viernes, 17 de julio de 2009

PALABRAS DEL GENERAL DE DIVISIÓN EP JAIME SALINAS SEDÓ EN LA CEREMONIA DE DISTINCIÓN


PALABRAS DEL GENERAL DE DIVISIÓN EP JAIME SALINAS SEDÓ EN LA CEREMONIA DE DISTINCIÓN

Señor doctor Javier Alva Orlandini, Presidente del Tribunal Constitucional, señores miembros de su prestigioso Cuerpo Colegiado, señor Presidente del Poder Judicial, distinguidos señores Congresistas de la República, autoridades, damas y caballeros.

Gracias a una noble y trascendente iniciativa de los miembros del Órgano Supremo de interpretación y control de la constitucionalidad de nuestra patria, civiles y militares se encuentran hoy para darse la mano y compartir el esfuerzo en este largo y difícil proceso de fortalecimiento de la democracia, responsabilidad que los militares tenemos el deber de considerar una cuestión de honor y dignidad castrense el respeto al principio democrático de subordinación constitucional a las autoridades civiles, legítima y soberanamente elegidas por nuestro pueblo.

Hoy con este significativo acto se fortalecen nuestras convicciones y me vuelve a la memoria, lo que inspirado por el doctor Javier Valle Riestra, mi abogado defensor, quien siempre sostuvo que los juicios políticos son efímeros, expresé frente a la sala de guerra que dictó contra nosotros su aberrante sentencia. Éste señores, es un proceso político en el que algún día acusados y acusadores seremos juzgados ya no por la afiebrada noticia diaria muchas veces por humana, doblegada y temerosa, si no por la serena e indomable historia. Ese día, estoy seguro, para orgullo de nuestros hijos, ella no nos será ingrata. Los que participamos en el gesto cívico de insurgir legalmente contra un gobierno de facto consideramos que ése día ha llegado.

La Medalla Constitucional que hoy recibimos, es una distinción que trasciende el orgullo y personal satisfacción para convertirse en un hecho que se inscribirá en nuestra historia política como el día en que un grupo de militares, respetando la dignidad ciudadana de su pueblo y su derecho a vivir civilizadamente bajo la tutela del orden jurídico legalmente establecidos, se opuso a los tradicionales golpes de Estado intentando devolver la legalidad constitucional a nuestra patria. El movimiento del 13 de noviembre de 1992 no pretendió jamás que un militar usurpara el poder. Aunque un acuerdo tácito, casi un pacto de honor, selló la responsabilidad a la luz pública de nosotros y algunos insignes políticos como el ingeniero Máximo San Román y el doctor Alberto Borea Odría, fueron varios más los civiles y militares partícipes en este intento, y sólo a ellos corresponde reconocer su compromiso democrático para que se insista en la verdadera naturaleza de este gesto cívico.

Permítame, señor Presidente del Tribunal Constitucional agradecer a usted y a los miembros de su cuerpo colegiado por tan honrosa distinción. Permítame igualmente, aprovechar esta oportunidad para expresar nuestra gratitud a los honorables miembros del Congreso de la República, muchos de ellos aquí presentes, por la promulgación de una reciente Ley que restituye los derechos que nos fueron conculcados por la dictadura y que esperamos merezca pronta y justa aplicación por los responsables directos de su ejecución.

Interminable sería la lista de todos aquellos que merecen nuestra gratitud, por ello para evitar imperdonables olvidos sólo quiero referirme a quienes ya no se encuentran entre nosotros, son insignes personajes que con su apoyo moral nos dieron fuerzas para superar el difícil transe de estar en prisión sabiéndonos inocentes. Al Presidente Constitucional de la República, arquitecto Fernando Belaúnde Terry, al señor doctor Luis Alberto Sánchez, al señor ingeniero Gustavo Mohme Llona, al señor arquitecto Luis Miró Quesada, a la señora Bertha Gonzáles Posada, al señor Francisco Igartua Rovira, al señor Juan Ramírez Lazo y a los Generales Guillermo Arbulú Galliani, Luis Cisneros Vizcarra, Javier Tantaleán Vanini, va para ellos nuestro eterno agradecimiento, y sobre todo, nuestro agradecimiento será igualmente eterno para nuestras señoras esposas, hijos, padres, hermanos y amigos verdaderos quienes día a día nos acompañaron en los momentos más difíciles, movilizándose con coraje para exigir nuestra libertad haciendo frente con admirable paciencia, los embates de la prensa y soportando con estoicismo la cruel persecución que la dictadura desató contra ellos.

Muchas gracias señor Presidente.




Lima, 05 de abril de 2005

miércoles, 15 de julio de 2009

PEDRO SALINAS - RAJES DE OFICIO - Editorial Planeta


PEDRO SALINAS - RAJES DE OFICIO 2 - Editorial Planeta



RAJES DEL OFICIO 1 Y 2 - Pedro Salinas habla de periodismo y periodistas por Cristian Velasco


De los periodistas también se ha dicho bastante: que coleccionan odios y muy rara vez se hacen autocríticas. Que ellos también corren cuando escuchan un disparo, pero en la dirección contraria a la del resto de la gente. Rajes del Oficio 1 y Rajes del Oficio 2 ahondan en el tema. Gener@cción conversó con su autor, Pedro Salinas.


¿Qué cualidades se debe poseer para convertirse en un buen periodista?
Ante todo, curiosidad. Pero si esa curiosidad no llega a confluir en una buena prosa, entonces habría que pensar en otra profesión. La de detective, tal vez.


¿Qué defectos convierten a uno en un mal periodista?
La mermelada. La tentación por el poder. La falta de rigor.


¿Por qué el periodista parece tan vanidoso, tan poco dado a la autocrítica?
No es que lo parezca. Lo es.


¿En qué consiste la labor primordial de la prensa?
Informar y entretener. Las dos van de la mano.


¿Por qué parece haber tanta rivalidad entre periodistas?
A ver. El periodismo, como la prostitución, se aprende en la calle. Entre otras cosas, en eso se parecen. Pero presumo que mayor espíritu de cuerpo prevalece entre las golfas que entre los colegas. ¿Por qué? Porque entre periodistas, como entre los escritores, hay celos, hay egos. La eterna pelea por quién la tiene más larga. Eso sí, en la literatura la cosa es más feroz.


¿Qué periodistas peruanos le parecen los más talentosos?
Los que aparecen en Rajes del Oficio 1 y 2. Y otros que no aparecen, como Ricardo Uceda, Rafo León, Alfredo Barnechea, Iván García, César Lévano, José María Salcedo, Rosana Cueva, Las hermanas Del Río -María Luisa y Patricia-, entre otros. Talento hay. Lo que faltan son buenos medios de comunicación.


¿Cuáles le parecen poco recomendables?
Los demás.


¿En qué consiste la ética periodística?
En saber responder a la conciencia de uno. No hay más ciencia que eso.


¿El periodismo es una vocación o una frustración, como la llama Carlitos Ney, el entrañable personaje de Conversación en La Catedral?

Son las dos cosas. Pero lo segundo no mata a lo primero. La vocación es instintiva. Y el periodismo no es otra cosa que salir a la calle, ver lo que pasa y contárselo a los demás.

¿Qué diarios lee?
Todos los denominados serios: Gestión, El Comercio, La Primera, La República, Perú21 y Correo. En ese orden.


¿Es cierto que es adicto a los blogs?
Sí. Porque me suelen dar información que no encuentro en los diarios y si me perdí algo interesante en la tele, que no veo desde hace siete años, los blogs me lo proporcionan inmediatamente. No tengo que pasar por la tortura de ver noticieros, en los que tienes que bancarte 30 minutos de sangre, para después de ellos escuchar la primera noticia importante.


