia lo exaltaba todavía más. Así fue como comenzó a dolerle el Perú.

Una de esas noches de desvelos cívicos, Francisco tomó la firme decisión de llevar adelante una idea que le venía rondando desde un par de días antes. Desde el mismo momento en que, junto a Ella, vio a Odría pasar por la Plaza San Martín rumbo a Palacio: tenía que fundar un periódico que dijera las verdades que la gran prensa, con toda seguridad, callaría, sea por complicidad con el golpista o por autocensura generada por el temor al poder. Al despertarse siguió dándole vueltas a la idea y a la manera de cómo presentar su propuesta para hallar apoyo financiero a sus planes. Y bien bañado y con desayuno completo se dirigió al Café.

Aquella mañana del uno o dos de noviembre de mil nove­cientos cuarenta y ocho, cerca del mediodía, exponía Francisco en los portales su propósito de publicar un semanario, un panfleto, que gritara las protestas de su generación por el cuartelazo contra Bustamante y su rechazo a la dictadura que acababa de entronizarse en el país. Pero Francisco no tenía un centavo. En la mesa estaban Sérvulo y Doris Gibson —inmersos en un romance borrascoso—, Guillermo Ugaz, Juan Ríos, Carmen Sosa y alguien más. Francisco explicó sus proyectos y su falta de fondos. Doris Gibson se prestó de inmediato a conseguirlos. Y, poniéndose de pie, se dirigió al otro lado de la plaza, a los portales del frente, al Chez Víctor, donde esperaba encontrar a Armando Revoredo, el último Primer Ministro de Bustamante, que acababa de estar en prisión. Revoredo había sido médico, profesión que nunca ejerció, pues antes de curar a nadie se inscribió en la Aviación e, inmediatamente, de médico 'asimilado' pasó a piloto. Cuando llegó a ministro ya lucía las insignias de general de Aviación y sus hazañas —vuelo solitario, sobre los Andes, de Lima a Buenos Aires y, después, de Lima a Bogotá— habían llenado de orgullo a los peruanos sin que él se envaneciera. También, después de haber abierto las dos rutas arriba mencionadas, había dado la vuelta a Sudamérica al comando de una escuadrilla de cazas.

Al poco rato regresó Doris a la mesa del Café. Traía dos mil soles para Oiga, el proyecto de Francisco. Los mil que faltaban, también por intermedio de Doris Gibson, Francisco los obtuvo, con alguna solemnidad y firma de un documento simbólico, de Pechitos Bustamante.

Así nació el primer periódico personal de Francisco: Oiga.

FRANCISCO IGARTUA ROVIRA - “SIEMPRE UN EXTRAÑO”, presentación por Alfredo Bryce Echenique


Sin dejar de lado la diáfana prosa periodística, Igartua nos revela, en un tono muy personal y a partir de la agitada historia de la revista Oiga, las vicisitudes de nuestra historia contemporánea y de sus protagonistas.

Periodista polémico y luchador, su oposición a la estatización de la prensa, en 1974, le valió el destierro a México, experiencia de la que surgen estas páginas. En ellas, Igartua intenta comprender los vaivenes de nuestra sociedad y las debilidades y fortalezas, predilecciones y fobias que prueban a los hombres que ejercen el poder político.

A través de la memoria, nos hace ingresar a una época de incertidumbres, de negaciones tajantes y afirmaciones desmesuradas y nos muestra la figura de un hombre que elige el destino de zambullirse en esa realidad por convicción, aunque esto lo lleve al destierro y la soledad.