¿Qué anécdotas curiosas, divertidas o embarazosas ha tenido a lo largo de su labor periodística?
Guardo de todo un poco en el morral. Pero quizás las que más han impactado en mí son aquellas que tuvieron que ver con la guerra interna.

RAJES DEL OFICIO
¿Cuál de sus entrevistados ofreció mayor resistencia durante la entrevista?
Ninguno. Les agradezco a todos que estas hayan fluido al ritmo correspondiente. Fue una ventaja para mí conocer a casi todos los personajes.


¿Cuál fue el más asequible?La mayoría de los más asequibles están en el primer tomo. Ambos libros ordenan a los periodistas en el sentido cronológico en el que me dieron la cita respectiva para conversar sobre el oficio. Dejé para el final a quienes consideré que podían tener agendas más complicadas. Curiosamente, los que parecían más difíciles de acceder fueron los más flexibles y generosos con el tiempo.


¿Le sorprendió alguna respuesta?
Más que sorprenderme, me gustó la confianza que se dio como clima en todas las entrevistas. En ellas pude conocer un poco más a estos periodistas que suelo o trato de seguir con regularidad. Ahora bien, el mea culpa inédito de Mirko Lauer sobre su paso por el velasquismo hace que esa entrevista sea de antología.


¿A qué periodista que ya no está físicamente entre nosotros le habría gustado entrevistar?

A los que les dedico Rajes 2: Manuel d'Ornellas y Paco Igartua. A ellos, y a mi amigo Pedro Planas. Ellos responden a la misma época, a un tiempo determinado, en el que fueron sobresalientes. Ahora, si la pregunta abarca a eras más pretéritas, pues ahí tengo otros candidatos. Mi tío abuelo Andrés Aramburú Salinas, director de Mundial. Su padre, Andrés Aramburú Sarrio, director de La Opinión Nacional. Federico More. Manuel González Prada. Los hermanos Chacaltana Reyes (Cesáreo y Reynaldo). Luis Fernán Cisneros.

¿Por qué decidió emplear el formato plantilla, es decir, las mismas preguntas para todos los entrevistados?

Porque alguna utilidad tenían que tener estos libros. El formato plantilla permite contrastar las respuestas. No todos pensamos igual. Y todos los ángulos son válidos. Discutibles, quizás. Pero válidos.


¿Qué entrevista le gustó especialmente? No vale decir Mario Vargas Llosa.
Pues igual lo digo: la de Mario Vargas Llosa. Cada una de ellas, por lo demás, tuvo un valor específico para mí. Y quiero decir, de igual forma, que cada una de ellas tuvo una peculiaridad, algo que la caracterizó. En la que más me divertí, porque se trató de un personaje entrañable, fue la de Enrique Zileri, nuestro John Wayne de los semanarios políticos.

MI PRIMO JAIME por Pedro Salinas -


Me enteré en la misma mañana, muy temprano, en un hotel sanisidrino, donde se estaba a punto de realizar un foro sobre democracia y algo más, que organizaba la Comisión Andina de Juristas. Ahí, mientras que me servía el primer café del día junto a Laura Puertas, una de las periodistas de pecho insolente asistentes al evento, y minutos antes de ingresar al auditorio, se nos acercó un acelerado y mostachudo Pedro Planas para comentarnos lo que había pasado. ¿Ya se enteraron?, preguntó a boca de jarro. ¿De qué?, replicamos Laura y yo al mismo tiempo, a coro, como si fuéramos el dúo Pimpinela. Hombre, pero si se trata de tu tío, dijo Pedro, mirándome fijamente, manteniendo la intriga. De qué tío me hablas, oye, habla claro, le dije cortante como para que vomitara la noticia sin tanto preámbulo, mientras que el café me calentaba las manos y Laura perdía la paciencia más rápido que yo. Ya, pues, desembucha, dijo Laura. ¿Jaime Salinas Sedó no es tu tío?, siguió Planas. ¿Qué pasa con él?, le dije. ¿De verdad no saben?, inquirió otra vez, rozando ya la antipatía. Ya, carajo, no seas pesado, le dijo Laura con esas lisuras embrujadas y acentos de plata que usa con eficacia. Ayer en la noche han arrestado al general Jaime Salinas Sedó y a un grupo de oficiales que iban a contragolpear a Fujimori, soltó Planas, por fin, con una entonación dramática acorde con el tenor de la noticia; y Laura y yo nos quedamos fríos, lelos, turulatos, groguis. ¿Qué, quiénes, cómo, cuándo, cuántos?, le soltamos a manera de ráfagas y en cuestión de segundos a Pedro Planas, que ésas son todas las interrogantes que se suelen hacer los periodistas cuando están frente a un hecho periodístico importante. O cuando no entienden algo. Y se las soltamos así, como quien recita un poema de Vallejo con la vejiga hinchada y a punto de explotar. En realidad faltaba una: ¿Por qué? Pero eso estaba claro. Desde el 5 de abril de 1992 se vivía bajo un poder usurpador, de facto, que pretendía legitimarse con unos comicios que iban a realizarse en escasas semanas. Ergo, la razón de la rebelión estaba justificada y hasta contemplada en la Constitución. De ahí, con la poca información que nos proporcionó Pedro -quien había sido informado por Paco Igartua, director de la revista Oiga, y quien a su vez tenía la información de primera mano porque Jaime Salinas, después de su captura, logró llamar a Oiga para advertir sobre lo ocurrido-, de ahí, decía, salimos Laura y yo a hacer algunas llamadas, a contactos que podrían tener algo más de información, y Pedro también hizo lo mismo, y llamó a Oiga para saber si habían novedades. Jamás, como adivinará el aguzado lector, llegamos a entrar al foro de la Comisión Andina de Juristas. Jamás. Nos quedamos en el lobby del hotel, llamando desde los celulares a periodistas amigos, a fuentes militares, a nuestros respectivos medios (yo escribía y hacía entrevistas para Expreso y conducía un programa de radio en Antena Uno, junto a César Lévano). Mientras que Laura llamaba al general Parra y a no sé quién más, yo llamaba a Danitza Palomino, nuestra productora en la emisora, para que vaya convocando a analistas y políticos para hablar sobre el tema, y le vaya contando a Lévano lo que había sucedido. Fue una mañana histérica, frenética, de locos, de mucha adrenalina. Beto Ortiz, quien trabajaba en aquella época en Caretas, me llamó esa misma tarde para verificar el dato de mi parentesco con el general rebelde, que no sé de dónde había obtenido, y me pide fotografías para publicarlas en la portada de Caretas. Es en ese momento, creo, en el que doy un paso delante de la mera curiosidad periodística, y me termino involucrando en una causa que va a durar como tres años y pico.

Jaime Salinas Sedó no era mi tío, como creía Pedro. Era mi primo hermano, pese a las diferencias de edades. Pero apenas lo había visto unas tres veces en mi vida. A saber: en el matrimonio de su hija mayor, en el entierro de su madre, mi tía Pilar, y en el casamiento de otro pariente común. Cuando Beto me traslada su encargo, le respondo “déjame ver qué puedo hacer”. Y entonces enrumbo hacia la casa del padre del general Salinas. A la casa de mi tío Cholo, o sea, el hermano de mi papá. Mi tío Cholo, Jorge Salinas Escobar, era un coronel retirado del Ejército, correctísimo y de impecables modales, alto como una torre. Lo encontré muy abatido, sentado en un mullido sofá, mirando a la nada con sus ojos azules, que lucían ese día menos azules que nunca. Estaban todos sus hijos reunidos en la casa, en un ambiente de velorio. Silvia, una de las hermanas de Jaime, me recibe cariñosa y me ofrece una cocacola. Coco, el hermano mayor de Jaime, un tipo extraordinario, marino retirado, se me acerca y me cuenta en voz baja lo poco que sabe, aunque presumo que sabe un poco más de lo que me cuenta. Creo que a él le hablo del interés de Caretas. Y me lleva a una sala donde tío Cholo guardaba los álbumes familiares. Pilar, la hija de Jaime, quien jugó un rol fundamental en la lucha por los derechos de su padre, me ayudó a escoger las fotos. Tomé varias. Particularmente me detuve en una en la que Jaime aparece vestido de comando emergiendo de un tanque. ¿Las devolverán?, pregunta Pilar. Espero que sí, respondo. Pero sabía que eso era improbable. Las fotos se suelen perder en el zafarrancho de combate de las redacciones. En fin. No le digo nada de eso a la ya acongojada Pilar. Las metemos en un sobre y discretamente me despido de todos y me fui a buscar a Beto para entregárselas personalmente, rogándole encarecidamente que no las pierdan porque mi tío, el coronel, el padre del general, valoraba mucho sus fotos, porque sus fotos eran sus recuerdos. No te preocupes, así se lo voy a decir a Ampuero (el editor de entonces de Caretas), me dice Beto, y yo me retiro a mi casa. Esa misma noche, Fujimori aparece en la televisión y cuenta una fábula. Cuenta que lo iban a asesinar con un fusil, como se hizo con JFK en Dallas. El domingo inmediato, Alejandro Guerrero, en Panorama, el espectáculo bufo del fujimorismo rampante, narra la misma historia oficial, pero con imágenes de la camioneta Cherokee utilizada por Jaime, que había sido baleada, con imágenes de las radios empleadas, prestadas por el dueño de canal 9, que era amigo de Jaime, con imágenes de las casas donde se produjeron las reuniones conspirativas, con imágenes del maletín del general Salinas, donde guardaba sus tarjetas de crédito, y con imágenes de una inconmensurable cantidad de elementos que habían sido incautados y estaban en manos del Servicio de Inteligencia Nacional, y a los que Guerrero había accedido (¿o se los facilitaron?) sin ningún problema, insistiendo una y otra vez en la cantinela –o en el guión, para hablar con propiedad- del intento de magnicidio, envenenando a la opinión pública. Y toda la prensa -con excepción de Oiga, La República, Caretas y Antena Uno- se dedicó a reiterar la especie, como un disco rayado. Mientras, del general Salinas Sedó y sus colegas y seguidores en dicha aventura, no se sabía nada.

Es al día siguiente, lunes, que lo primero que hago es tomar una grabadora con pilas nuevas, un casete, y dirigirme instintivamente al local de la DIFE, la Dirección de Fuerzas Especiales, donde tenían detenido a Salinas Sedó, porque entre los datos que nos proporcionó Planas, aquella mañana del mes de noviembre de 1992, éste nos dijo que el líder de la conspiración estaba confinado ahí, en la DIFE, aislado, y que con las justas podían verlo sus familiares más cercanos. Desde ahí fue que habló por teléfono con Oiga, pero su voz se apagó –o la apagaron- luego de ello. Supuse entonces que, sin decir que era periodista y mostrando únicamente mi DNI, podía tentar suerte en la DIFE para reunirme con él, arguyendo que era su hijo. Y así fue. Los guardias revisaron mi cédula de identidad, me vieron la cara para constatar que era el mismo de la foto, y uno de ellos le dijo a alguien por teléfono que el general Salinas estaba siendo visitado por su hijo, y yo, claro, no hice ninguna precisión o atingencia sobre el particular. Uno de ellos me custodió hasta la puerta que daba a la habitación donde se encontraba Jaime. Y una vez que me detuve en el umbral, el guardia me dijo “tiene una hora”. Está bien, gracias, le dije. Y entré. Entonces, sin saber muy bien qué decir y con el poco tiempo que tenía, le dije “hola, Jaime, soy Pedro Eduardo (es que en mi familia hay quienes me llaman así, por mis dos nombres, como en las novelas venezolanas), el hijo de Antonio, y he venido hasta acá para ver si me quieres conceder una entrevista para Expreso, para que cuentes lo que pasó”. La respuesta de Jaime no pudo desconcertarme más. Parecía más interesado en ponerse al día conmigo que preocupado por su situación. ¿Cómo está tu papá? ¿Sigue en Venezuela? ¿Y tu mamá? ¿Y tus hermanos? Y así. A su lado estaba su prima Rosita Sedó, que era abogada, y observaba con cierto recelo este inesperado encuentro, hasta que ella también intervino en las remembranzas. Ya me acordé de ti, cómo has crecido. Y yo, que pensé encontrarme con un militarote de rostro adusto, con las manos trenzadas hacia atrás, dando vueltas sobre sí mismo, en círculos, hablando con gravedad, de súbito me quede en babias, y sentí como que estaba en una reunión familiar, compartiendo anécdotas sobre asuntos de color sepia. Hasta que observé mi reloj y el tiempo corría sin concesiones, rápido, muy rápido. Le expliqué entonces a Jaime, el general, el motivo de la visita, que no tenía connotaciones familiares sino periodísticas. Quería, le volví a decir, una entrevista para Expreso para que cuente su versión, y, de paso, le conté del nuevo requerimiento de Caretas, ahora a través de Cecilia Valenzuela, que quería también una entrevista para la revista. Jaime tranzó encantado con ambas cosas, aunque a Rosita no le causó mucha gracia que mi entrevista fuese para Expreso, un diario tímido y condescendiente en sus análisis, que le hacía guiños a Fujimori, y, pese a que Rosita no me lo dijo, creo que sospechaba que la entrevista pudiese ser editada en contra del general. Jaime la tranquilizó, le dijo que confiaba en mí (lo cual era un albur, porque, efectivamente, un editor avieso y fujimorista podía hacer de las suyas) y me pidió que comenzara. Y yo, que tenía la grabadora oculta en los calzoncillos previendo una pesquisa en la entrada de la DIFE, tuve que darle la espalda a la suspicaz Rosita para sacar la incómoda grabadora de su escondite. Gajes del oficio, digamos. Y así empezó todo. Por azar. Como jugando. Jaime me pidió después que hablara con Pilar, su hija, para que vea la manera de cómo hacía entrar a Chichi Valenzuela para la entrevista (y Pilar, luego, no sé cómo, la hizo entrar). Y fue con esas dos entrevistas que la verdad de los militares insurgentes empezó, poco a poco, a abrirse paso. El audio de ambas entrevistas los propalamos luego por Antena Uno. Y poco después, Pepe Soriano, el hijo del general Soriano Morgan, un intrépido y astuto marquetero, también se convirtió en una pieza clave para filtrar información hacia fuera de las prisiones, hacia los medios de comunicación. Ese trabajo que, originalmente, iba a hacer Jaime Salinas López Torres, su hijo, terminamos haciéndolo, en la práctica y durante todo el tiempo que duró su enclaustramiento, Pepe Soriano y yo. Porque Jaime hijo, quien había sido detenido el mismo viernes 13 de noviembre, en la factoría ubicada en la cuadra 44 de República de Panamá, donde se había producido el debelamiento de la conspiración, había sido acusado por la DINCOTE por delito de terrorismo. Jaime junior pudo fugar más tarde de su encierro, con una serie de artificios de connotaciones religiosas y alusiones al padre Urraca, y, con suerte, encontró asilo en la embajada de Argentina, de donde solamente logró salir en un auto diplomático hacia el aeropuerto.