Estamos ante un extraordinario acontecimiento literario, periodístico, político y, sobretodo, humano: las inesperadas memorias de uno de los mayores periodistas peruanos contemporáneos, Francisco Igartua. Más que un relato autobiográfico en sentido estricto, Siempre un extraño supone una muy peculiar remodelación de la experiencia personal, un regreso a las fuentes de la memoria para repensar, recrear la vida. No se trata, por consiguiente, de un registro lineal y sistemático de hechos vividos –a nivel personal, histórico, cultural, político–, sino de una introspección selectiva articulada al mismo ritmo fluctuante que la evocación, en torno a personas, personajes, paisajes y situaciones, de un periodo crucial de la vida peruana. Desde la intimidad familiar a los sucesivos descalabros de nuestro acontecer nacional, desde las peripecias estudiantiles a la iniciación en el periodismo, este libro es también un sesgado espejo en el que muchos podrán mirarse, un correlato explicativo de esa experiencia en común vivida por quienes fueron espectadores comprometidos con su país y con su tiempo y, en consecuencia, padecieron las mismas emociones morales y educativas.

La pericia narrativa de Francisco Igartua, la elegante y genuina singularidad de su estilo, hacen aún más apasionante la exploración de ese territorio histórico, nacional e internacional, donde el texto se fusiona por momentos con una historia pública y privada en la que predomina siempre un feroz sentimiento de orfandad, de doble marginalidad, de angustia existencial, de una fiera emotividad que busca un orden que traiga consigo la paz interior, y donde el autor se convierte en el protagonista de esta magistral “novela de la memoria”

Alfredo Bryce Echenique

sábado, 12 de septiembre de 2009

FRANCISCO IGARTUA ROVIRA 1923-2004


“Tú mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿no crees que se podría intentar alguna nueva cruzada? Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón. Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite”. MIGUEL DE UNAMUNO – Vida de Don Quijote y Sancho

martes, 1 de septiembre de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA


Gobierno Vasco. Sistema de racionamiento y precio

sábado, 1 de agosto de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA


Gobierno Vasco. El Tribunal Civil de la Seine inscribe los bienes de Finances et Entreprises, S.A., a nombre del gobierno español en el Registro de la propiedad. 21 de julio de 1943

viernes, 17 de julio de 2009

PALABRAS DEL GENERAL DE DIVISIÓN EP JAIME SALINAS SEDÓ EN LA CEREMONIA DE DISTINCIÓN


PALABRAS DEL GENERAL DE DIVISIÓN EP JAIME SALINAS SEDÓ EN LA CEREMONIA DE DISTINCIÓN

Señor doctor Javier Alva Orlandini, Presidente del Tribunal Constitucional, señores miembros de su prestigioso Cuerpo Colegiado, señor Presidente del Poder Judicial, distinguidos señores Congresistas de la República, autoridades, damas y caballeros.

Gracias a una noble y trascendente iniciativa de los miembros del Órgano Supremo de interpretación y control de la constitucionalidad de nuestra patria, civiles y militares se encuentran hoy para darse la mano y compartir el esfuerzo en este largo y difícil proceso de fortalecimiento de la democracia, responsabilidad que los militares tenemos el deber de considerar una cuestión de honor y dignidad castrense el respeto al principio democrático de subordinación constitucional a las autoridades civiles, legítima y soberanamente elegidas por nuestro pueblo.

Hoy con este significativo acto se fortalecen nuestras convicciones y me vuelve a la memoria, lo que inspirado por el doctor Javier Valle Riestra, mi abogado defensor, quien siempre sostuvo que los juicios políticos son efímeros, expresé frente a la sala de guerra que dictó contra nosotros su aberrante sentencia. Éste señores, es un proceso político en el que algún día acusados y acusadores seremos juzgados ya no por la afiebrada noticia diaria muchas veces por humana, doblegada y temerosa, si no por la serena e indomable historia. Ese día, estoy seguro, para orgullo de nuestros hijos, ella no nos será ingrata. Los que participamos en el gesto cívico de insurgir legalmente contra un gobierno de facto consideramos que ése día ha llegado.