Fue una lucha larga y penosa la que tuvieron que padecer y librar estos valientes hombres que fueron traicionados por un soplón, o probablemente más de uno, que así son las horas turbias de los iscariotes. El encarcelamiento duró tres años y medio. Tres años y medio de maltratos, de actos canallescos, de vejámenes, de espionaje encendido a través de micrófonos ocultos, de olvidos ingratos por parte de la opinión pública y de muchos políticos a los que, paradójicamente, pensaban reponer en sus curules. Aunque hubo excepciones honrosas, de políticos consecuentes y solidarios, que nunca dejaron de visitarlos y de reclamar por su liberación, desde la tribuna de un escaño o desde la modestia de una columna periodística. Sin éxito, claro, porque en ese entonces la oposición a Fujimori, autócrata del Perú por la gracia de Hermoza Ríos y Vladimiro Montesinos, era una minoría ínfima, casi ridícula. Alberto Borea, quien luego se vio obligado a pedir asilo en Costa Rica, fue uno de ellos. Javier Valle Riestra, otro. Máximo San Román, también. Alberto Andrade, ídem. Algunos apristas y alanistas, entre los que se contaba Luis Gonzáles Posada, Mercedes Cabanillas y María del Pilar Tello. Hombres de izquierda, como Nicolás Lynch y Carlos Chipoco. Periodistas como Gustavo Mohme Llona, Alberto Ku King e Iván García. Y algunos pocos liberales, como Javier González-Olaechea, entre los que recuerdo, nunca los olvidaron. Aunque intuyo que estoy siendo injusto con muchos más. Pero así es la memoria, traicionera. Otro de los civiles comprometidos con la democracia que acompañó a estos soldados fue el recordado Pedro Planas, el periodista de palabra tallada, con chispazos de genio e intemperancia vital, quien llegó a bosquejar la estructura de un libro sobre el tema. Los insurgentes. Toda la verdad. Así se iba a llamar la publicación. Sin embargo, Planas, que era un águila para estas cosas, no llegó a materializarlo. Alguien con rigor de historiador lo escribirá más adelante, supongo, porque gestas como ésta deben rememorarse y reivindicarse, siempre, como pretende esta somera evocación a manera de post, después de más de quince años del intento de contragolpe. Porque al fujimorismo, no me jodan, ahora lo condena todo el mundo, pero lo difícil era hacerlo cuando el autócrata estaba bien arrellanado en el poder y tenía al país metido en un puño. Pregúntenle si no a Jaime Salinas Sedó y a sus corajudos amigos. Así que, con estas líneas quiero expresar sencillamente mi reconocimiento a los oficiales del 13-N, y a sus familiares, quienes siempre estuvieron a su lado.

miércoles, 1 de julio de 2009

RADIO EUZKADI DE LIMA



Presidencia del Gobierno Vasco en el hotel Carlton de Bilbao

viernes, 26 de junio de 2009

FRANCISCO IGARTUA - INCOMODANDO AL PODER - EL CHITO RIOS


Reproducimos el fragmento de un testimonio escrito por Ricardo Uceda en su libro “Muerte en el Pentagonito”, referente a la intervención de la revista Oiga en la identificación de los miembros apristas del grupo paramilitar Rodrigo Franco:
“Sin embargo, el 7 de agosto de 1989 ocurrió el hecho imprevisto: “El Chito” fue fotografiado por la revista Oiga en un bar de Lince feliz entre varias botellas de cerveza. Afuera lo esperaba el auto a su servicio, un Toyota Crecida AG-8211, que resultó ser un vehículo de la Policía. La difusión de las fotos causó un escándalo y puso en un verdadero aprieto al Ministerio del Interior. Aún así este golpe sería insignificante comparado con el hecho imprevisto

Luque llamó a Ríos de urgencia. Pálido como nunca antes, le mostró unos papeles impresos que, según dijo, correspondían a un extenso informe que la revista Oiga estaba imprimiendo. Luque –Ríos no sabía como- se enteraba de lo que publicaban Oiga y Caretas antes de que las revistas circularan. El artículo que le pidió leer se titulaba: “Confesión de un desertor del Comando Rodrigo Franco”. Narraba con lujo de detalles la organización que funcionaba en la casa de la avenida Dos de Mayo: quién era quién, como operaban, que ilicitudes cometieron…”

domingo, 21 de junio de 2009

DIARIO EL COMERCIO - LIMA PERU


El sábado 4 de mayo de 1839 aparece la primera edición del diario El Comercio, y con ella el inicio de una nueva era en el periodismo peruano.

sábado, 20 de junio de 2009

DON LUIS MIRO QUESADA - 90 AÑOS EN 90 MINUTOS - Oiga 4/11/1970






Oiga – Portada y Págs. 14, 15, 16, 17

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OIGA SEMANARIO DE ACTUALIDADES
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NUMERO 402



AÑO VII



4 DE DICIEMBRE DE 1970
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90 AÑOS



QUE SON NOTICIA

SOY AMIGO hasta donde llegan los límites de mi país…


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DON LUIS MIRO QUESADA



90 AÑOS EN 90 MINUTOS

MAÑANA sábado cumple 90 años don Luis Miró Quesada, patricio ejemplar a quien el Perú le debe mucho y periodista de garra, hombre de combate y de pasión, al que –seguramente por estas razones– nos sentimos cariñosamente ligados. Como homenaje de OIGA a su figura patriarcal, van a continuación unos ágiles apuntes de Manuel Jesús Orbegozo. En ellos está retratado el temple, la firme y sobria personalidad de don Luis, un hombre con auténtico valor –que es el moral–, de exquisito trato y terco cariño al Perú y a los suyos, Un hombre joven a sus noventa años.

0 minutos: “Yo sabía que nos iban a atacar y por lo tanto hice la advertencia: Hay que comprar armas, re­vólveres, tenemos que armarnos. Mi padre no quería exponernos y mi her­mano Antonio era enemigo de la vio­lencia, en esos días había perdido un hijo y estaba anonadado. Oscar y Mi­guel estaban de acuerdo conmigo.

2 minutos: “Aquí tiene usted el té, el azúcar, sírvase. Verá Ud., esto es lo único que me queda de sajón”. Cla­ro, sabemos además, que todo el res­to lo tiene de criollo, aunque una vez, cuando le sirvieron un vaso de vino, usted había dicho: “Ustedes saben de mi profundo nacionalismo, pero en materia de vinos –de los que suelo beber un sorbo de tarde en tarde–, bueno, no soy muy nacionalista que digamos”.

7 minutos: Hay que recordar que era setiembre (1919), y en el cielo bri­llaba la constelación de Virgo. Los gendarmes habían dado otro golpe y la ciudad (acaso 100 mil habitantes) se había conmocionado un poco. La Ley Seca entraba en vigencia en los Estados Unidos bajo los auspicios de “La cosa nostra” y en el cine Alham­bra, Olga Petrov hacia su debut, con orquesta. Don José Pardo se cubre con un paletó, se pone sus guantes de previl, toma su sombrero de paño negro y se da preso. Entre ga­llos y medianoche se lo llevan al Pa­nóptico (todavía no se había inventa­rio El Frontón) y Leguía inicia así el oncenio.

12 minutos: “En el seno de mi fa­milia yo insistía en armarnos, esgri­miendo dos argumentos: A) de orden moral y B) de orden práctico. A, por­que eso significa defender nuestra ca­sa, nuestra propiedad, el periódico; y B, porque a ningún gobierno nuevo le conviene un conflicto de esta natura­leza, en pleno centro de la ciudad”.

17 minutos: El coronel Samuel del Alcázar que había hecho la campaña de la Breña con el general Andrés Avelino Cáceres, se decide a atacar Palacio de Gobierno. Cuando llega, Cáceres le sale al frente: “¿Qué va a hacer Ud., coronel?” le dice. El coro­nel le contesta: “Simplemente voy a hacer lo que Ud. nos ha enseñado, mi general”. Cáceres le replica “¿qué?...” “Bueno –le contesta del Alcázar–, no entiendo bien lo que me dice Ud., mi general”; toma su espada y la quiebra en dos en su rodilla. Se da media vuelta y pasa a formar la le­gión de los tercos y frustrados defen­sores de la Ley.

Enérgico poder de decisión

21 minutos: “El 10 de setiembre, una turba ataca las oficinas de “La Pren­sa”. Las incendia, las apedrea. Enton­ces, nosotros nos ponemos sobre avi­so. A las 7 de la noche estamos en la dirección del periódico, cuando en eso suena el teléfono. Descuelgo el fono y oigo la voz de mi cuñado Alejandro Garland que me llama desde “El Palais Concert”, “Aló, Luis, una poblada va a atacar El Comercio”. No había tiempo que perder: Tú allí, Lizandro; Oscar, Miguel, ustedes allá; Juan, Tomás, rápido, a sus emplazamientos, us­tedes también Pedraza, Vega, éramos 17 en total.

26 minutos: “Afuera se oía ulular a la multitud. Gritan desaforadamente, abajo El Comercio, mueran los miro­quesadas. Teníamos un punto débil: La puerta de administración, que ce­dió ante el empuje. Antes de que la turba entrara al hall principal le gri­to al conserje para que eche llave a la puerta, veo que le tiemblan las ma­nos, corro, le quito las llaves y tran­co. Después comprobaríamos que el conserje era un traidor. Desconecté la llave principal de la luz y corrí a parapetarme detrás de cuatro bobinas. Todo había quedado bajo la penum­bra y sólo se veía los fogonazos de los disparos. Comprendimos que nos estábamos jugando la vida y contes­tamos el fuego. Cae un atacante en el hall y la turba frena su embestida. La grita era ensordecedora, Una ba­la atraviesa el sombrero de Miguel. Vemos que cae otro, otros; pero el fuego no cede, hasta que poco a poco se va apagando, crepitando como una gran hoguera. Había trascurrido más de 30 minutos. Nos habíamos sal­vado y habíamos salvado El Comer­cio.

30 minutos: Un sorbo de té, otro sor­bo, y otro.

31 minutos: El doctor Oscar Miró Quesada me había dicho una vez: Ad­miro, en mi hermano Luis, la armo­nía que guarda entre la rectitud y el sentimiento. También, su nacionalis­mo total, sin xenofobia, y su gran amor por la justicia social. Pero entre otras cosas, su enérgico poder de decisión. Una vez, Glicerio Tassara iba a lanzar otra edición de “Idea Li­bre” contra mi padre. Estábamos en un rincón de la universidad cuando Luis dijo: “Vamos a impedir que sal­ga ese ataque”. Recuerdo que con no­sotros estaban Pazos Varela y Carlos Zavala. Fuimos a “Idea Libre”. No bien entradmos en la dirección, Tassara sa­có su revólver y me apuntó. Luis sal­tó sobre él, pero ya Tassara había dis­parado. Lo rodeamos para desarmar­lo, mientras Pazos Varela estaba ago­nizando ahí mismo. El tiro le había caído en el corazón. Cosas del destino, pero Luis ha sido así siempre”.



38 minutos: “Me han dado fama de ser un hombre duro, pero no lo soy. Yo trato de llevarme bien con todo el mundo. Lo que pasa es que confun­den energía de carácter con dureza. Antes de decidirme yo pienso dema­siado y sólo cuando estoy seguro de que tengo razón, ya no doy marcha atrás”.

¿Es eso karate, profesor?...

40 minutos: Había que establecer re­laciones entre su cuerpo y su alma. Preguntar si su espíritu es inversa­mente proporcional a su estatura. Cuando joven, no hubo deporte que dejara de practicar. Ciclismo, atletis­mo, fútbol, cricket, remo y tal vez ka­rate. Había que imaginarlo escuchando al profesor japonés, las enseñanzas de la doctrina Zen: “El karate no es pa­ra usarlo en nuestro propio beneficio sino en defensa de un ideal de justi­cia. Hay que ser prudente (como él) hasta donde sea posible para evitar todo motivo de fricción. Eso nos lle­va a la necesidad de mantener una norma de modestia y corrección (co­mo él) en todas las situaciones de la vida, aún en el hablar, en el comer, en el obrar. / ¿Es eso karate, profesor? /. Sí, eso, pero además, es esperar a que el adversario reflexione y desista y só­lo en última instancia que salga el ar­ma de que disponemos como cortan­do el aire”.

45 minutos: Su rostro, a veces me parece borgiano o ¿será solamente pa­ra asociarle esta frase?: Mi cuerpo pue­de sentir miedo, pero yo no. (Borges).

46 minutos: Luis Miró Quesada de la Guerra, nacido cuando la patria atra­vesaba los momentos más luctuosos de su historia (1880), ingresó a trabajar en el diario que hasta hoy dirige, en 1903. “Ese año me pusieron en pla­nilla, pero no recuerdo cuál fue mi salario. Creo sí, que fue demasiado poco”. Eran, en realidad, las viejos tiempos de la zarzaparrilla de Bristol, del agua de Melisa y el Cordial Cere­bral (remplazado ahora por el gero­vital) y se publicaban avisos que de­cían: “Vendo 2 bueyes y dos vacas le­cheras, ofertas en domicilio”; se es­cribía tejido con g y las noticias po­liciales aparecían así: “Al subir el Puente de Piedra que está en declive, sucedió que los caballos resbalaron cayendo por el lado izquierdo, rom­piéndose los ganchos a que estaban sujetos los caballos, el carro retroce­dió y dos personas que iban allí se tuvieron que arrojar llenas de temor”. Ahora, un solo titular causa veinte veces más miedo: “Jet se estrella, mue­ren 110”.



56 minutos: Eran otros tiempos, y aunque no había Gladys que aparecieran eróticamente, ya la publicidad te­nía sus trucos: Arriba, la cara amarga de un fumador que se queja: ¡Demo­nios, qué cigarro tan malo! Abajo: la misma cara del fumador, pero son­riendo: ¡No os veriais en esos apuros si fumarais cigarrillos El Figaro!, por ejemplo.

Aversión a los reportajes

58 minutos: Cuando me advirtió que ya habíamos conversado algo, me pe­só no haber llevado lápiz para tomar alguna nota. "No se preocupe (me di­jo él), porque yo no le he concedido una entrevista. Hemos conversado pa­ra que Ud. haga una semblanza, si al­go tuviera que escribir sobre mí”, agre­gó. (Después su hija Elvira, insepara­ble compañera de sus viajes a través del tiempo y de los mares, confirma­ría la aversión del ilustre hombre de prensa, a los reportajes. “¿Para qué –contesta él – si tengo un periódico donde puedo verter mis opiniones?”

61 minutos: Los perros me recibie­ron con ladridos en su residencia, y uno de ellos casi se pasó de leal. A propósito, para el doctor Miró Quesada, nada hay más valorativo en el hombre que la lealtad y la amistad, pero con una advertencia: ‘Soy amigo hasta donde llegan los límites de mi país. Porque entre los intereses de la patria y los de la amistad, a la amis­tad hay que dejarla de lado”.

66 minutos: En un sofá muy muelle, en su residencia de Javier Prado, de­lante de unas breves estatuas de már­mol, el hombre hace recuerdos infini­tos. Su vida llena de anécdotas co­mienza cuando a los pocos días de na­cido, ante la invasión de los chilenos, tiene que ser llevado a Ancón en una caja de vino. Después todo es un ir y venir incesante. De clorificar el agua que bebe Lima, puede pasar o pasa con facilidad a una legación en Suiza; de asfaltar el jirón de La Unión va a re­presentar al país en La Liga de las Na­ciones. Es alcalde de la ciudad con la misma maestría con que desarrolla su cátedra en San Marcos. Escribe un editorial, dos, cien contra la IPC igual como funda el primer refectorio es­colar en el país. “Según una encues­ta que mandé hacer, los niños pobres se desmayaban en la primera hora de clase. Resulta que no comían la no­che anterior ni tomaban desayuno en la mañana siguiente”. Entonces fun­da ese refectorio, propone escuelas al aire libre al estilo de Charlottembur­go y pide como allá, para los niños, doble ración de alimento, doble ra­ción de aire puro y media ración de trabajo.