La Medalla Constitucional que hoy recibimos, es una distinción que trasciende el orgullo y personal satisfacción para convertirse en un hecho que se inscribirá en nuestra historia política como el día en que un grupo de militares, respetando la dignidad ciudadana de su pueblo y su derecho a vivir civilizadamente bajo la tutela del orden jurídico legalmente establecidos, se opuso a los tradicionales golpes de Estado intentando devolver la legalidad constitucional a nuestra patria. El movimiento del 13 de noviembre de 1992 no pretendió jamás que un militar usurpara el poder. Aunque un acuerdo tácito, casi un pacto de honor, selló la responsabilidad a la luz pública de nosotros y algunos insignes políticos como el ingeniero Máximo San Román y el doctor Alberto Borea Odría, fueron varios más los civiles y militares partícipes en este intento, y sólo a ellos corresponde reconocer su compromiso democrático para que se insista en la verdadera naturaleza de este gesto cívico.

Permítame, señor Presidente del Tribunal Constitucional agradecer a usted y a los miembros de su cuerpo colegiado por tan honrosa distinción. Permítame igualmente, aprovechar esta oportunidad para expresar nuestra gratitud a los honorables miembros del Congreso de la República, muchos de ellos aquí presentes, por la promulgación de una reciente Ley que restituye los derechos que nos fueron conculcados por la dictadura y que esperamos merezca pronta y justa aplicación por los responsables directos de su ejecución.

Interminable sería la lista de todos aquellos que merecen nuestra gratitud, por ello para evitar imperdonables olvidos sólo quiero referirme a quienes ya no se encuentran entre nosotros, son insignes personajes que con su apoyo moral nos dieron fuerzas para superar el difícil transe de estar en prisión sabiéndonos inocentes. Al Presidente Constitucional de la República, arquitecto Fernando Belaúnde Terry, al señor doctor Luis Alberto Sánchez, al señor ingeniero Gustavo Mohme Llona, al señor arquitecto Luis Miró Quesada, a la señora Bertha Gonzáles Posada, al señor Francisco Igartua Rovira, al señor Juan Ramírez Lazo y a los Generales Guillermo Arbulú Galliani, Luis Cisneros Vizcarra, Javier Tantaleán Vanini, va para ellos nuestro eterno agradecimiento, y sobre todo, nuestro agradecimiento será igualmente eterno para nuestras señoras esposas, hijos, padres, hermanos y amigos verdaderos quienes día a día nos acompañaron en los momentos más difíciles, movilizándose con coraje para exigir nuestra libertad haciendo frente con admirable paciencia, los embates de la prensa y soportando con estoicismo la cruel persecución que la dictadura desató contra ellos.

Muchas gracias señor Presidente.




Lima, 05 de abril de 2005

miércoles, 15 de julio de 2009

PEDRO SALINAS - RAJES DE OFICIO - Editorial Planeta


PEDRO SALINAS - RAJES DE OFICIO 2 - Editorial Planeta



RAJES DEL OFICIO 1 Y 2 - Pedro Salinas habla de periodismo y periodistas por Cristian Velasco


De los periodistas también se ha dicho bastante: que coleccionan odios y muy rara vez se hacen autocríticas. Que ellos también corren cuando escuchan un disparo, pero en la dirección contraria a la del resto de la gente. Rajes del Oficio 1 y Rajes del Oficio 2 ahondan en el tema. Gener@cción conversó con su autor, Pedro Salinas.


¿Qué cualidades se debe poseer para convertirse en un buen periodista?
Ante todo, curiosidad. Pero si esa curiosidad no llega a confluir en una buena prosa, entonces habría que pensar en otra profesión. La de detective, tal vez.


¿Qué defectos convierten a uno en un mal periodista?
La mermelada. La tentación por el poder. La falta de rigor.


¿Por qué el periodista parece tan vanidoso, tan poco dado a la autocrítica?
No es que lo parezca. Lo es.


¿En qué consiste la labor primordial de la prensa?
Informar y entretener. Las dos van de la mano.


¿Por qué parece haber tanta rivalidad entre periodistas?
A ver. El periodismo, como la prostitución, se aprende en la calle. Entre otras cosas, en eso se parecen. Pero presumo que mayor espíritu de cuerpo prevalece entre las golfas que entre los colegas. ¿Por qué? Porque entre periodistas, como entre los escritores, hay celos, hay egos. La eterna pelea por quién la tiene más larga. Eso sí, en la literatura la cosa es más feroz.