¿Recuerdos imborrables? Los dolorosos.

70 minutos: No se puede dar la vuel­ta al mundo de una vida de 90 años en 90 minutos, pero resulta hermoso intentarlo aunque sea para titu­lar. Pero, digamos, doctor Luis, ¿po­dría señalar algunos de sus recuerdos imborrables?. “Los imborrables siem­pre resultan ser los más dolorosos. El placer es siempre pasajero, el dolor es permanente y a veces, hasta eterno”. Entonces, quiso recordar a su espo­sa. “Elvira –dijo– fue una mujer sin la cual yo no habría llegado a ser al­go en la vida. Ella me daba aliento para toda empresa, Leguía me man­dó decir una vez que me daba 15 días para arreglar mis papeles. Yo le man­dé decir, primero que averiguara dón­de estaba escondido; segundo, que me hiciera detener; y, tercero, que me de­portara. En esos días, había una re­cepción oficial en una embajada. Yo le dije a Elvira, vamos a la recepción. Fuimos y mi presencia causó revuelo singular. Lo recuerdo, perfectamente, todo ahora.



75 minutos: Luis Miró Quesada (Una orquídea y una lágrima, todos los sá­bados en la tumba de su esposa) ha callado y en sus ojos hay un brillo que podría afirmar, es una lágrima.

78 minutos: Ahora es lunes y esta­mos bajo el signo de escorpio. Ya regresó el hombre de la Luna y Viet­nam todavía está crucificado, pero en un tiempo atrás, el presidente Prado lo hizo llamar con urgencia. Estados Unidos se había dirigido al Perú pre sionándolo para que retirara sus tro­pas de la Provincia de El Oro. La comisión consultiva había aceptado por unanimidad que las tropas se retira­ran.
—Tenemos que hacerlo— le dijo el presidente.
—No puede ser — contestó Miró Quesada— la provincia de El Oro es la prenda que tiene el Perú para po­der arreglar definitivamente sus dife­rendos con el Ecuador. Las tropas no deben retirarse.
—Es que no nos queda otro camino.
—Entonces, yo escribiré en contra —dijo Miró Quesada.

Hubo más diálogos, otro miembro de la comisión dijo que podríamos ser objeto de humillación. Miró Quesada respondió que humillación sería ceder ante las presiones diplomáticas. “Tal vez podríamos ceder ante el desem­barco de tropas norteamericanas en Tumbes”, replicó, y se dio media vuel­ta. Pero la historia ha dado su ver­sión eterna: El Perú no retiró sus tropas.

85 minutos: “No deseo enturbiar con esos recuerdos esta fecha, pero el gran error del Apra fue matar a mi her­mano, cuando yo era quien escribía los editoriales. Haya tenía conocimiento de que iba a cometerse ese cri­men y si no lo supo directamente, cuando menos lo sabía en alguna for­ma. Pero, dejemos esas cosas para otra vez”, porque las sombras han caí­do sobre los altos árboles y los días. ¡Ya es hora de ir al diario, a ver qué pasa!

89 minutos: Doctor, ¿por qué no es­cribe Ud. sus memorias'?
—Las memorias sólo deben escribir­las los grandes hombres.

90 minutos: Mañana que cumple 90 años, ¿qué editorial escribirá el Dr. Miró Quesada, en su propio corazón?

LUIS MIRÓ QUESADA DE LA GUERRA

Luis Miró Quesada de la Guerra

Continuando siempre nuestra patriótica labor por el acercamiento espiritual de nuestra querida patria España, con estas Repúblicas iberoamericanas hasta conseguir algún día una gran federación hispana en que reunidas nuestras fuerzas y nuestras inteligencias, pudiéramos hacer brotar una nueva ciencia, una nueva literatura y la fuerza suficiente para defender nuestros intereses comunes, hoy tenemos el honor de presentar a los lectores de El Diario Español de Buenos Aires, una de las figuras representativas de más valer en la vida pública del Perú, al egregio ciudadano doctor Luis Miró Quesada.

En estos tiempos de exagerado individualismo, de movimientos y de ruido, los obreros del pensamiento, como lo es nuestro biografiado

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su valor representativo y su talento son nulos ante la opinión, y, mientras dura el drama tienen que retirarse detrás de bastidores, dejando el escenario a los de las vueltas coloradas y a los hombres de sable.

Pero cuando el orden se restablece y se extingue el ruido de los sables y se da a estos su recompensa en grados u ovaciones; entonces el obrero del pensamiento, por medio del periodismo, y en la imprenta en ese gigante que habla todas las lenguas, que combate por todos los intereses; vuelve a dejar oír su voz imponente y majestuosa y continúa esa lucha emprendida por la imprenta, hace cuatro siglos en favor de la libertad y del progreso. Gracias a la imprenta, el pensamiento democrático ha tomado poderosa expansión, y la fuerza, único derecho de las sociedades antiguas, ha sucumbido ante la razón, que es el Evangelio de los pueblos modernos.

Nuestro biografiado el doctor Luis Miró Quesada, es uno de los obreros del pensamiento que más se han distinguido y se distinguen entre las figuras representativas del Perú. Este distinguido ciudadano recibió su instrucción elemental en Inglaterra; y después de hacer en Lima su instrucción secundaria, ingresó a la Universidad siendo, en ella notabilísimo alumno primero y eminente profesor después. En efecto, egresado de la Universidad en 1905, fue elegido catedrático de Pedagogía en la Facultad de Letras donde hoy es subdecano y su representante en el Concejo de la Facultad, alto cuerpo que tiene a su cargo la dirección Universitaria.

Dicta el curso de Pedagogía desde 1908; y ha publicado muchas de sus interesantes lecciones en forma de artículos en la Revista Universitaria. Hoy mismo tiene en preparación su obra completa sobre pedagogía. Su reputación de profesor, de hombre de ciencia y de hombre de estudio ha determinado insistentes requerimientos del ambiente público para que dicte alguna cátedra de Derecho Político o de Ciencia Económica, mas Miró Quesada ha persistido en la actitud de concretarse a su enseñanza de Pedagogía, sin interrumpir sus lecciones, salvo cuando fue al Primer Congreso Panamericano de Delegado del Perú y al Congreso de Educación de Búfalo.

El ejercicio de su cátedra no le ha impedido, sino precisamente le ha facilitado el gran éxito de sus labores de periodista en El Comercio, periódico del cual es uno de los propietarios y del que actualmente es director por la ausencia de su hermano el distinguido hombre público Antonio Miró Quesada del que nos ocupamos en esta «Galería de honor», el 9 de setiembre último, y de Óscar Miró Quesada del que también nos hemos ocupado en esta misma «Galería de honor» el 5 de julio último en la que consta que esta idea nos la sugirió el notabilísimo discurso hispanófilo que pronunciara este último en el banquete que se diera en el Casino Español el 17 de mayo pasado con esta capital en celebración del aniversario del natalicio de nuestro Augusto Monarca el Rey don Alfonso XIII.

Conjuntamente con las actividades de profesor y de periodista, nuestro biografiado ha sido diputado a Congreso desde 1907 a 1912, exhibiendo entonces sobresalientes aptitudes de orador y de estadista;

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dedicando también su acción a la defensa de las libertades públicas y de las clases obreras. Es evidentemente Luis Miró Quesada un político de sentido democrático, pudiéndose decir que está en la izquierda del Partido Civil, histórico partido constituido en su derecha por elementos aristocráticos, reacios aun a comprender que si los partidos políticos renuncian a renovar sus métodos y sus anhelos, renuncian a la vida y a la razón de vivir.

Esa misma tendencia democrática llevó a Luis Miró Quesada a ejercer las funciones de Alcalde Municipal de Lima; a iniciar la obra de los refectorios escolares, a mejorar las condiciones de la Escuela Popular y a mejorar las condiciones del servicio municipal del agua. Pero Luis Miró Quesada puso mirada más alta y más fecunda aun: quiso sanear Lima contratando un empréstito. Todo estuvo listo para este fin, pero en la Cámara de Diputados, un grupo de diputados civilistas coligado con los diversos grupos anticivilistas, cerraron el paso a la bella iniciativa de Luis Miró Quesada. Entonces perdió Lima la oportunidad de tener buenos pavimentos, entonces espectó el país la coalición heteróclita de civilistas y anticivilistas en contra de Luis Miró Quesada, miembro eminente de ese partido; y entonces pudo verse que en medio de la descomposición de la mayoría civilista del Parlamento, flotaba la falta de instinto de un partido para conservar su cohesión única manera de conservar «el Poder para bien público».

He aquí diseñada a grandes rasgos la importante personalidad de este distinguido peruano verdadero hispanoamericano, pues desciende en línea recta de aquellos esforzados y valerosos conquistadores que llegaron a la América a mediados del siglo XVIII.

El fundador en la América de la familia Miró Quesada fue el señor Francisco G. Miró que vino al istmo de Panamá a mediados del siglo XVIII, como oficial del ejército español, el que fue casado con la señora Ana Meyner, y murió en Panamá en la clase de General de Brigada del Ejército del Rey. Un nieto suyo llamado Tomás, se casó en 1831 con la señora Josefa de Quesada hija de don Miguel de Quesada, también español natural de Granada en Andalucía, y de doña Catalina Velarde, panameña, hija de un general español. De este matrimonio nació don José Antonio Miró Quesada, padre de la pléyade de intelectuales y distinguidos peruanos: don Antonio, don Óscar y nuestro biografiado don Luis que con su talento, probidad y clara inteligencia han dado honra y gloria a esta patria, y a cualquiera nación del mundo que hubieran tenido la suerte de tenerlos en su seno.

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Local central del diario El Comercio - Lima Peru



"Tampoco se podría, sin embargo, no tomar en cuenta para entender esa relación el hecho mismo del asilo. Se trataba de algo que, por un lado, debía enorgullecer a El Comercio y que, por otro, había impedido que Francisco fuera a caer de nuevo en el insoportable asador panameño. Por primera vez en la historia del periodismo, el edificio de un diario, igual que las catedrales de la Edad Media, había servido de asilo a un perseguido...". Francisco Igartua Rovira - "Siempre un extraño"

Caretas ILUSTRACION PERUANA - 1-15 Diciembre de 1952 - Precio: Tres Soles

Caretas QUINCENARIO DE ACTUALIDADES GRAFICAS - SOBRE LA MISMA RUTA - Doris Gibson - Año III - 1-15 de diciembre de 1952 - Nº 33

martes, 16 de junio de 2009

SEBATIAN SALAZAR BONDY - Oiga 8/07/1966


Oiga – Portada y Págs. 20 y 21
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SEBASTIAN SALAZAR BONDY

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EN LA CULTURA

El día 4 de julio –primer aniversario de la desaparición de nuestro inolvidable colaborador Sebastián Salazar Bondy– se efectuó una romería a su tumba del cementerio El Ángel. Numeroso público acudió a ese acto de homenaje y recordación, que testimonia la huella honda que a su breve paso por esta vida dejó el autor de tantas obras en vías de convertirse en clásicas de nuestras letras. Familia­res, periodistas, escritores, amigos y admiradores de Sebastián for­maron el compacto grupo que visitó su última morada.

El mismo día, a las 7 de la noche, en nuestras oficinas de redac­ción se descubrieron dos magníficas ampliaciones –una de Sebas­tián Salazar Bondy y otra de Juan Sardá–, las cuales presidirán los afanes cotidianos, las alegrías y tristezas, las inquietudes y nerviosas búsquedas que a todos los miembros de esta casa –gran familia cívica– nos cuesta la semanal y puntual aparición de OIGA.

Familiares de Sebastián Salazar Bondy y de don Juan Sardá es­tuvieron presentes, y a la esposa y al hijo de los extintos –respec­tivamente– correspondió el descubrir las fotografías que perpetúan y mantienen vivo el recuerdo de nuestros dos grandes desaparecidos.

Palabras de nuestro director y de José Alvarado Sánchez –finí­simo poeta y diplomático sin tacha– precedieron la realización del emotivo y simbólico acto.

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DIOS Y SEBASTIÁN
por H. GRIFFITHS ESCARDO


LO casé con Irma y bauticé a Ximena. Es­tos fueron los contactos oficiales a través de la Iglesia con Sebastián. Nuestros contactos humanos fueron numerosos y re­lativamente frecuentes. Nunca en ellos logré encontrar el hondo ateísmo que muchos le atribuyeron a Sebastián. Nunca incluso en nuestras conversaciones tuvo alguna frase desagradable y dura contra las cosas en que yo creo fuertemente. Eso era indigno de él. Estaba hecho siempre de un profundo respe­to por la dignidad de los demás y cultivaba fervorosamente el amor a la libertad de los otros. Mucho conversamos con Sebastián de cosas, personas e instituciones. Coincidimos frecuentemente en las críticas, incluso de he­chos y personas adjetivas de la Iglesia, pero siempre se mantuvo afectuosamente asoma­do a lo esencial. Recuerdo su interés y su afán –los afanes de Sebastián– de tener en la cabecera de su cama al “Taitacha”, Señor de los Temblores cuzqueño. Y lo consiguió.

En su vida, y en su actuación, Sebastián fue, para mí, profundamente cristiano –en que el cristianismo tiene y posee de culto a la verdad y de vivir en lo auténtico. Su sensibilidad por los demás, unida a un cari­ño fraternal por ayudar, lo muestra íntegra­mente identificado con los valores esenciales de la doctrina de Cristo.

Sebastián combatió siempre –y se le lla­mó amargado–, la hipocresía, la falta de línea, la venta a intereses y situaciones. No dudó –y lo realizó plenamente– en expo­nerse, incluso, al hambre antes de prostituir su verdad y sus convicciones. Muchas veces podíamos y debíamos estar en desacuerdo con él. Pero todo quedaba mitigado por su desprendimiento, por su entrega a sus ideas, y porque en medio del cambio de opiniones estaba su exacto sentido humano, su auscul­tar la sensibilidad ajena y su comprensión sonriente y cálida.

Días antes de morir, me entregó su foto­grafía con esta dedicatoria, que me sirve co­mo lema y estímulo en mi mesa de trabajo: “A Harold que sirve a Dios porque sirve al Hombre”, Dios y Hombre con mayúscula.

¿Se puede entonces presumir de los ateis­mos o las amarguras de Sebastián?

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SEBASTIÁN RECHAZO EL PACTO
por FRANCISCO MONCLOA


SEBASTIAN era implacable. Y tenía razón. Muchas veces nos deteníamos en las ca­lles limeñas y me mostraba conmovido el cuadro de un mendigo habituado a su mise­ria en medio de la despreocupación egoísta de las gentes que transitaban a su lado. Casi gritaba: “ni siquiera ven el horror que ellos mismos producen”. Y extendía los brazos pa­ra acusar a todos.

Otra noche, ante la pregunta con que lo emplazó un antropólogo extranjero, recono­ció: -sí, los intelectuales vivimos en un me­dio burgués. Y esa es nuestra contradicción. Yo trato de resolverla afirmando mi posición en cada instante, para que la burguesía que nos acosa con sus halagos y amenazas y mi propia necesidad de subsistencia, sepan que no me doblegaré. Cada afirmación mía es respondida por una agresión, por un ase­dio que reclama la capitulación. Al final quedaré al margen.