¿Qué periodistas peruanos le parecen los más talentosos?
Los que aparecen en Rajes del Oficio 1 y 2. Y otros que no aparecen, como Ricardo Uceda, Rafo León, Alfredo Barnechea, Iván García, César Lévano, José María Salcedo, Rosana Cueva, Las hermanas Del Río -María Luisa y Patricia-, entre otros. Talento hay. Lo que faltan son buenos medios de comunicación.


¿Cuáles le parecen poco recomendables?
Los demás.


¿En qué consiste la ética periodística?
En saber responder a la conciencia de uno. No hay más ciencia que eso.


¿El periodismo es una vocación o una frustración, como la llama Carlitos Ney, el entrañable personaje de Conversación en La Catedral?

Son las dos cosas. Pero lo segundo no mata a lo primero. La vocación es instintiva. Y el periodismo no es otra cosa que salir a la calle, ver lo que pasa y contárselo a los demás.

¿Qué diarios lee?
Todos los denominados serios: Gestión, El Comercio, La Primera, La República, Perú21 y Correo. En ese orden.


¿Es cierto que es adicto a los blogs?
Sí. Porque me suelen dar información que no encuentro en los diarios y si me perdí algo interesante en la tele, que no veo desde hace siete años, los blogs me lo proporcionan inmediatamente. No tengo que pasar por la tortura de ver noticieros, en los que tienes que bancarte 30 minutos de sangre, para después de ellos escuchar la primera noticia importante.


¿Qué anécdotas curiosas, divertidas o embarazosas ha tenido a lo largo de su labor periodística?
Guardo de todo un poco en el morral. Pero quizás las que más han impactado en mí son aquellas que tuvieron que ver con la guerra interna.

RAJES DEL OFICIO
¿Cuál de sus entrevistados ofreció mayor resistencia durante la entrevista?
Ninguno. Les agradezco a todos que estas hayan fluido al ritmo correspondiente. Fue una ventaja para mí conocer a casi todos los personajes.


¿Cuál fue el más asequible?La mayoría de los más asequibles están en el primer tomo. Ambos libros ordenan a los periodistas en el sentido cronológico en el que me dieron la cita respectiva para conversar sobre el oficio. Dejé para el final a quienes consideré que podían tener agendas más complicadas. Curiosamente, los que parecían más difíciles de acceder fueron los más flexibles y generosos con el tiempo.


¿Le sorprendió alguna respuesta?
Más que sorprenderme, me gustó la confianza que se dio como clima en todas las entrevistas. En ellas pude conocer un poco más a estos periodistas que suelo o trato de seguir con regularidad. Ahora bien, el mea culpa inédito de Mirko Lauer sobre su paso por el velasquismo hace que esa entrevista sea de antología.


¿A qué periodista que ya no está físicamente entre nosotros le habría gustado entrevistar?

A los que les dedico Rajes 2: Manuel d'Ornellas y Paco Igartua. A ellos, y a mi amigo Pedro Planas. Ellos responden a la misma época, a un tiempo determinado, en el que fueron sobresalientes. Ahora, si la pregunta abarca a eras más pretéritas, pues ahí tengo otros candidatos. Mi tío abuelo Andrés Aramburú Salinas, director de Mundial. Su padre, Andrés Aramburú Sarrio, director de La Opinión Nacional. Federico More. Manuel González Prada. Los hermanos Chacaltana Reyes (Cesáreo y Reynaldo). Luis Fernán Cisneros.

¿Por qué decidió emplear el formato plantilla, es decir, las mismas preguntas para todos los entrevistados?

Porque alguna utilidad tenían que tener estos libros. El formato plantilla permite contrastar las respuestas. No todos pensamos igual. Y todos los ángulos son válidos. Discutibles, quizás. Pero válidos.