Sí, Sebastián rechazó el pacto impuesto. Aquel pacto que permite sobrevivir a otro a cambio de su silencio o complicidad. An­tes de cumplir sus 30 años había sido un es­critor exilado, como califica Vargas Llosa a aquellos que encuentran en la fuga, intelec­tual o física, la salida frente al reto de su realidad. Pero justamente a la edad en que los hombres del Perú comienzan a doblegar­se ante la presión del medio corruptor que sitia blanda pero insistentemente la esperan­za y la angustia de los rebeldes, Sebastián comprendió al Perú, se incorporó a él, se identificó con él, tomó partido. Dejó de ser el escritor exquisito para enclavar sus lar­gas piernas en medio de la plaza céntrica y acusar a los bárbaros, a los tímidos, a los egoístas, a los que se inclinan y detienen en la batalla, a los que perdonan a los amos para ser perdonados por los amos.

Se unía a las columnas que emergían en la lucha, pero seguía su camino cuando sus momentáneos compañeros titubeaban y mi­raban hacia atrás. Y en cada oportunidad, como si la frustración de los otros reclama­se de él una actitud más tajante, Sebastián radicalizaba su mensaje. La única forma de mantenerse enhiesto en medio de la tibieza.

Sebastián quería creer en los hombres que cantaban la esperanza. Lo necesita porque el Perú necesita de la esperanza. Y por creerlo, erré alguna vez: el canto que entonaban esos hombres no era auténtico. Entonces levantó el arma y golpeó violentamente.

Amó a Cuba e hizo suya su epopeya, no sólo porque amaba a la Revolución Cubana, sino porque sabía que era la antítesis del acomodo limeño. Cuba comprometía y Se­bastián no admitía la componenda. Cuando semanas antes de su muerte hubo quien lo convocó a colaborar con una institución dis­frazada de liberal y progresista, Sebastián le respondió: “publíquenme un libro. Se llama­rá “Por qué creo en la Revolución Cubana”. Era demasiada condición para el invitante. Había sido medido con la regla de Sebas­tián con aquella medida que rechazaba los matices encubridores de debilidades y opor­tunismos.

Llegó al socialismo por amor a la solida­ridad humana. Llegó por amor al hombre y por ocio a la injusticia, llegó con la alegre decisión de otear mundos mejores. Y des­pués de creer, hurgó en las páginas el sus­tento intelectual.

Nunca admitió el sectarismo. Recuerdo su indignación cuando alguien le acusó de par­ticipar en un encuentro internacional de es­critores en el que también se habían senta­do representantes de los Estados Unidos. “No permito a la policía que indague sobre mis decisiones. Tampoco se lo permitiré a uste­des”. Sebastián era muy superior a la con­signa. Y de su actitud no había derecho a dudar.

Sí, Sebastián rechazó el pacto. A él no lo derrotaron ni lo ablandaron. De él no logra­ron hacer un silencioso. Y tal vez cuando la muerte lo arrancó del combate, sus enemi­gos, los claros y los emboscados, los que crean la miseria y la injusticia y aquellos otros que criticándola se adhieren o tratan de justificar su conformismo y debilidad con razones tácticas, los que sonríen y abren los brazos para atraer a los que denuncian y aquellos que no resisten la tentación del abrazo que silencia, todos, uno; otros, tal vez sintieron un alivio. Pudieron, entonces acogerlo en la fama.

Pero por sobre su prestigio de escritor y poeta, Sebastián es un símbolo. Un símbolo de la intransigencia contra la blandura y el temor, de la valentía contra la cobardía, del sacrificio contra el cómodo allanamiento de la palabra entera frente a la media palabra, de la protesta frente al silencio cómplice. Y su actitud es la mejor de sus obras.

NOTAS Y COMENTARIOS - Sebastián, la cultura - Juan Gargurevich Regal - Universidad Nacional Mayor de San Marcos





NOTA Y COMENTARIOS
Sebastián, la lectura
JUAN GARGUREVICH REGAL
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
jgargure@pucp.edu.pe


Los dramaturgos dicen que siempre fue suyo; los periodistas insisten que nunca salió de la redacción; los poetas no dudan en colocarlo en sus filas; los críticos de arte lo pretenden; los políticos de izquierda alegan que fue, por sobre todo, hombre de filiación y de fe, socialista ardoroso: los sociólogos aseguran que nadie describió antes tan bien a Lima y lo limeño. Y él mismo decía que hubiera preferido ser actor.

Todos reclamas a Sebastián Salazar Bondy y tienen razón. Lástima que siguió el destino de los igualmente precoces Mariátegui, Valdelomar y murió en 1965 a los escasos 41 años, convertido ya en el más importante periodista y animador cultural que hemos tenidos.

La noticia de su muerte sacudió a Lima y su entierro fue multitudinario. Las notas periodísticas, lamentando su desaparición, se sucedieron en diarios y revistas hasta sobrepasar el centenar. Todos se sintieron obligados a decir algo.

José María Arguedas era el director de la Casa de la Cultura en esa época y no halló mejor manera de rendirle homenaje que llevar sus restos a su local institucional, en la plazuela San francisco, una antigua casa colonial restaurada en evocación de los tiempos coloniales que precisamente el ilustre fallecido detestaba. Por eso su principal biógrafo, Hirschhorn, se quejaría de la decisión: “….Qué lugar menos apropiado

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para el hombre que fustigó el mito de la Arcadia colonial! ¡Qué mentira para el hombre que simbolizaba la integridad cultural del Perú…”.

Delante de su féretro hablaron Alberto Ruiz Eldredge, por el Social Progresismo: Abelardo Oquendo y José Miguel Oviedo, por sus amigos; Alberto Tauro del Pino, por la Biblioteca; Estuardo Núñez, por San Marcos. Y por la Sociedad de Escritores, de la que Sebastián era vicepresidente, habló Washington Delgado, quien lo describió así:

Todos los géneros pasaron por su pluma inagotable: la comedia, la tragedia, la farsa, el ensayo. La crítica literaria, el cuento, la novela, la fábula, la poesía rimada, el verso libre, la prosa poética. No sólo escribió para la escena o para el libro, se prodigó también la revista y el periódico, y tuvo tiempo, todavía e inexplicablemente, para dictar conferencias y asistir a congresos y encuentros de escritores donde siempre brilló su ingenio, la belleza de sus palabras y la hondura de sus ideas…
(...)

Vivimos en edades oscuras, ha dicho gráficamente, exactamente Bertold Brecha. Y porque vivimos en la oscuridad, buscamos y nos agrupamos en derredor de las pocas luces que, heroicamente, aparecen. Nos reunimos, como ahora, ante quien encendió su lámpara y la elevó y mantuvo en alto y al morir nos la deja para que la alimentemos con el mismo fervor suyo y no dejar que nunca se apague.

Los escritores del Perú lamentamos la temprana muerte de Sebastián, el vacío que deja hoy para mañana, para siempre. Pero nos consuela saber que su recuerdo no será un nombre vano que el tiempo difumine y borre porque su recuerdo está encarnado en una obra literaria grande, hermosa y profunda que los años habrán de acrisolar continuamente.

Pocos tan limeños como Sebastián, que conoció tanto la ciudad que trazó su retrato más certero y descarnado en el célebre ensayo “Lima la Horrible”, reconociendo que Lima “hizo a su autor e hizo su aflicción por ella”.

En junio de 1965, a pocos meses de su muerte, improvisó una autobiografía en el tantas veces recordado Primer Encuentro de Narradores Peruanos, en Arequipa. Y contó de su barrio, su familia, amigos y viajes. Leamos algo de su relato.

“Nací en la calle Corazón de Jesús, en el barrio de La Chacarilla, en Lima, al lado de la Iglesia de los Huérfanos, en el corazón de la ciudad. Mi hogar fue un hogar de la clase media, un típico hogar de la clase media, formado por familias que venían de la provincia, viejas familias propie-