¿Qué entrevista le gustó especialmente? No vale decir Mario Vargas Llosa.
Pues igual lo digo: la de Mario Vargas Llosa. Cada una de ellas, por lo demás, tuvo un valor específico para mí. Y quiero decir, de igual forma, que cada una de ellas tuvo una peculiaridad, algo que la caracterizó. En la que más me divertí, porque se trató de un personaje entrañable, fue la de Enrique Zileri, nuestro John Wayne de los semanarios políticos.

MI PRIMO JAIME por Pedro Salinas -


Me enteré en la misma mañana, muy temprano, en un hotel sanisidrino, donde se estaba a punto de realizar un foro sobre democracia y algo más, que organizaba la Comisión Andina de Juristas. Ahí, mientras que me servía el primer café del día junto a Laura Puertas, una de las periodistas de pecho insolente asistentes al evento, y minutos antes de ingresar al auditorio, se nos acercó un acelerado y mostachudo Pedro Planas para comentarnos lo que había pasado. ¿Ya se enteraron?, preguntó a boca de jarro. ¿De qué?, replicamos Laura y yo al mismo tiempo, a coro, como si fuéramos el dúo Pimpinela. Hombre, pero si se trata de tu tío, dijo Pedro, mirándome fijamente, manteniendo la intriga. De qué tío me hablas, oye, habla claro, le dije cortante como para que vomitara la noticia sin tanto preámbulo, mientras que el café me calentaba las manos y Laura perdía la paciencia más rápido que yo. Ya, pues, desembucha, dijo Laura. ¿Jaime Salinas Sedó no es tu tío?, siguió Planas. ¿Qué pasa con él?, le dije. ¿De verdad no saben?, inquirió otra vez, rozando ya la antipatía. Ya, carajo, no seas pesado, le dijo Laura con esas lisuras embrujadas y acentos de plata que usa con eficacia. Ayer en la noche han arrestado al general Jaime Salinas Sedó y a un grupo de oficiales que iban a contragolpear a Fujimori, soltó Planas, por fin, con una entonación dramática acorde con el tenor de la noticia; y Laura y yo nos quedamos fríos, lelos, turulatos, groguis. ¿Qué, quiénes, cómo, cuándo, cuántos?, le soltamos a manera de ráfagas y en cuestión de segundos a Pedro Planas, que ésas son todas las interrogantes que se suelen hacer los periodistas cuando están frente a un hecho periodístico importante. O cuando no entienden algo. Y se las soltamos así, como quien recita un poema de Vallejo con la vejiga hinchada y a punto de explotar. En realidad faltaba una: ¿Por qué? Pero eso estaba claro. Desde el 5 de abril de 1992 se vivía bajo un poder usurpador, de facto, que pretendía legitimarse con unos comicios que iban a realizarse en escasas semanas. Ergo, la razón de la rebelión estaba justificada y hasta contemplada en la Constitución. De ahí, con la poca información que nos proporcionó Pedro -quien había sido informado por Paco Igartua, director de la revista Oiga, y quien a su vez tenía la información de primera mano porque Jaime Salinas, después de su captura, logró llamar a Oiga para advertir sobre lo ocurrido-, de ahí, decía, salimos Laura y yo a hacer algunas llamadas, a contactos que podrían tener algo más de información, y Pedro también hizo lo mismo, y llamó a Oiga para saber si habían novedades. Jamás, como adivinará el aguzado lector, llegamos a entrar al foro de la Comisión Andina de Juristas. Jamás. Nos quedamos en el lobby del hotel, llamando desde los celulares a periodistas amigos, a fuentes militares, a nuestros respectivos medios (yo escribía y hacía entrevistas para Expreso y conducía un programa de radio en Antena Uno, junto a César Lévano). Mientras que Laura llamaba al general Parra y a no sé quién más, yo llamaba a Danitza Palomino, nuestra productora en la emisora, para que vaya convocando a analistas y políticos para hablar sobre el tema, y le vaya contando a Lévano lo que había sucedido. Fue una mañana histérica, frenética, de locos, de mucha adrenalina. Beto Ortiz, quien trabajaba en aquella época en Caretas, me llamó esa misma tarde para verificar el dato de mi parentesco con el general rebelde, que no sé de dónde había obtenido, y me pide fotografías para publicarlas en la portada de Caretas. Es en ese momento, creo, en el que doy un paso delante de la mera curiosidad periodística, y me termino involucrando en una causa que va a durar como tres años y pico.

Jaime Salinas Sedó no era mi tío, como creía Pedro. Era mi primo hermano, pese a las diferencias de edades. Pero apenas lo había visto unas tres veces en mi vida. A saber: en el matrimonio de su hija mayor, en el entierro de su madre, mi tía Pilar, y en el casamiento de otro pariente común. Cuando Beto me traslada su encargo, le respondo “déjame ver qué puedo hacer”. Y entonces enrumbo hacia la casa del padre del general Salinas. A la casa de mi tío Cholo, o sea, el hermano de mi papá. Mi tío Cholo, Jorge Salinas Escobar, era un coronel retirado del Ejército, correctísimo y de impecables modales, alto como una torre. Lo encontré muy abatido, sentado en un mullido sofá, mirando a la nada con sus ojos azules, que lucían ese día menos azules que nunca. Estaban todos sus hijos reunidos en la casa, en un ambiente de velorio. Silvia, una de las hermanas de Jaime, me recibe cariñosa y me ofrece una cocacola. Coco, el hermano mayor de Jaime, un tipo extraordinario, marino retirado, se me acerca y me cuenta en voz baja lo poco que sabe, aunque presumo que sabe un poco más de lo que me cuenta. Creo que a él le hablo del interés de Caretas. Y me lleva a una sala donde tío Cholo guardaba los álbumes familiares. Pilar, la hija de Jaime, quien jugó un rol fundamental en la lucha por los derechos de su padre, me ayudó a escoger las fotos. Tomé varias. Particularmente me detuve en una en la que Jaime aparece vestido de comando emergiendo de un tanque. ¿Las devolverán?, pregunta Pilar. Espero que sí, respondo. Pero sabía que eso era improbable. Las fotos se suelen perder en el zafarrancho de combate de las redacciones. En fin. No le digo nada de eso a la ya acongojada Pilar. Las metemos en un sobre y discretamente me despido de todos y me fui a buscar a Beto para entregárselas personalmente, rogándole encarecidamente que no las pierdan porque mi tío, el coronel, el padre del general, valoraba mucho sus fotos, porque sus fotos eran sus recuerdos. No te preocupes, así se lo voy a decir a Ampuero (el editor de entonces de Caretas), me dice Beto, y yo me retiro a mi casa. Esa misma noche, Fujimori aparece en la televisión y cuenta una fábula. Cuenta que lo iban a asesinar con un fusil, como se hizo con JFK en Dallas. El domingo inmediato, Alejandro Guerrero, en Panorama, el espectáculo bufo del fujimorismo rampante, narra la misma historia oficial, pero con imágenes de la camioneta Cherokee utilizada por Jaime, que había sido baleada, con imágenes de las radios empleadas, prestadas por el dueño de canal 9, que era amigo de Jaime, con imágenes de las casas donde se produjeron las reuniones conspirativas, con imágenes del maletín del general Salinas, donde guardaba sus tarjetas de crédito, y con imágenes de una inconmensurable cantidad de elementos que habían sido incautados y estaban en manos del Servicio de Inteligencia Nacional, y a los que Guerrero había accedido (¿o se los facilitaron?) sin ningún problema, insistiendo una y otra vez en la cantinela –o en el guión, para hablar con propiedad- del intento de magnicidio, envenenando a la opinión pública. Y toda la prensa -con excepción de Oiga, La República, Caretas y Antena Uno- se dedicó a reiterar la especie, como un disco rayado. Mientras, del general Salinas Sedó y sus colegas y seguidores en dicha aventura, no se sabía nada.

Es al día siguiente, lunes, que lo primero que hago es tomar una grabadora con pilas nuevas, un casete, y dirigirme instintivamente al local de la DIFE, la Dirección de Fuerzas Especiales, donde tenían detenido a Salinas Sedó, porque entre los datos que nos proporcionó Planas, aquella mañana del mes de noviembre de 1992, éste nos dijo que el líder de la conspiración estaba confinado ahí, en la DIFE, aislado, y que con las justas podían verlo sus familiares más cercanos. Desde ahí fue que habló por teléfono con Oiga, pero su voz se apagó –o la apagaron- luego de ello. Supuse entonces que, sin decir que era periodista y mostrando únicamente mi DNI, podía tentar suerte en la DIFE para reunirme con él, arguyendo que era su hijo. Y así fue. Los guardias revisaron mi cédula de identidad, me vieron la cara para constatar que era el mismo de la foto, y uno de ellos le dijo a alguien por teléfono que el general Salinas estaba siendo visitado por su hijo, y yo, claro, no hice ninguna precisión o atingencia sobre el particular. Uno de ellos me custodió hasta la puerta que daba a la habitación donde se encontraba Jaime. Y una vez que me detuve en el umbral, el guardia me dijo “tiene una hora”. Está bien, gracias, le dije. Y entré. Entonces, sin saber muy bien qué decir y con el poco tiempo que tenía, le dije “hola, Jaime, soy Pedro Eduardo (es que en mi familia hay quienes me llaman así, por mis dos nombres, como en las novelas venezolanas), el hijo de Antonio, y he venido hasta acá para ver si me quieres conceder una entrevista para Expreso, para que cuentes lo que pasó”. La respuesta de Jaime no pudo desconcertarme más. Parecía más interesado en ponerse al día conmigo que preocupado por su situación. ¿Cómo está tu papá? ¿Sigue en Venezuela? ¿Y tu mamá? ¿Y tus hermanos? Y así. A su lado estaba su prima Rosita Sedó, que era abogada, y observaba con cierto recelo este inesperado encuentro, hasta que ella también intervino en las remembranzas. Ya me acordé de ti, cómo has crecido. Y yo, que pensé encontrarme con un militarote de rostro adusto, con las manos trenzadas hacia atrás, dando vueltas sobre sí mismo, en círculos, hablando con gravedad, de súbito me quede en babias, y sentí como que estaba en una reunión familiar, compartiendo anécdotas sobre asuntos de color sepia. Hasta que observé mi reloj y el tiempo corría sin concesiones, rápido, muy rápido. Le expliqué entonces a Jaime, el general, el motivo de la visita, que no tenía connotaciones familiares sino periodísticas. Quería, le volví a decir, una entrevista para Expreso para que cuente su versión, y, de paso, le conté del nuevo requerimiento de Caretas, ahora a través de Cecilia Valenzuela, que quería también una entrevista para la revista. Jaime tranzó encantado con ambas cosas, aunque a Rosita no le causó mucha gracia que mi entrevista fuese para Expreso, un diario tímido y condescendiente en sus análisis, que le hacía guiños a Fujimori, y, pese a que Rosita no me lo dijo, creo que sospechaba que la entrevista pudiese ser editada en contra del general. Jaime la tranquilizó, le dijo que confiaba en mí (lo cual era un albur, porque, efectivamente, un editor avieso y fujimorista podía hacer de las suyas) y me pidió que comenzara. Y yo, que tenía la grabadora oculta en los calzoncillos previendo una pesquisa en la entrada de la DIFE, tuve que darle la espalda a la suspicaz Rosita para sacar la incómoda grabadora de su escondite. Gajes del oficio, digamos. Y así empezó todo. Por azar. Como jugando. Jaime me pidió después que hablara con Pilar, su hija, para que vea la manera de cómo hacía entrar a Chichi Valenzuela para la entrevista (y Pilar, luego, no sé cómo, la hizo entrar). Y fue con esas dos entrevistas que la verdad de los militares insurgentes empezó, poco a poco, a abrirse paso. El audio de ambas entrevistas los propalamos luego por Antena Uno. Y poco después, Pepe Soriano, el hijo del general Soriano Morgan, un intrépido y astuto marquetero, también se convirtió en una pieza clave para filtrar información hacia fuera de las prisiones, hacia los medios de comunicación. Ese trabajo que, originalmente, iba a hacer Jaime Salinas López Torres, su hijo, terminamos haciéndolo, en la práctica y durante todo el tiempo que duró su enclaustramiento, Pepe Soriano y yo. Porque Jaime hijo, quien había sido detenido el mismo viernes 13 de noviembre, en la factoría ubicada en la cuadra 44 de República de Panamá, donde se había producido el debelamiento de la conspiración, había sido acusado por la DINCOTE por delito de terrorismo. Jaime junior pudo fugar más tarde de su encierro, con una serie de artificios de connotaciones religiosas y alusiones al padre Urraca, y, con suerte, encontró asilo en la embajada de Argentina, de donde solamente logró salir en un auto diplomático hacia el aeropuerto.

Fue una lucha larga y penosa la que tuvieron que padecer y librar estos valientes hombres que fueron traicionados por un soplón, o probablemente más de uno, que así son las horas turbias de los iscariotes. El encarcelamiento duró tres años y medio. Tres años y medio de maltratos, de actos canallescos, de vejámenes, de espionaje encendido a través de micrófonos ocultos, de olvidos ingratos por parte de la opinión pública y de muchos políticos a los que, paradójicamente, pensaban reponer en sus curules. Aunque hubo excepciones honrosas, de políticos consecuentes y solidarios, que nunca dejaron de visitarlos y de reclamar por su liberación, desde la tribuna de un escaño o desde la modestia de una columna periodística. Sin éxito, claro, porque en ese entonces la oposición a Fujimori, autócrata del Perú por la gracia de Hermoza Ríos y Vladimiro Montesinos, era una minoría ínfima, casi ridícula. Alberto Borea, quien luego se vio obligado a pedir asilo en Costa Rica, fue uno de ellos. Javier Valle Riestra, otro. Máximo San Román, también. Alberto Andrade, ídem. Algunos apristas y alanistas, entre los que se contaba Luis Gonzáles Posada, Mercedes Cabanillas y María del Pilar Tello. Hombres de izquierda, como Nicolás Lynch y Carlos Chipoco. Periodistas como Gustavo Mohme Llona, Alberto Ku King e Iván García. Y algunos pocos liberales, como Javier González-Olaechea, entre los que recuerdo, nunca los olvidaron. Aunque intuyo que estoy siendo injusto con muchos más. Pero así es la memoria, traicionera. Otro de los civiles comprometidos con la democracia que acompañó a estos soldados fue el recordado Pedro Planas, el periodista de palabra tallada, con chispazos de genio e intemperancia vital, quien llegó a bosquejar la estructura de un libro sobre el tema. Los insurgentes. Toda la verdad. Así se iba a llamar la publicación. Sin embargo, Planas, que era un águila para estas cosas, no llegó a materializarlo. Alguien con rigor de historiador lo escribirá más adelante, supongo, porque gestas como ésta deben rememorarse y reivindicarse, siempre, como pretende esta somera evocación a manera de post, después de más de quince años del intento de contragolpe. Porque al fujimorismo, no me jodan, ahora lo condena todo el mundo, pero lo difícil era hacerlo cuando el autócrata estaba bien arrellanado en el poder y tenía al país metido en un puño. Pregúntenle si no a Jaime Salinas Sedó y a sus corajudos amigos. Así que, con estas líneas quiero expresar sencillamente mi reconocimiento a los oficiales del 13-N, y a sus familiares, quienes siempre estuvieron a su lado.

miércoles, 1 de julio de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA



Presidencia del Gobierno Vasco en el hotel Carlton de Bilbao